Viaje a las Azores. 6/7

Valeriano Pérez

10º día, sábado, 22 de agosto de 2009. El desayuno es como siempre a las 8:00  y así tras la oportuna compra de bocadillos y bebidas, a las 9:45 estábamos ya con el coche en el inicio del sendero que toca hacer hoy.

 

Un letrero nos indica que su dirección es Planalto, un P.R. de 2,5 km. por el que ascendemos fatigosamente, mientras nos azota una ligera llovizna y una densa neblina nos impide apreciar mejor la belleza del paisaje que se ve difuminado, pero sin carecer en absoluto de encanto. Por fin llegamos a una zona llana en la que vemos algunos conos volcánicos y aquí el amigo Marco da la vuelta y desanda el camino con el fin de rescatar el coche y venir a por nosotros que seguimos adelante por la pista del “Camino dos Burros” en donde pronto nos da alcance.

La neblina se ha hecho muy densa razón por la cual, a pesar de estar en la zona de las lagunas  (hay 7 medianas y otras muchas pequeñas), nos es difícil dar con la mayor, Lagoa do Capitao, en la cual anidan los patos mudos de pico rojo y viven diversas especies de peces que no son consumidos por no resultar tan sabrosos como sus congéneres marinos.

Dejamos esta brumosa zona y descendemos hacia la costa en busca de la aldea de Piedade con templo mariano del siglo XIX y a las 12:40 por una carretera que discurre entre huertas y casas rurales llegamos hasta la Ponta da Ilha y al pequeño poblado marinero de Manhenha.

Entramos en las instalaciones de su sobrio faro, dejando el coche por fuera. Eran las 13:10 cuando comenzamos a caminar por un sendero costero (sus marcas empiezan en el faro) que atraviesa un malpaís que  no se parece a los nuestros. Aquí hay más vegetación e incluso vides.  El sendero resulta impreciso y en un momento lo perdemos y seguimos por una pista entre muros de negra lava que nos saca a otra mas ancha que da frente a una casa-chalet desde cuya terraza-balcón nos llama su dueño, que nos invita a comernos unos dulces racimos de uvas negras. Aceptamos su ofrecimiento y él mismo baja y corta algunos racimos de las parras que nacen en contacto directo con la lava en la huerta-jardín que rodea su propiedad y no satisfecho nos invita luego a un licor que él llama “Angélica” y que es el único producto que le saca a sus uvas.

Nuestro anfitrión nos cuenta que esta propiedad era de sus padres y al repartirla entre sus cinco hijos, cada uno se hizo en el terreno una casa como la suya desde la que se ve el mar (en la de al lado vemos a un hermano que parece menos sociable que él) y que cierto día acertaron a ver una ballena blanca que salía a la superficie intermitentemente.

Seguimos nuestro caminar y bajamos de nuevo a la costa para conectar con el sendero extraviado y al verlo ellos deciden seguirlo mientras que Cande y yo desandamos el camino para rescatar el coche y así poder  encontrarnos en la salida, una vía asfaltada, dos kilómetros más allá. En el regreso nos llueve y Cande se queda en la casa del amable amigo mientras yo sigo solo hasta el faro a donde llego cuando son las 15:25. Recojo a Cande y vamos a esperarlos al lugar convenido. Ya todos juntos damos cuenta de los bocadillos y bebidas para después bajar a  la playa de callados que hay debajo y donde Jesús se baña un “fisco” y casi vuelve a “descoñatarse” su brazo lesionado al tirarse al agua.

En el regreso por la carretera del norte entramos en el Parque Forestal de Prainha y bajamos hasta su coqueta y bonita playa de redondeados callados cuyas verticales paredes se tapizan de vegetación. Llegamos al final del asfalto y casi nos metemos a tomar unas cervezas en una casa privada en la que hacían un tenderete familiar al creer que era un bar.

Volvemos a la carretera general y aún hacemos una paradiña en el mirador de la Ponta do Misterio que nos muestra una esplendida vista  panorámica de Sao Roque do Pico a donde llegamos sobre las 19.00 horas.

La cena la haremos esta vez en “O Rochero”, un bar restaurante a pie de playa muy concurrido que habíamos localizado en la llegada de ayer y que nos agradó en general aunque sin llegar a la altura del California.

11º día, domingo, 23 de agosto de 2009. Desayuno, avituallamiento y carretera adelante. Pasando Santo Antonio, llegamos a Santa Luzia y a las 10:10 empezamos a caminar desde su cementerio por un precioso sendero señalizado que va entre huertas, que un día fueron trabajadas (vemos aún frutales) y donde la laurisilva intenta recuperar su espacio.

Llegados a una esquina del camino decidimos, con objeto de alargar el atractivo paseo, torcer a la derecha y seguir subiendo, ya sin marcas, para continuar por un corredor o pasillo con muros de piedras seca  con un lujurioso techo vegetal que se conserva casi intacto y en el que debemos apartar las ramas o agacharnos para poder seguir avanzando. Así, llegamos a una amplia llanada o prado de fina hierba en la que ahora no hay vacas (aunque sí huellas). Tras pasear por el bosque que estaba  cercano, decidimos regresar pues el tiempo se tornaba amenazante.

En efecto, nada mas iniciar el regreso, empezaron a caer gruesas gotas de las que al principio nos resguardaban la tupida arboleda bajo la que caminábamos pero que pronto dejó de protegernos y debemos apretar el paso para llegar al coche cuanto antes, sin descuidar donde pisamos. Caminar bajo la lluvia puede resultar agradable si vamos debidamente  protegidos y ésta cae mansamente, sin viento, pero si descendemos con celeridad por un empedrado sendero, podemos caernos y lesionarnos.

A las 12:50 llegamos completamente empapados al coche y es preciso volver al hotel para cambiarnos de ropa. Ya metemos el equipaje en el coche y nos despedimos de la residencia para llegarnos hasta Lajes en donde nos dimos un soberbio baño y damos fin a los bocatas y bebidas. Luego damos un paseo por el casco histórico del pueblo, entrando en su iglesia de la Conceiçao, austera y elegante que guarda una estatua de alabastro de esa imagen del siglo XVI. Por fuera una placa recuerda a los caídos de Lajes en las guerras coloniales de Portugal: Angola, etc.

A las 15:40 nos vamos hacia Madalena donde entregamos el coche y  cogemos el barco (Cruceiro do Canal) de las 17,45 que en 30 minutos nos deja en Horta, capital de la isla de Faial, la que tiene silueta de tortuga

Horta es la capital de la isla Faial y fue punto de referencia de todos los navegantes durante siglos. Aquí, en la resguardada bahía de Porto Pim anclaban antaño los barcos balleneros para resguardarse, avituallarse y reclutar tripulantes. En 1.986 se construyó un puerto refugio para yates y hoy, alrededor de 5000 veleros, se refugian anualmente en él. Todos los navegantes que recalan en Horta dejan una pintura con el nombre de su barco  y de sus tripulantes. El resultado: la pared y el suelo del muelle es un inmenso patchwork multicolor. Y todo debido a que en algún momento, alguien inventara la leyenda de que quien no dejara su señal en el muelle, sería victima de alguna catástrofe marina. Quien recala en Horta recala en el Peter, un bar en el mismo puerto que se llama en realidad “Café Sport” y que fuera fundado en 1918.

Una de las atracciones de Faial es su volcán, “Caldeira” al que se sube por una carretera flanqueada por hortensias azules que sirven también para delimitar los campos: por algo se le llama también la “Isla Azul”. Pero eso será mañana porque ahora nos vamos a limitar a recoger el coche (hay un empleado de la agencia con un cartel que nos busca) y como el “carro” tiene poco maletero, no es posible acomodar todo el  equipaje en él y parte irá en los asientos, restando sitio a los pasajeros.

Así unos en el “haiga” y otros a pie, vamos por la rua Vasco da Gama que deja a la derecha el Castelo de Santa Cruz y ya el siguiente cruce  nos lleva al casco antiguo, por  la comercial rua Conselheiro Medeiros. En ella se ubica la oficina de alquiler que nos hace el contrato por días y kilometraje. Por suerte nuestro hotel esta a pocos metros, frente a la aparentemente abandonada iglesia de San Francisco que se ve cerrada. San Francisco también se llama el hotel que tiene buena pinta pues ocupa una vetusta casona de aspecto señorial pero que nos resulta caro (453 € los tres días) para su categoría (tres estrellas), su anticuado mobiliario, su exiguo desayuno y las nulas prestaciones que nos ofrece. Tomamos posesión de las dos habitaciones y tras el oportuno aseo salimos a cenar y lo intentamos en el afamado Peter pero tenía lista de espera, igual pasaba en Capote y algunos otros por lo que, buscando recalamos en O´Maneiro donde comimos aceptablemente aunque caro. Regresamos a “San Francisco” donde nos espera un sueño reparador en esta primera estancia de Faial, en otro tiempo denominada de Sao Luís y da Aventura y esto nos hace presagiar que tendremos emociones.

12º día, lunes, 24 de agosto de 2009, segunda-feira. Tras el desayuno y como hoy nos vamos de excursión a la Caldeira do Faial, paramos ante  la Iglesia Matriz del Salvador, ese enorme templo jesuita (1680/1760), pero no para visitarla sino porque enfrente mismo hay un bar-dulcería que nos prepara unos sabrosos bocadillos y bebidas para el tentempié. Ya avituallados salimos a la carretera y tras dejar atrás Flamengos, un topónimo que alude a la instalación aquí de los primeros colonos que poblaron la isla, eran las 9,10 cuando llegamos a los aparcamientos de La Caldeira, una rotonda que sirve de privilegiado mirador sobre el valle de Flamengos, la ciudad de Horta, la islas de Pico y de San Jorge. Dejamos aquí el coche y antes de empezar el recorrido circular sobre la caldera entramos en una especie de túnel labrado en el cono, que da acceso inmediato a un pequeño mirador desde el cual vemos el cráter.

El lugar se ve muy concurrido e incluso vienen guaguas y taxis que no cesan de vomitar gente aunque la mayoría se limita a entrar en “ese túnel del tiempo” ver la caldera, sacar algunas fotos y volverse a subir. Quien viene a Faial está obligado a visitar esta Caldeira o Caldeira Grande como también se la conoce, aunque solo sea para mirar y sacar fotos pues es el monumento natural mas grandioso de la isla, y uno de los conos volcánicos de mayor envergadura del archipiélago azoriano.

Con 1.450 m. de diámetro, 8.000 de perímetro y 400 de profundidad, la caldeira está cubierta de matorrales y un residual bosque de laurisilva. En el fondo, donde una segunda erupción generó un cono de pequeño tamaño, las lluvias han creado un humedal sin llegar a formar un lago que, visto desde lo alto, se nos antoja idéntico a la figura de Tenerife. Al sur de la Caldeira y formando parte de su reborde se alza “Cabeço Gordo” que con sus 1043 m. es el punto más alto de Faial. Sus laderas muestran los derrumbes provocados por un pasado cataclismo sísmico.

Desde la primera y brutal erupción de esta caldeira, a partir de la cual nació la isla, hubo otros episodios de vulcanismo señalados en la hilera de conos que siguen hacia el oeste (Trinta, Verde, Fogo, Fonte y Canto). La bajada al fondo no es recomendable en época de lluvias y aconsejan hacerla siempre con guía igual sucedía en la subida a Pico y otros sitios y eso  nos parece una descarada forma de promocionar una profesión.

A las 10:00 comenzamos el paseo en el que vamos a rodear la caldera y que iniciamos por la derecha ascendiendo primero para luego llanear pero siempre teniendo a derecha e izquierda esos floridos macizos de hortensias que prestan al paisaje de Las Azores su peculiar belleza. El tiempo parece inestable y la neblina cubre y descubre parcialmente el fondo y paredes de este emblemático lugar y en algún momento hace su aparición un racheado viento que, de llover, inutilizaría el paraguas.

Caminamos absortos ante tan rústica belleza, ora mirando las laderas exteriores, ora el fondo del cráter. El mismo cráter que parecen querer inundar, trepando en casi marciales formaciones, las  hortensias, esas  omnipresentes flores de mundo que, a manera de guirnaldas decoran el filo superior del volcán, como si de un colosal cesto de flores se tratase. En ocasiones el camino se desdobla y en otras resulta complicado de  seguir por estar enfangado pero siempre resulta atractivo sobre todo cuando se despeja y nos permite visualizar el perímetro de la caldera.Al ir rodeando el cono podemos ir también abarcando desde la altura en la que nos movemos, toda la isla, tal casi como se ve desde un avión.

Acabando el recorrido la niebla se hace más densa y ya en el cruce de Cabeço Gordo nos oculta el sendero que debíamos seguir para volver al coche y una vez más Jesús nos saca del apuro y simultáneamente a una pareja de italianos que vagaban por aquí absolutamente perdidos. Finiquitado felizmente el primer objetivo del día, seguimos carretera adelante y dejando, atrás Varadouro, llegamos al Parque Florestal do Capelo en donde hacemos una paradiña para comer y beber lo traído. El lugar esta equipado con fogones, mesas y bancos en torno a los que disfrutar de una deliciosa jornada y tiene coquetos servicios higiénicos.

Este espacio resuma tranquilidad y armonía. El agradable silencio solo es interrumpido por el melodioso susurro de la suave brisa que mueve con cadencia las hojas de los árboles y por canto de las aves. Por ello,  después de caminar un largo rato por él, lo abandonamos con pereza.

Luego nos apetece parar en Ponta do Varadouro, un centro de veraneo con piscinas naturales construidas alrededor de unas fuentes termales y en donde, como es justo y necesario, nos dimos un soberbio chapuzón.

Carretera adelante llegamos a Castelo Branco, cerca del aeropuerto de Horta, para seguir una estrecha carretera que llega hasta un curioso saliente o  promontorio de origen volcánico que está al borde del litoral. Formado por lava traquítica, forma parte de la red Natura 2000 por su interés geológico y por su fauna pues en él nidifica una colonia de aves.

Aparcamos el coche y empezamos el paseo vespertino en el que, en primer lugar, nos acercamos a ese blanco y alto morro que penetra en el mar a través de un istmo. Es un cono de lava solidificada comido por las mareas a cuya parte superior se podría llegar por un mal caminillo. Hay una cuerda que facilitaría la subida y en otra ocasión Jesús la habría intentado pero su lesión no se lo permite, por lo que es Marco quién trepa un rato hacia la alta meseta y asegura que es posible seguir.

Dejamos esa pétrea proa que sueña con zarpar algún día y volvemos al  verde sendero inicial que pronto se convierte en un empedrado camino real y ya asciende en busca de la carretera general. Marco retrocede en busca del coche y nosotros lo esperamos al pie de una arruinada iglesia. Regresa nuestro amigo y en el trasiego se nos queda aquí un bastón de senderismo que se une al ya perdido con motivo de la lesión de Jesús.

Ya sobre Horta, rodeamos el Monte Queimado y subimos al Monte da Guía, un volcán costero y urbano de 145 m. La carretera acaba en una instalación militar pero vale la pena subir hasta aquí pues tiene un excelente mirador con dos magníficas panorámicas muy interesantes. Una de ellas nos permite ver la media luna costera que forma el volcán abierto hacia el mar en el cristalino Poço do Inferno (centro de la caldera) y la otra es la capilla de la Señora da Guía, con panorámica de Porto Pim y su aseada playa de arena rubia que se ve muy concurrida. En pocos metros más podemos divisar una atractiva perspectiva de la ciudad de Horta y su ensenada, que defiende el fuerte de Sao Sebastiao.

Ya volvemos al hotel y la cena la hacemos en un restaurante que está a escasos metros: El Capitolio, un local acondicionado al estilo marinero con madera de olivo, ojos de buey y estanterías con libros que pueden hojearse mientras se espera o tras los postres. La comida fue aceptable.

 

 

 

Valeriano Pérez

 

 

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