Viaje a Francia y Bélgica. 3/8

Valeriano Pérez

Día nº 4: A las siete ya estamos en pie y tras desayunar salimos a lomos del “León” a conocer Versalles, debiendo soportar el intenso tráfico de la periferia de la ciudad hasta que cogemos la dirección correcta y con el asombro de que no dejan de circular por la zona motos de tres ruedas.

Y a las 9.10 llegamos a Versalles, una ciudad del Norte de Francia con 100.000 habitantes, capital del departamento de Yvelines, situada a unos 10 km al suroeste de París y esencialmente un gran centro militar y residencial. Debe su fama al Palacio Real que mandaron construir los reyes de Francia durante los siglos XVII y XVIII, pues no era más que un modesto pueblo de campesinos alrededor del viejo castillo de Albert de Gondi cuando Luis XIII construyó aquí un pequeño palacete de caza. Luis XIV lo amplió en un grandioso palacio señorial que se convirtió en residencia de los reyes hasta la revolución. Este rey fue conocido como el Rey Sol y subió al trono en 1643 con tan sólo cinco años. Llevó la corona hasta 1715 y durante su reinado estuvo a punto de dilapidar el tesoro nacional a causa de las interminables batallas y la construcción de numerosos monumentos. Su herencia más destacable es este Versalles.

Hay numerosas y bellas alamedas cuyos árboles aparecen recortados en caprichosos bloques a manera de gigantescos setos y tiene además un gran canal-lago de 1600 m. de largo por el cual resulta grato pasear. Acondicionados de 1661 a 1700 por Le Notre, quien allanó, drenó y trazó perspectivas, bosquecillos, canales y parterres, Versalles es el modelo de jardín típico “a la francesa”. Está adornado con más de 400 estatuas de mármol, bronce y plomo, así como con estanques animados por surtidores de agua. Más allá de los bellos jardines que ocupan 90 hectáreas, se extiende el parque que es propicio a los paseos pedestres.

Entramos con el coche hasta el parking situado cerca del Petit Trianón -palacio que, con su jardín, está unido al recuerdo de Maria Antonieta-  e iniciamos ya el “versallesco” paseo que va a durar casi cuatro horas. Aún no están funcionando las fuentes por lo que damos un paseo por el interior del parque para luego entrar en los jardines y así admirar la belleza de sus fuentes, sobre todo la del grupo escultórico de Neptuno. El recinto tiene hermosas sendas y gratos senderos sombreados por los que apetece perderse. De súbito y sin previo aviso suena una selecta  música clásica que emiten unos invisibles altavoces estratégicamente colocados detrás de los imponentes setos. Es una grata sinfonía cuyos acordes nos deleitan, invitándonos a, sin detener el paseo, escuchar con atención la melodía de esa soberbia orquesta “camuflada” en el jardín.

A las 11 comienza a brotar el agua de las fuentes (tienen un sistema de conducción de aguas de casi 160 km de longitud) por lo que ya vamos prestando especial atención a su  funcionamiento que se efectúa de ex profeso de forma escalonada, posiblemente para dar tiempo a que sea seguido por el mayor número de visitantes en un itinerario prefijado. En fin, fue una grata experiencia que no desmereció en absoluto la justa fama que se le atribuye a este emblemático lugar cuidadosamente atendido por todo un ejército de jardineros y personal de limpieza. Señalar que no entramos en el Palacio Real pues la belleza que más apreciamos es la que presenta la naturaleza en su estado puro, aunque admitimos la mano humana que intenta y, a veces, consigue mejorarla.

También nos atraen las fachadas de esas suntuosas edificaciones urbanas que embellecen las ciudades -incluidas las catedrales-, pero no entramos en ningún museo ni palacio.

A las 13 horas nos vamos, pues queremos aprovechar la tarde para ver todo lo que podamos de París. Así que a las 14.30 dejamos el coche en el parking de la exclusiva y selecta Plaza Vendome -donde los jeques árabes están comprando sus mansiones-, situada a escasos metros de los afamados Campos Elíseos. (¡3 € cada hora  nos costará ese capricho!)

Esta plaza es, desde hace más de un siglo, la plaza de los joyeros y, su tienda más famosa, es Jar`s. Aquí se encuentra el Hotel Ritz, uno de los más selectos de la ciudad, inaugurado en 1898. Hasta la revolución se erigía en el centro la estatua de Luís XIV vestido de emperador romano. En su lugar Napoleón, usando los cañones obtenidos en Austerlitz hizo poner en 1806 una desproporcionada columna de bronce, siguiendo el modelo de la Columna Trajana. En el  nº 13 se halla el Ministerio de Justicia, en cuya fachada se encuentra un metro de mármol que servía para hacer conocer a los parisinos la nueva medida, en uso desde 1795.

Nos damos prisa en buscar donde almorzar, y nos decidimos por un restaurante tunecino que hace esquina con la también céntrica rue de  Rivoli, muy cerca del Sena. Un alto porcentaje del mundillo de la restauración de esta parte de Europa está en manos de asiáticos o africanos. El camarero habla nuestro idioma y nos asesora sobre lo que pedir y tras el almuerzo iniciamos nuestro paseo por el frívolo París, entrando a el Jardín de Las Tullerías, que tenemos a tiro de piedra.

Los jardines de las Tullerías (Tuileries) están escondidos entre vistosos castaños que presentan pequeños jardines dignos de los mejores cuadros impresionistas y están situados en la orilla derecha del Sena. Proyectado en 1664 por Le Notre cubre 28 ha. y puede considerarse un museo al aire libre por la cantidad y calidad de las estatuas que lo decoran. Su entrada principal es por la cercana plaza de La Concordia. En esa plaza estuvo el antiguo cadalso de la guillotina revolucionaria y  en su centro se levanta el inmenso obelisco egipcio de Luxor de 23 m. de altura y 230 toneladas de peso que aparece decorado con jeroglíficos  que glorifican al faraón egipcio Ramsés II que reinó en el siglo XII a.C. El obelisco se encuentra flanqueado por dos fuentes de varias tazas decoradas con estatuas que imitan las de la plaza de San Pedro del Vaticano. En los ángulos de la verja que rodea la plaza se hallan ocho pedestales sobre los que descansan ocho colosales estatuas alegóricas que quieren representar a las 8 ciudades más importantes de Francia.

Vamos en dirección al Sena y debemos pasar por la entrada del museo del Louvre, una pirámide modernista de cristal en el centro del patio de Napoleón. El Louvre es el edificio más grande de París y uno de los museos más importante del mundo. Construido bajo el reinado de muchos regentes ha sido símbolo del poder y los sueños de todos ellos. Francisco I al regresar de Italia en 1528, mandó construir este palacio  para rivalizar con el Vaticano. Desde entonces el Louvre no ha dejado de crecer y modificarse. El gran Louvre actual, de Mitterrand, no es nada más que la realización de un proyecto que venia durando siglos.

Nuestro paseo concluye en la orilla del Sena que cruzamos en el puente Neuf (Pont Neuf) el más antiguo de París, pues data de 1578, y ya buscamos el embarcadero más próximo del “Batobus”, un servicio que presta el municipio pues ese paseo fluvial es obligado para todo “guiri”. Lo cubren una serie de modernas barcazas adaptadas para el turismo en la que un “azafato” va desgranando en varios idiomas, también en castellano, las peculiaridades de los lugares por los que navegamos. A las 16.00 embarcamos en la parada de St. Germain-Des-Prés y vamos  hacia la “Ile de la Cite” donde está la catedral de Notre Dame y durante el  viaje de hora y media haremos breves paradas en ocho embarcaderos.

Nos apetece bajarnos en la Torre Eiffel parar verla de cerca e informarnos para subir mañana a ella. Luego seguimos caminando en un grato paseo por la orilla izquierda del Sena para contemplar los magníficos puentes que unen sus márgenes: d´Iena, l´Alma, pasarela Debilly, puente de los Inválidos, de Alexandre III, de la Concordia, pasarela Solferino, Puente Real, Carrousel, Dessarts  y Neuf de nuevo. Por este último entramos en la Ile y vamos acercándonos a la Catedral de Notre Dame una de las construcciones góticas mas bellas de Francia y uno de los prototipos de la arquitectura religiosa de aquella época. En efecto; por sus proporciones, por el misterioso equilibrio entre las líneas horizontales y verticales y también, como no, por el recuerdo de la célebre novela de Víctor Hugo, llevada con éxito al cine, que narraba la extraña vida del jorobado Quasimodo en el París del siglo XV. En el siglo XIX se colocaron encima de las tres portadas las estatuas destruidas durante la revolución al creerse que representaban al rey de Francia -en realidad representaban a los reyes de Judea e Israel-.

La planta de la catedral es de cinco naves y mide 127,5 x 48 y tiene 33 m. de altura. Destacan las magnificas tallas del coro y las estatuas de Luís XII y Luís XIV arrodillados a los lados del altar mayor que son, junto al grupo de La Piedad, ejemplos de la escultura del siglo XVIII.

Retornamos al paseo que nos hace pasar cerca de la curiosa torre de la iglesia de Saint Germain. Sin dejar de admirar la soberbia arquitectura urbana que nos salía al encuentro, llegamos por fin a la Plaza Vendome. Rescatamos el coche y volvemos al hotel por un extraño e inquietante itinerario, pues atravesamos los suburbios de un desconocido París -le pedimos al GPS que evitase el tráfico y nos llevó por vías y barrios por los que, de ir andando, no nos meteríamos ni estando borrachos-.

 

 

Valeriano Pérez

 

 

 

 

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