Viaje a las Azores. 3/7

Valeriano Pérez
4º día, domingo, 16 de agosto de 2009. Hoy teníamos previsto un paseo hacia Lagoinha pero antes queremos sacar los billetes de los distintos barcos que hemos de coger para navegar entre las islas. No era posible comprarlos por Internet y la taquilla de Transmacor la abren a las 10.

Esa espera la invertimos en comprar bocadillos y visitar las iglesias del Salvador y de la Misericordia que fuera antes hospital y más tarde cementerio del cual aún perduran osamentas visitables en una lóbrega cripta a la que me resisto a entrar pues a mí me gustan las redondeces.
A la hora prevista nos acercamos al puerto (“Porto das Pipas”) y hacemos cola. Una pareja (alguien dijo si “liviana”) con la que nos toparemos en otras islas, porfía la preferencia en la fila que, aún sin tener razón, le cedemos, pues la diferencia en servirnos será de minutos. Y aquí nos encontramos con un serio problema ya que el horario de los barcos lo han cambiado En vez de salir mañana lunes para la siguiente etapa, la Isla de San Jorge, salía hoy a las 14 horas, ó el miércoles 19.Esto acarrea un evidente trastorno por cuanto teníamos comprometido hoteles y coches y que se han de cambiar necesariamente sin remedio. Jesús nos dio otra prueba de agilidad organizativa y sobre la marcha ideó los posibles itinerarios alternativos que podríamos hacer en la Isla de San Jorge en donde, en vez de tres días, ahora pasaremos cuatro.
Sacamos pues el billetaje marítimo para las cuatro veces que debemos  utilizar ese medio de transporte y como saldremos a las dos, volvemos al hotel para hacer el equipaje, avisar al siguiente que adelantábamos la llegada y al Rent a Car de allí, para conseguir un coche un día antes.
Hay dos horas de margen y la aprovechamos para dar una vuelta por la ciudad y luego subir en coche hasta el “Monte de Brasil” donde damos un breve paseo desde el pico de Santa Bárbara hasta “das Crucinhas”. El nombre de este verde y emblemático volcán costero tiene su origen en la mítica isla irlandesa de Brahsel, aquí localizada en un antiguo mapa de 1507. En la cratera, que está rodeada por 4 pequeños picos, hay un área recreativa y el asfalto concluye en el pico das Crucinhas. Aquí hay un monumento a las Descobertas y desde él vemos una nueva y hermosa imagen de Angra, con su coqueto y ordenado casco histórico
En la monumental Cruz se lee la fecha de 1432 y una leyenda en la que se lee “QUE LA PAZ PREVALEZCA EN EL MUNDO”. Irónicamente cerca se halla una batería antiaérea, modelo 1940, de origen británica, y que fuera instalada en este lugar durante la segunda guerra mundial.

Desde esta altura vemos la singular silueta (por lo alargada, como una espada flamígera) de la isla de San Jorge nuestra próxima etapa que ya parece llamarnos, por lo que volvemos al puerto y entregamos el coche.                
Subimos al rápido catamarán (Expresso das Ilhas) entregando antes nuestros “corotos” que recogen por una sencilla cinta transportadora y colocan en unos compartimentos de proa que cubren con un encerado. La embarcación, como si se tratase de una guagua urbana, hará breves paradas en cinco pequeños puertos (Calheta y Velas) de la Isla de San Jorge, (San Roque, y Madalena), Isla de Pico y (Horta), Isla de Faial. Pertenece a Transportes Marítimos Azorianos (Transmacor) y dispone de unas doscientas butacas que hoy solo se verán ocupadas por un 30% y un pequeño bar al que pronto se irán arrimando algunos viajeros. Salimos a las 14.40 y nos bajaremos en el primero de los puertos a donde llegamos a las 16.35. Como vamos mirando el fascinante paisaje, unos por las ventanas y otros en cubierta, el viaje resultaría agradable.

Al doblar la pequeña isleta “do Topo” se nos muestra la vertiente sur de la isla cuya parte superior aparece ahora cubierta por una densa neblina la cual le confiere una irreal y misteriosa apariencia, como si  realmente fuese mas alta, pudiéndose observar algunas caídas de agua. Vemos también unas casas de tejas rojas clavadas en sus casi verticales paredes siempre cubiertas de una exuberante vegetación que amenaza con devorar esas insignificantes viviendas ancladas en la ladera, en un aparente desafío a la más elemental de las leyes: la de la gravedad.
A las 16,35 llegamos a Calheta y declaro que jamás he visto un puerto más bello. Aquí la espesa vegetación desciende la inclinada pared en una descarada porfía, buscando quizás introducir sus ramas en el agua. La Isla de San Jorge se divide en dos municipios o concelhos: Calheta y Velas y a su vez el concelho se divide freguesias o parroquias. Calheta tiene cinco: Calheta, Norte Pequeño, Ribeira Seca, Santo Antao y Topo. La isla tiene 10.000 hab. e igual número de vacas. Posee una bucólica campiña y aunque carece de playas arenosas, tiene 46 fajas o terrenos planos al borde del mar, generados por derrumbes o lenguas de lava. La coqueta Calheta nace junto al puerto y va creciendo, ladera arriba, hacia Relvinha, en donde tendremos nuestra provisional morada.

Nuestro coche de alquiler no está aún disponible por lo que cogemos un taxi (sin taxímetro) al que no le  importa que seamos cinco o que el equipaje sobresalga del maletero, ni si llevamos el cinturón abrochado. Nos deja en la pensión-restaurante California y aunque al principio me incomoda la estrechez de la habitación y su escaso confort, pronto se revelaría como el mejor destino posible por la amabilidad de Manuela, su gestora, y sobre todo por la calidad, cantidad y precio de su comida. Resultó un hito muy apreciado por lo que es altamente recomendable, pero al mismo tiempo puso el listón muy alto para juzgar otros lugares.  
Pronto nos vienen a traer el coche que sería también el mejor de los 5 que tendremos en el viaje. Es de gasoil, espacioso y de amplio maletero por lo que quedamos contentos. Su precio también resultó competitivo.

Pese a  la hora, a un inquieto trío (Jesús, Fran y Valerio) le apetece estirar los pies y dar un corto paseo. Estrenando el coche nos llegamos  al cercano Parque “Florestal” da Silveira donde recorremos caminos y puentes, a la grata sombra de helechos, pinos, acacias, cedros y flores. En su parte superior se halla un mirador y un cercado con gamos, aves y conejos. Un conejo manso, que parece de peluche, está por fuera y se deja casi acariciar. Fran va tras él y siento que Marta no esté aquí.
El lugar resulta paradisíaco y la humedad y el calor reinante consigue las condiciones óptimas para que la vegetación resulte tan exuberante. Es un autentico remanso de paz en el que las aves no cesan de llamarse y por cuyos senderos se camina con deleite. Me gustaría que el paraíso prometido se pareciera a este lugar, sin frío ni calor, ni hambre ni sed, desplazándonos casi sin rozar el suelo, en comunión con la naturaleza.

Cruzando el parque existe una antigua calzada empedrada y habiendo caminado un trecho por ella, salimos al asfalto y le preguntamos a un lugareño que pasa con su furgón donde está su comienzo. Él nos hace subir y nos lleva hasta ese lugar, cerca de donde estaba nuestro coche. Volvemos a “California” en cuya entrada juegan unos niños. En broma les digo si saben “donde se vende fiado” y llaman a su madre, pariente de Manuela, que les suelta un estentóreo “joga e cala” (juega y calla) con cuya letrilla nos quedamos y repetíamos en cualquier oportunidad.  

La cena la haremos hoy y los días sucesivos aquí y realmente estuvo de requechupete, si bien cometimos el error de pedir demasiadas cosas y se nos caían las lágrimas de ver que no podíamos con todo lo servido. Fue a base de pescado aunque la carne también estaba buena a pesar de que no sea mi fuerte. Los postres, caseros, estaban también ricos. Después de la cena salimos a pasear, un poco por placer y otro poco por necesidad, dada lo abundante que había sido la cena y podemos disfrutar de una extraordinaria visión nocturna de la iluminada costa de la vecina Isla de Pico cuyo ídem casi siempre está cubierto de nubes. Ya nos apetece retirarnos a descansar y lo hacemos a “pierna suelta”

5º día, lunes, 17 de agosto de 2009, segunda-feira. El desayuno lo hacemos siempre a las ocho y aunque no sería variado si fue suficiente.
Manuela nos hace los bocadillos para el “tentempié” del mediodía y nos da frutas y bebidas en una “neverita” que las mantendrá frías. Y animados con el espíritu juvenil que caracteriza el grupo salimos a la carretera dorsal que llega hasta la punta septentrional de la isla: Topo. Para ello debemos pasar por Silveira, Sao Tomé, Cabeço, Lameiro, Santo Antao, hasta llegar a Topo donde se sitúa el final o tope de la isla (ese es el significado de Topo). Topo fue poblada por flamencos en 1480. En sus inmediaciones aún se mantiene el cultivo de la viña y maizales y  su grato paisaje de medianías aparece cubierto de cedros y hortensias.
A las 9.40 estamos en el final de la isla que acaba en un promontorio donde se halla su Faro, un pulcro edificio blanco con su torre coronada por una linterna roja. A sus pies se encuentra una extensa isleta plana, quizás la mayor llanura jorgiana, sin vegetación arbórea, solo cubierta de pastos y a donde eran trasladadas las vacas en barco para cebarlas. Esta isleta ha sido declarada Reserva Natural Parcial “Ilhe do Topo”.
Nos acercamos a un mirador cercano desde el que vemos bajo nuestros pies, a la derecha, una espléndida piscina, casi natural, de aguas claras y transparentes. Varias personas se están bañando ahora en ella y, de poder, lo haríamos nosotros también, dada la temperatura ambiental. Pero eso seria más tarde en todo caso pues nuestra intención primera es caminar y atendiendo al plan establecido por el “capo” Jesús, nos toca desandar parte del camino para bajar por una estrecha carretera, un acantilado de más de 300 metros, hasta llegar a la Faja de Sao Joao. Es una de las tres más humanizada de la isla pues su microclima suave, común a las fajas de la cara sur, permite la presencia de naranjos, manzanos, piñas y un buen número de dragos. Alrededor de la Iglesia, sus casas, de planta baja, muestran ventanas de tres guillotinas.

Dejamos el coche a la sombra, delante de un “barito” y, tras comprar algo de agua, eran las 10,45 cuando iniciamos el camino que nos ha de llevar a la Faja dos Vimes, con la intención de regresar a por el coche. Antes de salir entramos en su minúscula iglesia para santiguarnos y ya, poniendo un pie delante del otro, primero llaneando y luego subiendo, accedemos a la parte más hermosa del sendero, aquella en la que nos protegerá un asombroso techo vegetal. Tras pasar por el caserío de Loural, llaneamos para iniciar el rápido descenso hacia Faja dos Vimes. El camino en esta parte se hace ya placentero y comemos una especie de arándanos (uva da serra) que resultan agridulces. La vegetación es agradecida y gracias al celo e interés de Jesús podemos identificarla, aunque solo sea de momento, pues pronto me olvidaré de sus nombres. Entre setos de flores descendemos a Dos Vimes que, al estar a salvo de los vientos del norte, permite el cultivo del café, el banano, o el ñame y por fin a las 15.30 estamos en su Iglesia, cercana a un pequeño muelle.

Ya nos planteamos cómo recuperar el coche. En principio yo iba a retroceder una vez caminado un corto trecho, pero Jesús me animó a seguir delante lo cual le agradecí. Luego él y Marcos pensaron volver a Sao Joao por la costa, pero la vereda no aparecía Quizás no era posible. Por ello decimos intentar “hacer dedo” y “se nos apareció la virgen” en forma de un coche que está a punto de salir y sus dos ocupantes tienen a bien llevarnos a Jesús y a mí hasta el pueblo cercano: Ribeira Seca. Ellos son un matrimonio algo mayor que está de vacaciones. Él había nacido en la isla más pequeña de este archipiélago: Corvo y ahora es todo un catedrático de la prestigiosa universidad lusa de Coimbra. Llegados a Ribeira Seca vemos un taxi y nuestro salvador lo sigue hasta que nos deja a su vera. Él está ocupado pero llama a otro al que esperamos sentados a la sombra de un coqueto kiosco de música. Pronto llega el taxista que quiere cobrar 35 €, pero nosotros sabíamos que el precio eran 22 por preguntarlo ayer al taxista antes de saber que teníamos el coche. El dijo haberse equivocado y dio una disculpa que no entendí. Ese fue quizás el único borrón de un trato siempre amable.

El taxi nos lleva hasta el coche y con él recuperamos a los impacientes amigos que “esperaban nuestro santo advenimiento”. A todos nos apetece rematar la jornada con un baño en la mar salada, por lo que, vueltos a Calheta, nos vamos a un “caletón” parecido al de Garachico. Al igual que allí, la mar entra mansamente por un estrecho canal natural de negras paredes de lava y aquí nos damos un soberbio baño en un agua que si, fresca a la entrada, se torna agradable enseguida. La cena fue también excelente y aunque pedimos menos cosas, también hubo sobrantes. Al acabar Marco tuvo la excelente idea de pedir a Manuela que si la cena de mañana podría consistir en sopa de pescado y ella se quedo algo trabada, diciendo que no sabía si le daría tiempo.  
La sobremesa la hacemos sentados en el balcón, de cara al atlántico, respirando un aire libre de contaminaciones, bajo la estrellada bóveda celestial e intentando localizar alguna constelación, con escaso éxito. He traído una radio “ruinaja” en la que, por la noche, oigo malamente algunas de las emisoras españolas, casi siempre Radio Nacional España y por ella me entero que en la Península Ibérica las temperaturas están altas mientras que aquí son suaves y además nos llueve con frecuencia.

Valeriano Pérez

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