Una chistera de oscuras razones

reloj

A nadie le convence el cambio de horario. A mediados de octubre, los últimos coletazos del verano y las primeras bocanadas de otoño nos dejan con el mal sabor de boca de unas tardes efímeras que comprimen la jornada. Sobre la utilidad o no del cambio existe mucha controversia y el ahorro de energía no parece una razón del todo convincente.

Al parecer, el adelanto y atraso de las manecillas del reloj dos veces al año es una cuestión que se viene estudiando –y debatiendo- desde hace varias décadas. El origen de estos cambios se encuentra en la I Guerra Mundial, cuando las tropas aliadas se empezaron a cuestionar algunas medidas que favorecieran al ahorro de energía. Pero entonces no se llegó a ningún acuerdo uniforme acerca de este tema. Más tarde, durante la Crisis del Petróleo, se volverían a adoptar estos cambios como medida de presión contra el aumento de su precio: si se lograba ahorrar energía de forma “natural”, se suavizaría la dependencia del crudo, cuyo precio se estaba disparando. Los países europeos se fueron sumando paulatinamente a esta iniciativa que no se formalizó hasta hace bien poco, concretamente en 2001, cuando se estableció que la hora se adelantaría el último domingo del mes de marzo y se retrasaría el último domingo del mes de octubre, quedando así estipulados el horario de invierno y el de verano.

Pero el cambio del mes de octubre nunca es bien recibido. Amanece antes, pero también anochece antes, con lo que se pone punto final a las largas tardes estivales. Esto provoca cambios en el estado de ánimo y una modificación en nuestros ciclos vitales que derivan en apatía, cansancio o ansiedad. Supuestamente, son cambios que apenas duran unos días y que se verían compensados con el aprovechamiento de las horas de la mañana. Y es en este punto donde nunca me ha quedado claro el tema del ahorro de energía.

Para el estudio de estas cuestiones la UE encargó una investigación a una empresa privada –la consultora Research Voor Beleid- que en su informe final decretó las ventajas del ahorro energético que se produciría con el cambio de horario. El planteamiento es bien simple, pero las repercusiones no están tan claras. Se supone que en verano la gente está menos en casa, por lo que también el gasto dentro del hogar sería menor. Además, como hay más gente de vacaciones y que, por lo tanto, se deduce que se levanta más tarde, se produce un ahorro en el consumo durante las horas de la mañana. En invierno, la actividad de las personas es más limitada y está reñida, supuestamente, a su actividad laboral, por lo que es más importante que amanezca antes, ya que de no ser así, estaríamos desaprovechando en la cama las horas de luz de la mañana. Lo mismo podría ser aplicado, grosso modo, al funcionamiento de fábricas e industrias. Es decir, a todo aquello que implique a personas activas, en movimiento. Anochecer

Ahora bien, hay otras muchas variables que influyen en este sistema y que no terminan de encajar. Por ejemplo, si en invierno anochece antes, también empezaremos a consumir energía antes, para iluminar la casa, encender la calefacción, etc.

Mientras que en verano, la luz solar nos da una tregua más amplia antes de que tengamos que darle al interruptor. Además, si bien es cierto que en verano la gente acostumbra a hacer más vida fuera del hogar, también es verdad que se produce un aumento considerable en el gasto de energía debido a otros factores como el uso del aire acondicionado. La cuestión es, ¿compensan las horas de luz de la mañana a esa pérdida de luz durante la tarde? Desde el punto de vista psicológico, desde luego que no. Nuestra percepción del tiempo está muy reñida al concepto que tenemos de la luz, hasta tal punto que relacionamos la oscuridad con el cansancio, el sueño, el fin de la jornada. En estas circunstancias, somos menos productivos. Un descenso de la productividad puede manifestarse en aspectos tan sencillos como el de quedarse en casa en lugar de salir a tomar algo, por lo que, indirectamente, los negocios dedicados al ocio también se ven afectados. Además, al quedarnos en casa como consecuencia de esa apatía, aumenta el consumo de energía en nuestros hogares, con lo que de poco nos sirve que haya amanecido antes. El cansancio provocado por la ausencia de luz natural también podría conducir a otras consecuencias relacionadas con los accidentes de tráfico, pues está demostrado que la conducción nocturna presenta más riesgos que la que se realiza a plena luz del día.

Con todo, sigo sin entender las verdaderas ventajas de estos cambios “mágicos” y, como siempre fui un tipo desconfiado, me pregunto de qué chistera los sacaron.

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Vagabundo Pérez

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