District 9

Distrito 9Alberto García

Hemos llegado a los territorios más inhóspitos del planeta, somos capaces de crear niños con ojos azules, vivimos el doble que nuestros bisabuelos gracias a los avances de la ciencia, nos comunicamos con gente de los puntos más diversos del planeta por medio de un sistema basado al parecer en unos y ceros, hemos enviado aparatos a Marte, hemos creado un ratón con una oreja en el lomo. Pero basta que pase un helicóptero por encima de nuestras cabezas y todos nos quedamos atontados mirándolo como si fuera un artefacto de Star Trek.

Creo que somos más tontos que un koala (al parecer es un caso raro de animal que involuciona en lugar de evolucionar) o simplemente queremos soñar mundos imposibles pero eso sí, que sean reales, ¿eh? Que sean creíbles. Parece como si dijéramos: ¡No queremos películas, queremos que la vida sea así! En este contexto tan enigmático de nuestro inconsciente las películas le han venido de perlas al género humano. Suplen esa carencia de aventura, de pasión, de emoción y riesgo que tenemos cada vez que contemplamos nuestros trozos de uñas caer mientras nos las cortamos o cada vez que nos atascamos en el inodoro. Como decía el personaje de Robin Williams en El Rey Pescador, una de las cosas más importantes en la vida es un correcto funcionamiento de las tripas.

Pienso en esto al recordar una de las películas sospechosamente nominadas este año a los Óscar: District 9. Y pienso en todo esto de lo que querríamos que fuera nuestra vida y lo que significan las películas para nuestra endeble estructura cerebral en relación a este film por el hecho de que se haya rodado en plan documental. El Callejeros de un Johannesburgo compartido por asquerosos alienígenas e intolerantes terrícolas. Lo único que diferencia a esta película de cualquier otra de ciencia ficción con más o menos dinero y más o menos friki es la mirada documental. Me imagino al guionista contándoselo al productor: “¡Tengo una idea magnífica! ¡Es una película sobre alienígenas recluidos durante veinte años en la Tierra, pero, eh, rodada como si fuera un documental, para que parezca algo muy muy real!” Pues qué bien. Gran ingenio. Yo personalmente lo pasé más o menos bien viéndola. Vamos, que no me va a cambiar la vida ni tampoco la va a empobrecer. Pero parece que al errático artísticamente hablando Peter Jackson sí le encantó la idea y la produjo y… Un momento, que todo está conectado… He hablado del cine y la realidad, he pasado al falso documental y he llegado hasta el Peter Jackson productor. Y aquí hay que recordar uno de los grandes hitos en el falso documental, ésta vez jugando completamente a suspender la credulidad del espectador para zambullirle en un universo fascinante pero… aparentemente real. Hablo, claro, de Forgotten silver, aquella película sobre un supuesto pionero del cine obra de este autor que es grande cuando quiere o cuando puede. Desde luego cuando lo es, es inmenso.

Así que no parece estar muy claro lo que queremos. Da la impresión de que queremos ver filmada una vida como la nuestra basada en nuestros propios criterios psico-sociales pero dotada de una dimensión que transgreda nuestra rutinaria vida. Queremos esta vida pero nos gustaría que fuera al menos un poco más mágica. Deseamos ser engañados o fingir que otros mundos son posibles. Como aquella enigmática frase de Paul Éluard: “Hay otros mundos pero están en éste”. Ese mundo puede estar dentro de un árbol donde entra un conejo perseguido por una niña de cabello rubio –según Disney- o puede ser alcanzada de múltiples y soñadas maneras.

El falso documental es un vehículo perfecto para estos anhelos propios de nuestra grandiosa mediocridad. Pero, como los efectos especiales, puede quedarse en un simple recurso estilístico y enarbolado como una bandera de supuesta creatividad, que es a mi juicio el caso de District 9. Por el contrario puede ser una herramienta fantástica de hondura psicológica sin perder el encanto de lo fantástico como es el caso de la mencionada Forgotten Silver o de la incomparable Zelig, del maestro y libre creador que es Woody Allen. O, en formato corto, el divertidísimo y muy reconocido 15 días, de Rodrigo Cortés.

Nuestra mirada es una mirada documental, en cualquier caso. Subjetiva como la de cualquiera, contemplativa y participativa a un tiempo puesto que no existe el documental objetivo perfecto. Y a veces esa mirada es, en el fondo de nuestra materia gris, un falso documental cuando miramos ese helicóptero sobrevolando la ciudad y pensamos inconscientemente: ¿Qué habrá pasado? ¿Será un helicóptero de la policía? A lo mejor creemos que un álter ego de Bruce Willis está dentro para salvar el mundo y logramos por un momento olvidar que tenemos que cortarnos las uñas, que ir a recoger una carta certificada a correos o que la factura de la luz es desorbitada.

 

 

 

Alberto García

 

 

 

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