Viaje a Colombia. Parte 8: despedida desde el Eje Cafetero

Valle del Cocora, ColombiaJosune Fernández

Este viaje -el último antes de regresar a España- lo realizamos al Eje Cafetero. ¿Cómo no iba a hacer un viaje al corazón del café, donde se produce y se procesa el mejor del mundo? Lo sorprendente es que no solo es café, son unos paisajes y gente maravillosos.

Volamos a Pereira, esta ciudad a pesar de que no tiene nada interesante es el punto de partida y salida para visitar los valles del café. Es una de las tres ciudades que conforman el eje cafetero junto con Manizales y Armenia. Después de aterrizar aquí no dirigimos a Manizales. Nuestro único objetivo de ir a Manizales era ir al Parque Nacional de Los Nevados desde allí. Así que al día siguiente contratamos un tour para realizar este recorrido. Aunque este parque comprende cuatro picos principales, nosotros decidimos subir al Nevado del Ruiz, de 5.300 metros de altura. Este nevado en realizad es un volcán que está en activo y, aunque creáis que no lo conocéis, seguro que habéis oído hablar de él, sobre todo por su última erupción. En 1985, provocó la muerte de miles de personas, desparecieron varias localidades. Entre ellas estaba la localidad de Armero, la más conocida para los medios de comunicación por la repercusión que tuvo la muerte de una niña que estuvo dos días atrapada y a la que solo se le podía ver la cabeza. no pudieron hacer nada para sacarla. Me imagino que ya os habrá venido la imagen en la cabeza, muchos medios la llamaban “La niña de Armero”.

El camino hacía la cumbre del nevado se realiza en una buseta que va por la carretera más alta de Colombia y, aunque estamos dentro del autobús, hay que ir aclimatándose a la altitud. El ascenso se realiza con todas las ventanillas abiertas y se va parando en diferentes puntos para poder ir acostumbrándote a la altura. Entre estas paradas está la Laguna Negra donde tomamos una taza de té de coca, lo mejor para impedir el sofoco y el mal de alturas o ‘soroche’, como dicen en Colombia. Desde allí divisamos el último paisaje con abundante vegetación.Laguna del Nevado de Ruiz

Tras esta parada aparecía el páramo, caracterizado sobre todo por los ‘frailejones’, plantas que tienen un tronco ancho y hojas peludas. Al pasar el páramo ya solo había tierra desierta. Estuvimos en el valle de las tumbas, un paisaje muy similar al de la luna, con arenas y rocas volcánicas, sin nada de vegetación. Se llama así porque los indígenas venían aquí a gritar para deshacerse de los malos pensamientos. Gritaban precisamente aquí por el eco que hay en este lugar y que nosotros pudimos comprobar.

Subimos hasta el cráter de la Olleta, a 4.600 metros de altura, pero no pudimos llegar hasta el final por la cantidad de nieve que había. Estuvimos andando unos cinco minutos y sí que se nota que te falta la respiración y no puedes correr. Allí intentamos hacer un ‘cholao’, un postre que se compone de granizado de fresa u otro sabor, frutas y leche condensada. Bueno, no teníamos ningún sabor para darle a la nieve, pero teníamos ese granizado natural y leche condensada, así que decidimos comer nieve con leche condensada.

Después de este viaje al Nevado del Ruiz, empezamos a descender y la verdad que por el cambio de altura se nota el agotamiento. Así que para compensar fuimos a unas termas en un paisaje impresionante y allí terminamos el día. En este viaje tengo que nombrar a Don Luis, nuestro guía, un señor jubilado al que le apasiona la alta montaña y que para matar el tiempo colabora con Ecosistemas haciendo de guía. Es la única persona que fumaba a una altura de 4.600 metros y nos confesó que había dormido en el propio cráter de Olleta, a unos 25 metros de profundidad.

De Manizales, ese mismo día, fuimos a Salento. Nos llevó una pareja de ‘paisas’ -de Medellín- y otra vez hay que señalar la amabilidad de los colombianos, sobre todo de los paisas, que dicen que es la gente más amable de Colombia.

Salento, es un pueblo de unos pocos habitantes que se encuentra en el departamento de Quíndio, corazón principal de las fincas de café. Este pueblo es la entrada para entrar en el Valle del Cocora, y es uno de los pueblos más bonitos y también más visitados de Colombia, con un mirador desde donde se divisa parte del valle. En este pueblo además del turismo, la gente también vive del café -lógicamente- y de la piscicultura de truchas.

Al día siguiente fuimos a la plaza central del pueblo para poder coger un ‘Willy’ -como un Suzuki, pequeñito, abierto- para que nos llevara al Cocora. Aquí se pueden realizar varias rutas, según el tiempo y la capacidad que tengas. Las hay desde dos hasta seis horas. Como nosotros ya nos consideramos unos especialistas en rutas de montaña, decidimos realizar la ruta de seis horas, y creo que mereció la pena. El primer tramo lo realizamos por la base del valle desde donde divisamos, a lo alto, la palmas de cera. Son las más altas del mundo y pueden alcanzar hasta 60 metros de altura. Además, es el árbol nacional de Colombia. Después nos adentramos en un bosque nuboso, donde nos tocó pasar por puentes hechos de cualquier forma, con unas tablas o incluso con troncos. Nos desviamos un kilómetro de nuestra ruta para poder visitar la Reserva Natural de Acaime, repleta de colibríes. Aquí existe alojamiento, para la gente que quiere realizar rutas verdaderamente largas, pero si no, por un euro aproximadamente te reciben con un chocolate con queso, una gaseosa, un tinto -café solo- o aguapanela con queso.

Desde Acaime retrocedimos un kilómetro por el mimo sitio para dirigirnos a la Finca de la Montaña, después de la subida más importante que tuvimos en el recorrido, y desde arriba pudimos divisar todo el valle que habíamos recorrido. Un paisaje espectacular que en las fotos lo podréis ver mejor porque yo no alcanzo a contar lo sorprendente que era. Una vez hecha toda la caminata, volvimos a Salento en otro “Willy”, pero esta vez no teníamos asiento y tuvimos que ir de pie en la parte de atrás.

Descascarillando el grano de caféYa solo nos faltaba visitar una finca cafetera, así que al día siguiente fuimos a la finca de Don Elías, un hombre entrañable que, además de dejarnos coger su café, nos enseñó todo el proceso: secado, descascarillado, tostado, molido… Todo se hacía de forma totalmente orgánica y rudimentaria. No utilizaba productos químicos y solo tenía la maquina del pelado porque el secado lo realizaba directamente con el sol, el tostado en una cazuela de aluminio en horno de leña y el molido con un molino manual.

Cuando terminó de mostrarnos su finca, probamos -cómo no- su café, el café de un hombre que no quiso estudiar y se dedicó al café desde los 12 años porque su padre también lo cultivaba. En definitiva, la mejor persona para mostrarnos todos los secretos del café. Así que en ese paisaje, con esa compañía y lo que acababa de aprender, tomé el mejor café del mundo.

Después de la visita a la finca cafetera, probar el delicioso café de Don Elias y de coger cada uno con nuestro paquete de café, nos fuimos ya de vuelta hasta Salento, en en la parte trasera de una ‘Willy’, y llegamos a Pereira para desde aquí visitar el balneario de Santa Rosa: un paisaje idílico, con una cascada de 25 metros al fondo. A la salida del balneario volvimos a comprobar la amabilidad colombiana: una familia nos llevó en la parte de atrás de su ranchera al pueblo de Santa Rosa para poder volver a Pereira. Parece que nos hemos aficionado a las partes de atrás de rancheras y ‘Willys’…

Al día siguiente ya nos fuimos al aeropuerto por la mañana para volver a Bogotá y nos llevamos la sorpresa de un cúmulo de retrasos que finalmente desembocaron en la cancelación de nuestro vuelo debido a un temporal. Como hasta las dos de la tarde no nos dieron otro vuelo, nos fuimos al zoo de Pereira, que está a lado del aeropuerto. Fue un zoo que nos sorprendió para bien: después de los parques zoológicos que visitamos en alguna isla caribeña, donde los bichos estaban en condiciones un poco lamentables, éste tenía otro aspecto y los animales estaban muy bien cuidados.

Y así terminó mi último viaje por Colombia. Me da mucha pena dejar este país. Creo que es un país poco explotado turísticamente, tal vez por la falsa realidad y miedo que tenemos los europeos de viajar aquí por todas las cosas malas que se han dicho y se siguen diciendo de él. Yo he comprobado que no, que todo esto es mentira, y que si alguna vez sí que ha sido algo peligroso, la mayoría del tiempo no en más que un cliché. La gente es la más agradable y acogedora que he podido conocer en cualquier otra parte del mundo. Se desvive para que estés a gusto y da igual en qué parte de Colombia estés. Tiene unos paisajes hermosísimos de los que pocos países pueden presumir, mar -Caribe y Pacífico-, montaña, desierto…Y algo que sé que voy a echar mucho de menos en España: la fruta. Colombia es el paraíso de la fruta y algunas de ellas son endémicas y no se encuentran en ninguna otra parte del mundo.

Así que dejo este país con mucha pena, pero contenta por la decisión que tomé porque gracias a eso he podido disfrutarlo a fondo: creo que durante todas estas semanas he conocido las zonas más importantes, su gente, su gastronomía… No descarto volver algún día y animo a todos aquellos a los que les guste el viaje de ecoturismo, la naturaleza y un poco de aventura, a que lo visite sin pensarlo dos veces.

 

 

 

Josune Fernández

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