El supuesto yeti ruso de Paso Dyatlov

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Restos de la tienda

En 1959 nueve estudiantes murieron en extrañas circunstancias durante una excursión a los montes Urales

Ocho hombres y dos mujeres del Instituto Politécnico de los Urales de Ekaterimburgo formaban parte de esta expedición que el 25 de enero de 1959 iniciaban su aventura con el propósito de alcanzar el pico Otorten, en la frontera entre Europa y Asia.

El joven Igor Dyatlov, de 23 años de edad, capitaneaba a la tropa de intrépidos exploradores, física y mentalmente preparados para la aventura que les esperaba. No contaban, sin embargo, con que algo más allá de lo previsto por en sus cálculos estaba aún por suceder.

El único superviviente de la expedición

Dyatlov tenía sobrada experiencia en este tipo de excursiones y aunque cada salida era siempre un desafío, ésta no se presentaba como algo más extraordinario que las anteriores. Como ya era costumbre, llevó su cámara de fotos a esta nueva aventura para documentar una vez más todo lo que sucedía. Todo. Incluso el trágico final.

Al llegar al último lugar habitado antes de continuar el camino hacia el pico Otorten, uno de los integrantes de la expedició, Yudi Yudin, tuvo que abandonar la aventura porque había caído enfermo. La casualidad quiso que se salvara de morir en extrañas circunstancias como habrían de hacerlo el resto de sus compañeros.

Las sospechas del yeti ruso y otras teorías conspiranoicas

Cinco días después de abandonar el poblado el equipo, que se había desorientado y apartado de la ruta inicial, hacía noche en una zona conocida como ‘La montaña de la muerte’: la última parada en el camino.

Nadie sabe qué es lo que sucedió en aquel lugar esa misteriosa noche del 2 de febrero de 1959, pero cuando días más tarde otro equipo de expedicionarios llegó al campamento sólo encontró desolación. La escena era verdaderamente extraña. Las carpas aún estaban montadas pero habían sido rasgadas desde el interior de manera violenta, como si quienes estaban dentro quisieran huir de manera apresurada.

Y así hicieron. Dejando dentro sus pertenencias perfectamente ordenadas, se veían las huellas de los pies descalzos dirigiéndose torpemente hacia el bosque o hacia las rocas. Siguiendo estos rastros fue como se pudieron ir localizando los nueve cadáveres.

El hallazgo se hizo en dos tandas. Un primer grupo apareció de inmediato. Dos de ellos desnudos y otros cuatro vestidos, con los cuerpos intactos y con una alarmante expresión de angustia en sus rostros. Para el segundo grupo, formado por los restantes tres cadáveres, se tardó más, casi dos meses. Los cadáveres, tapados por la nieve, se habían conservado en perfectas condiciones. Pero en estos sí había signos de violencia, costillas rotas, cráneos fracturados e incluso a algunos le faltaban los ojos y la lengua.

Las alarmas de la existencia de un supuesto yeti ruso no tardaron en saltar. Se filtraron fotografías de los cadáveres y eso hizo que se generaran historias sobre seres sobrenaturales cruzando la nieve y atacando a los humanos.

También hubo testimonios de personas que aseguraron ver extrañas luces en el cielo e incluso los familiares de algunos de los fallecidos denunciaron que el propio ejército ruso estaba detrás de lo sucedido, al encontrarse restos de radioactividad en la ropa de algunos cadáveres y un tono marronáneo en su piel que no tenía ninguna explicación lógica.

Pero ni las supuestas pruebas atómicas del ejército ni el misterioso yeti ruso ni tan siquiera las teorías extraterrestres tienen la clave de lo que sucedió aquella noche en el que desde entonces se conoce como el Paso Dyatlov. Una investigación cerrada hace ya muchos años y sepultada bajo la nieve como el secreto de la muerte de aquellos nueve montañeros.

 

 

El Ilustrador

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