Wert, oír y callar

José Ignacio WertSe pregunta nuestro ministro de Educación si un estudiante que no llega al 6,5 no debería plantearse si lo suyo es la formación universitaria. Me pregunto yo si un ministro que tiene a la comunidad educativa manifestándose en las calles no debería plantearse si lo suyo es hacer política.

Y dale con las comparaciones… Ahora –un ‘ahora’ político, porque esto es más viejo que la picor-, resulta que hay que potenciar los estudios de Formación Profesional, que parecen ser los segundones en esto de la educación porque nosotros, los ciudadanos, no hemos sabido valorarlos como toca. Nos venden eso de que la FP en otros países europeos es una opción de formación con muy buena acogida, que no todo se limita a formarse en las universidades, que los jóvenes tienen muchas otras opciones, a cada cual mejor, para encauzar su futuro profesional.

A mí es que esto de la política me recuerda cada vez más a un teletienda de madrugada, donde todos los productos ofertados son maravillosísimos y nos van a resolver la vida a precios más que razonables. Comparar la FP española con el resto de países europeos es como vender un pelapatatas electrónico y sumergible: muy bonito, pero realmente no vale para nada. Y es que no es solo que la oferta formativa sea bastante limitada. Encima es que hay que sacar las uñas para obtener una plaza.

Pero nuestro ministro Wert, siempre tan considerado, nos anima. Nos alienta diciéndonos que hay futuro fuera de las universidades y tal vez por eso lo pone cada vez más difícil para que los futuros estudiantes hagan “lo que deben hacer” en lugar de lo que les gusta hacer. Qué tan oscuro está este país que ya nos quitan hasta las ganas de soñar.

La polémica de las becas siempre me ha parecido otra de esas ‘armas arrojadizas’ que utilizan los gobiernos de uno y otro signo para tirarse los trastos  la cabeza. También soy consciente de que en época de bonanza hubo compañeros míos en la Facultad que accedieron a ayudas que realmente no necesitaban más que otros realmente necesitados. Pero premiar al que saca ‘buenas notas’ presuponiendo que ése es el verdadero síntoma de la responsabilidad moral de recibir una beca es como darle un caramelo al mono que hace una gracieja.

Estas becas de estudio no están destinadas a premiar la ‘excelencia’ del alumno, sino a permitir que personas con recursos limitados puedan acceder a los estudios que desean cursar. No todos los que sacan más de un 6,5 son genios, ni todos los que no alcanzan esa nota son unos mendrugos, unos vagos o unos caraduras –esto se ajusta más la descripción de nuestros políticos-. Tampoco nadie vive del cuento gracias a una beca –cosa que, casualmente, sí que hace también la clase política, por ejemplo, con sus pensiones vitalicias-. Y no todos los becados utilizan ese dinero para comprarse un iPad –vaya, qué cosas, a los diputados se los regalan y cuando los ‘pierden’, les dan uno nuevo-.

Hay mucho listillo que sacará más de un 6,5 y que cada año arrasará con su beca en un Apple Store, porque robar a todos forma parte de la picaresca española en la que la máxima es “si no lo hago es porque no puedo”. Pero restringir el acceso a esas ayudas es optar por la vía fácil: a fastidiarse todo el mundo. Y encima, deberíamos estar agradecidos, porque esas becas a vagos y maleantes las pagamos todos.

Mira, eso es cierto. Sí que pagamos todos. Y lo pagaremos más caro aún cuando seamos un país de ignorantes, tan tarugos que solo sabremos de religión o de educación para la ciudadanía, los barrancos de nuestra comunidad autónoma –pero no los ríos más importantes del mundo- o el nombre de los concursantes de Gandía Shore –aunque no sepamos ni dónde está Gandía ni qué significa ‘shore’-.

Un mundo hecho para Wert, oír y callar. ¡Un aplauso a la educación gratuita! Tan universal como nuestra estupidez.

 

 

Vagabundo Pérez

vagabundoperez.blogspot.com

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