Viaje a Francia y Bélgica. 4/8

Valeriano Pérez
Día nº 5: El desayuno sería a las siete y, poco después, con las pequeñas mochilas a las espaldas, cogíamos el tren que nos llevaría a Magenta, vía Torre Eiffel. Algo sucede con nuestro transporte y después de una larga espera, nos desvían a la estación ferroviaria de París East. 
La gente se lo toma con filosofía y se limita a recoger un “bulletin de retard” que les justificará en su trabajo y a nosotros nos informa una atenta azafata sobre cómo llegar, haciendo trasbordo, hasta la parada de la Torre Eiffel, nuestro primer punto de destino para iniciar el maratón. Coincidimos con un matrimonio con dos graciosos críos y al darles un caramelo, tras recibir el permiso paterno, me dicen “mercí mesié”. A mí me asombra oírles y me desanimo al comprobar que su idioma no debe de ser tan difícil cuando unos chicos tan pequeños lo hablan tan bien por lo que he de deducir que soy un ceporro negado para los idiomas.

Y bajamos en la parada de la Torre Eiffel y nos acercamos a ella no muy seguros de poder subirla, pues ayer habíamos visto unas colas muy grandes y largas y siempre he detestado las esperas. En principio había sugerido a Enrique que subiera él andando hasta la segunda planta y yo le esperaría abajo, paseando y llenándome de este  atractivo París. En efecto, en el primer “pilar de acceso” comenzaban las temidas colas, pero increíblemente, en la segunda apenas había gente y en cuestión de 10 minutos estábamos subiendo hasta la 2ª planta. Acceder a la tercera  no fue difícil pues, comprar el ticket y subir fue dicho y hecho y así, al poco tiempo estábamos en lo alto, disfrutando de una bella panorámica.

Esta Torre Eiffel es el monumento más representativo de Paris y de toda Francia. Es una estructura metálica que permanece como un hito de la construcción monumental en hierro forjado. La proyectó el ingeniero civil francés Alexandre Gustave Eiffel para la Exposición Universal de París de 1889. La singular torre, sin tener en cuenta su moderna antena de telecomunicaciones mide unos 300 metros de altura. La base consiste en cuatro enormes arcos que descansan sobre cuatro pilares (uno está hoy cerrado) situados en los vértices de un rectángulo. A medida que la torre se eleva, los pilares giran hacia el interior hasta unirse en un solo elemento articulado. Tiene escaleras y 4 ascensores laterales, más uno central. En su recorrido se alzan tres plataformas a distinto nivel, cada una con un mirador, la primera con un restaurante.
París organizó, con ocasión del primer centenario de la Revolución, la más grande exposición universal celebrada hasta entonces, e hizo esta torre que soportó una campaña difamatoria de los vecinos, que temían verla caer sobre sus casas y cabezas, y se le tildó de inútil y monstruosa. Se hizo en 25 meses y debería ser destruida tras 20 años, como todo lo que se hizo para la Exposición, pero se ganó el favor de ser conservada.
La tercera planta tiene dos alturas, acristalada la inferior con un panel fotográfico en su perímetro gracias al cual se puede ir descubriendo y señalando en la distancia los puntos más importantes de la ciudad.

El superior está abierto y se ven esos puntos sin ningún obstáculo en una soberbia imagen panorámica que, caminando unos pocos metros, cubre los 360 grados y justifica por si sola la molestia de la espera.  
Un letrero advierte sabiamente al visitante poco responsable: La Torre Eiffel es un monumento único: Respétalo. Graffitis, no por favor. El descenso en el ascensor lo hacemos sólo hasta la primera planta donde, tras fisgonear en todos los aparatos que se ofrecen al público, seguimos bajando a pie, para ver, sentir y tocar de cerca ese armazón.

Salimos al exterior y cruzamos por el Pont D`Iena y nos topamos de frente con el Palacio de Chaillot desde cuya explanada se contempla una magnífica vista sobre el Sena y la Torre. En las escalinatas que  llegan hasta allí se sitúan decenas de vendedores ambulantes de color con sus pequeñas torres que intentan llamar nuestra atención e interés. Según las estadísticas, la población negra en Francia es de solo un 3%, (sin contar con los indocumentados) pero, o bien porque desarrollan su actividad en la calle o porque su color los hace mas visibles, la realidad percibida es que uno de cada cuatro es negro y eso resulta inquietante. Por ser una actividad ilegal o por indocumentados, la policía los vigila y  controla, lo cual parece prudente. Pero fuimos testigos de cómo uno de esos policías en su bicicleta los persigue y dispersa como haría un lobo acosando una manada de ovejas. No parece tener interés en coger a ninguno y por ello me resulta hiriente y vejatorio el que vaya riéndose.
Salimos a la Plaza del Trocadero y por la avenida Kléber llegamos a la plaza de l´Étoile escenario de todos los desfiles militares. Este es  uno de los nudos callejeros más vertiginosos de París y aquí arrancan dos grandes avenidas: las de la Gran Armada y la de los Campos Elíseos. En 1806, después de la campaña de Austerlitz, Napoleón ordenó la construcción aquí de un Arco de Triunfo. Ocupa el centro de la plaza con un radio de 120 m. como el arco de Septimio Severo cuadriforme de Roma. En el ciclo de sus bajorrelieves se sigue un orden cronológico. En ellos se destacan, como es de suponer, solo las victorias -las derrotas que las ponga otro en otro lugar- y vemos muchos nombres españoles. En 1920 el arco fue dedicado al soldado desconocido y los restos de un militar caído en la guerra de 1914-1918 se encuentran bajo una gran lápida de piedra. Al pie de esa lápida hay una lámpara que arde noche y día, y también vemos una corona de flores con la bandera de Francia. Una placa dice “Icí repose un soldat francais mort pour la Patrie 1914-1918” otro en varios idiomas dice: Desde 1921 éste ha sido un lugar de recuerdo y meditación: Gracias por respetar la solemnidad de este sitio”.
En su interior hay un museo que recoge la historia del monumento  y desde la terraza se puede admirar una hermosa panorámica de Paris, pero a nosotros no nos apetece entrar en el museo ni subir a la terraza.

Dejamos pues el lugar paseando por los famosos Campos Elíseos y nos vamos acercando a la rue Rivoli para entrar, como ayer, en el bar de los italianos “El Súbito”, donde almorzamos pues son ya las 2 de la tarde. Luego buscamos la oficina de Información y Turismo, en donde tienen poca cosa en español, y siguiendo el paseo pasamos por delante de un singular edificio: El Palacio Garnier, construido en 1861 para albergar la Opera de Paris, uno de los símbolos del Segundo Imperio, y entramos para admirar la fastuosidad de su sala con su imponentes lámparas. Nuestros pasos nos encaminan luego hasta la Iglesia de Sainte Marie Madeleine, construida al parecer, para terminar la Rue Royale de manera monumental y servir de contrapeso al Palais Bourbon del otro lado del Sena. Mide 108x43x30 m. de alto y se inspira en los templos griegos con 52 columnas corintias de impresionantes dimensiones.

Ahora nos trasladaremos hasta Montmartre y para ello viajaremos en el metro pues la distancia es excesiva, incluso para unos senderistas.Entre las villas anejas a París en 1860, Montmartre es la que conserva una autonomía mayor y una fisonomía característica. Considerado uno de los barrios mas fascinantes de la capital, conserva su identidad pese a la invasión masiva de turistas. Es sobre todo la imagen de la bohemia y la de esos grandes artistas universales que trabajaron y vivieron aquí. Nos bajamos en Anvers y tras visitar un mercadillo de la zona nos vamos hacia la Basílica del Sagrado Corazón que está sobre una colina, a la que se llega tras larga travesía posterior por un empinado jardín.
En esta cima del Montmartre (Monte de los Mártires) fue decapitado  San Denis, primer obispo de Paris (s.III) y aquí se encuentra la iglesia de San Pedro fundada por las abadesas benedictinas en 1133 y también aquí fundó el 15-08-1534, San Ignacio de Loyola la Compañía de Jesús. Y aquí se halla también la Basílica del Sacré-Coeur (Sagrado Corazón) un santuario de la Adoración Eucarística construido entre 1875 y 1914  y que me recuerda extraordinariamente al gran templo expiatorio que está en la cima del Tibidabo, también consagrado al Corazón de Jesús. Esta edificación tardó más de 40 años en terminarse y a pesar de ello tiene una larga lista de insultos sobre la fealdad del monumento. Al igual que el Tibidabo, siempre está concurrido, pues es uno de los tres lugares desde los que se domina un amplio panorama urbano de París. Parece una imagen surrealista por la blancura de su piedra que tiene la virtud de no retener el polvo. En este encargo fueron muy concretos: ni catedral, ni iglesia, ni parroquia, sino lugar de peregrinación, y así nació éste híbrido inclasificable que al tiempo es una visita inexcusable.
En la semi-cúpula del techo del templo aparece la Santísima Trinidad, destacando un Cristo imponente que abre sus brazos con expresión de paz y perdón. Tiene además múltiples capillas y una iglesia subterránea. Abandonamos el templo y recorremos las callejas adyacentes que están abarrotadas de pintores y afines que ofrecen sus obras, cuando no sus trabajos puntuales de carboncillos, pinceles o tijeras a un turismo poco exigente que intenta ver el mundo bohemio del que hablar a su regreso.
A las 18,30 dejamos el lugar y descendemos por las amplias escalinatas ocupadas por un heterogéneo público que parece no tener prisa para nada y aplaude o sonríe a una estrafalaria señora que no cesa de hacer payasadas, ora bailando, ora cantando, ora gesticulando a su auditorio. Ya regresamos al hotel pero aún nos apetece hacer un postrer paseo por la villa de Rosny sous Bois y venimos a recalar a la Gelatería Verdi.
Hablando y cenando en la terraza interior no reparamos que el bar había cerrado y esperaban por nosotros, por lo que pedimos disculpas y pagamos. En el regreso localizamos una gasolinera para reponer a la salida y vemos que la mayoría -las que tienen mejor precio- son automáticas y funcionan las 24 horas sólo con tarjetas, sin empleados.  Satisfechos regresamos al hotel dando por acabada la estancia en París.
“París bien vale una misa”. Esta frase quiere significar que cualquier sacrificio que se haga  para venir a París vale la pena. Se le atribuye a Enrique de Navarra, descendiente de Luís IX y dirigente declarado de los hugonotes, que subió al trono francés con el nombre de Enrique IV. Pero como, de hecho,  su derecho al trono sólo era reconocido por los hugonotes, tuvo que defender sus pretensiones al trono ante la Liga Santa y ante sus aliados españoles que habían conquistado París. Enrique VI entendió que, aunque él y sus seguidores eran protestantes por convicción, la mayor parte de los franceses seguían siendo fieles católicos, por lo que en 1593 se convirtió públicamente al catolicismo. Así, al año siguiente fue coronado en la catedral de Chartres y poco después le dieron la bienvenida en París, donde se dice que pronunció esa frase. Con él se instauró la monarquía de los Borbones en Francia.

 

 

Valeriano Pérez

 

 

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