Viaje a Francia y Bélgica. 7/8

Valeriano Pérez
Día nº 9: domingo (dimanche) Repetimos la jugada de estar pronto de pie y en silencio para no molestar salimos a las 7.30 para dar un último paseo en Dijon, pues el desayuno lo dan después de las ocho.
Recorremos las solitarias calles -más por hacer ejercicio que para ver cosas nuevas- aunque no dejamos de observarlo todo con ojos curiosos y una hora más tarde volvemos a por el prometido “Petit déjeuner”.
En conjunto esta ciudad me gustó y no me importaría volver a visitarla por la amabilidad de sus gentes y por las muchas cosas que no vimos, aunque bien es verdad que hay otras muchas ciudades francesas que  seguro se merecen también una primera visita y esperamos que así sea.

A las 9.30 dejamos pues Dijón con destino a Lyón, que se encuentra a 186 km., y a las 11.20  aparcábamos en una hermosa avenida que está a orillas del caudaloso Ródano y echamos a andar hacia su casco antiguo.
Lyón, la antigua Lugdunum romana, es la tercera ciudad de Francia, con 500.000 habitantes (1.400.000 en su área metropolitana) y se asienta en la confluencia de los ríos Ródano y Saona, ambos navegables. Capital de Rhone-Alpes, en el siglo II d.C. fue la mayor ciudad de la Galia. Además, fue la primera ciudad cristianizada de esta región (177 d.C.) y en la Edad Media se celebraron aquí dos concilios ecuménicos, los de 1245 y 1274.

Iniciamos el paseo por la península (Presqu´ile) una franja de terreno urbano de unos 500 metros entre esos dos grandes ríos que, poco más abajo, se unen en esta ciudad: El Saona y el Ródano (Saóne y Rhóne). Cruzamos por la plaza Poncet en donde se levanta una esbelta torre: es La Tour de la Charité, único vestigio arquitectónico que queda del antiguo hospicio demolido en 1934 para construir el palacio de Correos. Un poco más adelante se halla la Plaza Bellecour, un amplio espacio de 310×200 m. centro vital de la ciudad que se abrió en 1714. La plaza se  halla rodeada de palacios de estilo Luis XVI aunque construidos a principios del siglo XIX. En el centro se alza el monumento ecuestre de Luis XIV, flanqueado por representaciones escultóricas de los dos ríos.

Inconscientemente vamos buscando la sombra de los edificios pues hoy “Lorenzo” viene calentito y el termómetro rondará los 35º, la más alta temperatura que soportaremos en todo nuestro ameno periplo francés. Cruzamos el Saona por el puente de Bonaparte para acercarnos a la catedral primada de San Juan, iniciada en el s. XII y acabada en el XV. Aquí tuvo lugar el concilio lyonés de 1245 que excomulgó al emperador Federico II pese a que participó en la VI cruzada, pero se declaró rey de Jerusalén y el de 1274, segundo y último, en el que se proclamó la reunificación de las iglesias latina y griega que jamás llegó a realizarse.
Hoy es día de precepto y la iglesia la están cerrando cuando llegamos, por lo que seguimos el paseo con la intención de llegar hasta la colina de Fourviére, espléndida atalaya sobre la ciudad, que además atesora un parque arqueológico con el teatro romano y el templo de Cibeles. En la cumbre se halla también la basílica de Notre Dame de Fourviére construida entre 1872 /1875 en cumplimiento de un voto hecho durante la guerra franco-prusiana de 1870 y una torre metálica de 85 metros construida en 1983 siguiendo el modelo de la Torre Eiffel, pero no accesible.   

Para subir esa pesada cuesta existe un funicular automatizado pero no llevamos monedas y en los bares no acceden a cambiarnos por lo que una vez más nos vemos obligados a subir una pesada cuesta bajo un duro sol que nos maltrata aunque, por suerte, esta vez no hay escalones. 
La serpenteante carretera por la que subimos nos hace pasar por delante del Teatro Romano y del Odeón, que vemos pero sin entrar y nos limitamos a girar a la derecha hacia La Basílica de Notre Dame. Una vez arriba entramos al templo que comprende una amplia cripta y una iglesia superior de un interior rico y lujoso, quizás muy recargado para mi gusto. Lleva adosada una torre que tiene 287 escalones desde la cual se vería una soberbia vista de la ciudad pero que por suerte está cerrada, por lo que la contemplaremos desde su plaza, que no está mal.  
La bajada es muy cómoda y, sin cruzar el primero de los ríos buscamos donde almorzar. Tras mucho tantear, pues todo estaba abarrotado o no merecía nuestra confianza, recalamos en Les Pampres Rouges. Fue salir de Guatemala para caer en Guatepeor pues resultó malo, caro y de pésimo trato. Menos mal que será el último almuerzo en Francia.

Pero pelillos a la mar y seguimos nuestro paseo que nos hace cruzar el Saona por el puente de La Feuillée para salir a la Plaza des Terreaux que con sus 69 fuentes iluminan la noche gracias a sus luces de fibra óptica. Participa en el espectáculo la monumental fuente de Bartholdi, destinada en principio para Burdeos donde no llegó por falta de fondos. Ya vamos encaminándonos hacia donde dormita el León y lo hacemos por la avenida San Antonio que discurre paralela al Saona y cruzando hacia el Ródano recuperamos el fotingo cuando son las 16 para irnos. El último hotel a localizar es el de Nimes y el GPS rechaza los datos que le damos por lo que nos limitamos a ir hacia Nimes por la A7 y A9 y tras 250 km de carretera, a las 19,30 estamos cerca de esa ciudad.

Durante el trayecto paramos en un área de servicio -aire, se les llaman aquí- para beber y desbeber. Ésta no tiene bar-restaurante o gasolinera pero si baños y mesas y prados agradables para acampar o descansar. Buscando en el mapa vemos que nuestro hotel debe encontrarse en una población cercana llamada Caissargues y hacia ella nos vamos, pero ni el GPS da con la calle Rue l´Hotellerie que al parecer es una calle de una urbanización particular pero que se esconde a nosotros también.

A la entrada del pueblo vemos gran letrero que advierte del peligro que supone el que durante la reciente fiesta se suelta un toro por las calles que ahora están desiertas y no hay a quien preguntar. Nos vamos al Ayuntamiento que está cerrado a cal y canto y ni policías se ven. Pedimos al “aparato” que nos lleve a cualquier hotel del pueblo  y siguiendo sus indicaciones damos, por casualidad, con el que buscamos.
Efectivamente estamos enfrente del Fasthotel, que se halla en una zona ajardinada y urbanizada con bungaloes a las afueras del pueblo, en el cruce de la carretera por la que habíamos entrado. El precio que habremos de pagar es de 38€ por noche, más 10 por desayunar los dos. La habitación resulta pequeña y las camas de un solo cuerpo estrechas pero por una sola noche no vamos a ser muy exigentes. Nos instalamos y tras pedir información al casero, salimos de estampida a conocer la ciudad que hoy nos acoge pues aun quedan casi dos horas de luz solar.

Nimes, ciudad del sur de Francia, de 45.000 hab. está situada a los pies de las elevaciones calcáreas de las Garrigues. Es la antigua Nemausus romana, por estar erigida cerca de una fuente sagrada así denominada. Se le conoce también por La Roma Francesa y se ubica en una llanura de la región de Cévennes,  en la antigua calzada que unía antaño Italia con España.  Conserva numerosos vestigios de la época romana entre los que destacan la Maisón Carrée, un templo de forma cuadrangular y Las Arénes, uno de los anfiteatros romanos mejor conservados. Data del siglo I d. C y en él se celebran aún espectáculos como corridas de toros. Tiene forma de elipse perfecta con dos órdenes dóricos de 60 arcos cada uno rematado por una balaustrada. Mide 1.33 m  por 1.01 y 21 de altura y tiene capacidad para 24.000 espectadores. Una maravilla de plaza y a ésta le viene ni que pintado lo de coso taurino monumental

En la cima del cercano monte Cavalier se halla la Tour Magne, una torre octogonal de 34 m. de alto y 140 escalones de la época de Augusto y a 23 km en la N86 se halla el Pont du Gard, admirable puente sobre el río Gardon, por el que discurre un airoso acueducto del año 19 a.C.  
El paseo por la ciudad de Nimes resulta agradable y cenamos, también  frugalmente en una cafetería del Boulevard Víctor Hugo para luego rematar “la faena” dando una vuelta a la plaza de toros -por fuera, por supuesto- que se presenta espléndidamente iluminada, idealizando sus detalles. Se puede decir que el edificio lleva con dignidad sus años.   

A las 10.15  volvemos al tranquilo hotel y dormimos a “pierna suelta”.

Valeriano Pérez

{backbutton}

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.