Viaje a las Azores. 7/7

Valeriano Pérez

13º día, martes, 25 de agosto de 2009, terca-feira. Hoy nos vamos de excursión a Capelo-Capelinhos pero antes nos aprovisionaremos en su  pequeño mercadillo donde además del buen pan, embutidos y bebidas, llevamos sandía, plátanos y Melao (una variedad de melón que se da en La Graciosa y que a Cande le gustó la vez que lo sirvieron de postre).

 

A las 10.40 llegamos al inicio del sendero de hoy, un cruce de pistas en donde dejamos aparcado el coche para caminar por una floreada senda que aparece cubierta por una densa niebla. Aún así el paisaje es grato pues le añade misterio y ascendemos hacia Cabeço do Pico Verde (488 m.) que es el 2º cono volcánico, atendiendo a su tamaño, de Faial. Una ancha senda recorre su perímetro pero la niebla nos impide ver en su totalidad el cráter que está cubierto por una enmarañada laurisilva por lo que dejamos el lugar algo decepcionados pero no descontentos. Un poco mas abajo, a la derecha, se inicia un magnifico sendero, de los que hacen afición y que desciende rápido entre la lujuriosa laurisilva y que pasa por una enigmática Furna Ruim, especie de pozo natural sin fondo en medio del bosque, de profundidad ignorada (para nosotros). El apreciado sendero desemboca en la Pista de Capelinhos, justo donde  otra vereda avanza hacia otro cráter volcánico, Cabeço de Canto (346 m.) y como al principio llaneamos, Fran y yo decíamos de Jesús que se está humanizando, que ya no era el de siempre, quizás por su lesión. Mas valía haber estado callados pues la subidita de “jodido” Canto se las trae. Razón tiene el refrán cuando sentencia que: Genio y Figura…

Subimos pues a ese cráter arenoso desde el cual contemplamos íntegra la Ponta dos Capelinhos y aunque no tan verde como el otro que hace honor a su nombre, resulta igualmente atractivo y merecedor de visitar. Volvemos a la pista de Capelinhos y, tras caminar un  trecho juntos, nos deja el servicial Marco que la sigue hasta donde dormita el coche, mientras el resto seguimos durante un largo trecho por un agradecido sendero que llega al asfalto, al pie de unas casas de paredes de volcán tapizadas por la hiedra, por donde vendrá muy pronto, Marco y coche.

Ya motorizados seguimos hasta la Ponta dos Capelinhos y nos vamos a la zona de baños en donde hay una hoya o fosa que se comunica con el mar por un entrante y en la que nos dimos un refrescante baño para después hacer honor a bocadillos, bebidas y frutas que hemos traído.

A las 16.00 horas nos acercamos a la zona del faro para continuar la jornada  y entramos las dependencias que están delante del faro, bajo tierra, de manera que no estropea el paisaje lo cual, en estos tiempos se agradece. Esa moderna edificación soterrada es un centro de interpretación o museo en el cual se ofrecen datos sobre la erupción submarina que se prolongó entre septiembre de 1957 y octubre de 1958 y que generó un istmo unido a tierra de 600 metros, formado por lapilli, arena y polvo. El faro ya no cumple sus función primordial, pues aparece arruinado y desubicado. Esa torre de piedra fue mudo testigo de la violencia de la erupción que en su fase explosiva llegó a lanzar materiales a 1800 m. de altura. Al faro se puede subir y ver el paisaje, pero hay que pagar. Anexo al faro han construido un mirador y debajo de este promontorio se encuentran las viejas instalaciones balleneras con sus tejados caídos.

Una pista sale por la izquierda del faro y permite acercarse al perfil del acantilado, no demasiado pues un letrero advierte del peligro. Se puede ir hasta la llanada de cenizas que cruza el istmo y un camino labrado en el edificio volcánico, una dura cicatriz en su lomo, lleva hasta lo alto. Marco y Jesús inician la fuerte subida mientras Cande, Fran y yo nos limitamos a seguir de frente hasta el borde del lado contrario en el cual vemos como a la dura montaña, el mar le ha abierto unas enormes grutas que deben estar comunicadas, pues vemos salir el agua por ellas.

Regresamos al centro de visitantes en cuyo subterráneo bar nos sirven unas fresquísimas cervezas y sentados en tan agradable y fresco lugar esperamos la llegada del “dinámico dúo” que se están haciendo esperar y es que fueron al coche y al no vernos adivinaron que estaríamos aquí.

Ya reagrupados emprendemos el regreso a Horta y decidimos pasar por el valle de Flamenços en el cuya parroquia abre sus puertas un pequeño pero completo jardín botánico con muestras de la flora isleña, separada según ésta se localice en la costa, los barrancos o la montaña. Entregamos el coche en Horta a las siete de la  tarde y  ya aseados nos vamos a llenar la tripa, buscando algo nuevo y cercano y tras desechar algunos vinimos a recalar en el remilgado restaurante “La Poussada”. Una Poussada es el equivalente portugués de los Paradores Nacionales en España y ésta se halla instalada en el Castelo de Santa Cruz antigua fortaleza militar estratégicamente situada sobre un pequeño altozano desde donde defendía la ciudad y puerto, desde una posición ventajosa. El hecho de venir aquí es que a Marco le había dicho el conductor del coche de alquiler que sus precios no eran nada caros. Primero debemos pedir mesa al recepcionista que trasladaría la petición al maître quién nos autoriza a pasar y, mientras preparan la mesa, visitamos el recinto.

El Castelo data de 1567 y conserva en aparente buen  estado,  almenas, torres, cañones, pozos y  demás utensilios propios de la fortaleza y de la época en que fue construido. En su terraza nos hacemos varias fotos y aún estaríamos allí de no protestar Marco ante la evidente tardanza. Simplemente se habían olvidado de nosotros y quizás debimos haber aprovechado la coyuntura para darles con la puerta en las narices pues la cena resultó deslavazada, en un estirado ambiente, con camareros que te hablaban en inglés, sin dejar las botellas en la mesa y a los que casi había que pedirles perdón cada vez que teníamos que llamarlos. Lo único que estaba potable eran los postres, tipo buffet, pero que nos costó 9 € cada uno. En fin que todo resultó sofisticado y nos quedamos con hambre pues los platos, bien presentados eso sí, resultaron escasos. Sobre el precio diré que la cerveza costaba cinco veces más que en la calle.

La fortaleza se halla en la rua Vasco da Gama (primer navegante que llegó a la India por la ruta de África) y anexo están los jardines de la Plaza del Infante con esbeltas palmeras canarias. Desde esta alameda  salen las aceras adoquinadas del hermoso e iluminado paseo marítimo. Y desde esa alameda, gozando con la estrellada noche, derivamos hacia la rua Medeiros en busca de nuestro hotel donde pasaremos la última noche de nuestra fructífera estancia en la cosmopolita ciudad de Horta.

14º día, miércoles 26 de agosto de 2009, Quarta-feira. Hoy ya iniciamos el largo regreso a nuestros lares y lo haremos en el barco de las 7,30 por lo que logramos que nos adelantasen el desayuno y llamaran a un taxi en el que cabemos todos y nuestro equipaje y nos vamos al muelle. Faial nos despide con lágrimas pues amaneció lloviznando. El expreso de las Islas sale a las 7.40 y una hora más tarde llegamos a Velas en la Isla de Pico, donde nos dan la oportunidad de bajarnos y esperar aquí el regreso del barco que ha de ir a la Isla de San Jorge y volver a Lajes. A las 10.20 regresa y a las 10.35 sale hace el vecino puerto de Calheta al que llega en 30 minutos. La parada es corta y en solo 10 minutos se hace de nuevo a la mar para llegar a Angra de Terceira a las 13 horas.

Aquí teníamos apalabrado un coche pero se retrasa y aprovechamos la obligada espera para almorzar en el restaurante que hay en el mismo muelle pues, como dicen los “dolarianos” de USA, “Time is Money”. Ya con el coche nos vamos a Residencial Zenite y para llegar, debemos hacer complicada maniobras y giros pues casi todas las calles prohíben el giro en la dirección deseada. (Los días anteriores no los saltábamos, pero en este intento nos pillaron y ya no podíamos alegar ignorancia).

En la residencia paramos poco pues no fue más que dejar las maletas y a las 14.45 salíamos escapados hacia el centro de la isla donde se halla el Monumento Natural Regional do Algar do Carvao. Algar viene del inglés y significa “pozo de carbón” y se refiere al color negro de la lava. Una erupción del volcán Terra Brava de hace 3000 años generó esta  chimenea que, enfriada de repente, creó a una gran caverna cubierta de lapilli y modificada por las filtraciones de agua. Al pie del volcán hay un centro de visitantes desde el que han hecho un túnel de cemento. Por él llegamos al interior del cono que está hueco. Estamos dentro del volcán, en una gran gruta o caverna de paredes inclinadas que forman la chimenea y ésta tiene en su boca u orificio al exterior un ancho de 17 x 27 m. por donde se cuela la luz del sol. Su altura total es de 100 metros.

Del nivel de la entrada se llega mediante unas escaleras escavadas en la pared hasta el mismo fondo donde solía haber un lago que ahora está seco pues las guías que nos atienden dicen que en los últimos años la pluviosidad en las islas ha sido notablemente inferior a otras épocas. La chimenea se ve forrada de vegetación hasta su primera mitad y esa abertura es el fondo del edificio volcánico por el cual, al parecer, cayó una vaca y al buscarla un pastor dio con esta impresionante cavidad volcánica en la que destacan las estalactitas y estalagmitas, así como especies endémicas. Tiene iluminación artística y ambientación musical.

La visita a este espectacular monumento natural resultó agradable e instructiva pues pocas veces se puede decir: estuve dentro de un volcán y la visión de las diversas tonalidades de las paredes es fascinante.

A menos de un kilómetro de este lugar, una pista de tierra nos conduce a otro emblemático lugar “Las Furnas de Enxofre”. Se trata de una zona donde se encuentran unas 20 fumarolas que emiten vapores de color blanco, con una pequeña porción de azufre. El lugar esta cercado por  vallas de las que cuelgan paneles informativos de tan singular espacio. Todo esto que hemos visitado anteriormente permanece situado en el interior de la enorme caldeira de “Guilherme Moniz, que con sus 15 kilómetros de diámetro es la mayor de Las Azores y fue una de las tres que con su erupción creó la Isla Terceira, cuando la tierra aún se asentaba.

Y aún nos resta recorrer un último sendero para irnos bien servidos y va a ser el de Serreta-Lagoinha. Es una pequeña ruta circular de 7 kilómetros y que tiene una duración de dos horas y media. Para ello nos vamos con el coche hacia Serreta y lo dejamos cuando son las 18.00 horas en el inicio.

Este sendero atraviesa un espléndido bosque clasificado como Sitio de Interés Comunitario por la variedad y riqueza de su flora, muy rica en endemismos azorianos como urze, palo blanco, cedros, follados y otros muchos que rara vez se ven ya en Canarias. El recorrido resultó un  autentico regalo para los sentidos, un digno epilogo de este grato viaje. En un cruce de senderos, Cande y yo, retrocedemos hacia donde quedó el coche desandando con placer tan grato camino mientras el animoso trío siguen ascendiendo hasta el mismo lago y a las 20.35 nos reunimos de nuevo para emprender ya el regreso hacia Angra do Heroísmo. Se ha hecho un poco tarde para Fran y Jesús, él y yo cenamos en el cercano Café Lilaz, muy aceptablemente mientras Marcos y Cande se irán luego más lejos, sin prisas, buscando una despedida azoriana algo diferente y según nos dijeron al día siguiente, quedaron satisfechos.

15º día, jueves, 27 de agosto de 2009 quinta-feira. Tal como hacen los navarros, hoy deberíamos cantar el “pobre de mí”, pues se nos acaban las vacaciones y nos vamos a casa, pero ni siquiera hoy vamos desistir de pasear por el magnifico paisaje isleño aunque lo haremos en coche.

Después de otro infame desayuno dejamos esta mala pensión que tiene precios de buen hotel a las 9 y nos vamos con dirección a Porto Judeu que nos sorprende con la aparición de los vistosos Ilhéus das Cabras, acaso separadas por el tridente de Neptuno. Resulta obligado parar y hacer fotos; son de propiedad privada y mas que cabras acogen ovejas. Pasaremos luego por la costa de Feteiras, cerca de la bahía de Salga, en donde cuentan que tuvo lugar la derrota de un contingente español mandado por Felipe II, rechazado al recurrir los azorianos a lanzar contra ese ejercito, más de mil vacas y toros que pastaban por la zona.

En Sao Sebastiao derivamos con dirección a Serra do Cume ubicada al pie de una extensa planicie o llanura en la que destacan las retículas de pastizales separados por muros de piedra negra que los nativos llaman “manta de retalhos” y que recuerda un gigantesco tablero de ajedrez. La idea era subir en coche hasta el mirador de esa Sierra pero el cielo se ha ido encapotando y aparecen las primeras gotas precursoras de otras muchas que queremos evitar y como las alturas están cubiertas parece aconsejable no seguir hacia ellas por lo que nos damos la vuelta. Ya es hora de irnos hacia el aeropuerto donde entregaremos el coche y  abordamos el avión que sale con 45 minutos de retraso pues el aparato tiene problemas con la electricidad que finalmente logran resolver.

Independiente de que los problemas con los aviones no son agradables, a nosotros nos preocupa también la demora, pues tenemos que hacer trasbordo y el margen de tiempo disponible se ha acortado. Esperamos  poder coger sin contratiempos el enlace con el avión para Lisboa, pues aunque esperen al pasaje, el equipaje podría quedarse en esa capital. A las 15.05, hora continental portuguesa, llegamos a Lisboa y hemos de correr para coger el vuelo de Madrid cuyos pasajeros ya están dentro. ¿Nos seguirán las maletas? No hay más remedio que cruzar los dedos.

De Lisboa salimos a las 16.00 horas y llegamos a Madrid una hora mas tarde (las 18.00 horas de Madrid). Vemos que la TAP ha funcionado bien pues nuestro equipaje aparece por la cinta. Nuestro alivio es evidente.

Ya solo nos resta facturar para el regreso a Tenerife y esperar cinco largas horas durante las cuales comemos y bebemos aceptablemente en un bar-restaurante de tapas y jugamos al cinquillo y a la ronda robada con las cartas que muy previsoramente se ha traído el amigo Marco. A la hora de la salida nos acercamos a la puerta de embarque donde coincidimos con un grupo de animados güimareros de distintas edades que han peregrinado a Lourdes, pasando antes por Zaragoza y Huesca. Una señora, que luego resultó ser vecina mía del Puertito, viene con un brazo en cabestrillo que según dice se fracturó al caer en la entrada a esa localidad mariana francesa donde, en teoría, los peregrinos van a curarse y no a perjudicarse (al menos que la Virgen los deje como van).

A las 23.00 horas sale nuestro avión de la  Spanair en vuelo 5094 que (no podía ser menos) tiene sus asientos con un mínimo de separación lo que los hace muy incómodos. Hace poco saltó a la prensa una noticia según la cual se iba a preguntar a los pasajeros si accederían a viajar de pie para meter más gente en los aviones y poder abaratar precios.

Por fin nuestro aparato toma tierra (en el sentido literario de la frase) en el aeropuerto del Sur cuando son las 0.45 del viernes 28 de agosto. Allí mi hija Elena me ha dejado el coche del que yo he traído una copia de la llave y que nos sirve para llevarnos a estas horas hasta casa.

Para ella mi agradecimiento, que hago extensible a la amable Cande, al servicial Marco Antonio, al intrépido organizador Jesús y al imberbe Fran, esos extraordinarios amigos con los cuales he tenido el placer de compartir otro viaje maravilloso, de esos que dejan profunda huella.

SON USTEDES FORMIDABLES.

 

 

Valeriano Pérez


Fotografías:    Marco Antonio Otero

 

 

 

 

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