Viaje a Colombia. Parte 7: Desierto de la Tatacoa

Desierto rojoJosune Fernández

Aquí os traigo mi penúltimo viaje por Colombia, ya que mi último fin de semana en el país nos vamos al Eje Cafetero que, por lo que he oído, es otra de las maravillas de Colombia.

Estoy aprovechando mis últimos días aquí porque ya toca regresar a España. Este penúltimo viaje fue al desierto de la Tatacoa.

La verdad es que yo no tenía muchas ganas de ir allí. Había oído que había serpientes y escorpiones, así que pensaba, “para qué vamos a ir a una sitio árido, a pasar calor, a dormir rodeados de mosquitos y encima con la posibilidad de ver a alguno de esos animalitos…”. Pero bueno, conocimos a gente que había estado y que les gustó mucho, así que allá nos fuimos.

Llegamos hasta Neiva, en el departamento de Huila, y estuvimos paseando por allí. Pero no tenía nada interesante para visitar, así que fuimos en buseta al pueblo de Villavieja, la entrada al desierto de la Tatacoa.

Este pueblo es conocido como la capital paleontológica de Colombia. Es muy tranquilo, tiene un importante museo paleontológico, alguna iglesia y el centro de conservas del desierto, donde realizan algunas cosas con los cactus, por ejemplo, las gominolas o el vino de cactus. Para ir al desierto se puede dormir aquí, en Villavieja, y visitar el desierto con guías contratados o, como hicimos nosotros, dormir en el desierto.

Para llegar, cogimos un mototaxi y llegamos a nuestro alojamiento, una cabaña en medio de la nada. A la mañana siguiente cogimos otro mototaxi, en el que el taxista hacía además de guía, y fuimos a visitar la parte gris del desierto, donde existen diferentes formaciones grisáceas, pasadizos estrechos como el pasadizo de las señoritas. También nos enseñó un “Ovnipuerto”. Creo que nos dijo esta palabra, pero no estoy muy segura de que exista. Resulta que hay una asociación de gente que busca OVNIs y se reúne ciertos días del año esperando nuevos avistamientos y han construido con piedras un lugar para que las naves aterricen aquí. En fin, hay gente para todo. Pero a raíz de esto, el guía nos contó que hace pocos meses fueron a acampar a este lugar dos parejas jóvenes de Bogotá y a mitad de la noche una de las chicas, no se sabe lo que vio, que empezó a gritar como una loca y estuvo perdida no se cuántos días por el desierto. Esta historieta terminó con la duda de si la chica había visto algún extraterrestre o si había tomado muchos cactus, pues uno de los tipos es alucinógeno.

Después estuvimos andando durante tres horas, algo realmente agotador por el calor que hacía. Vimos una cría de ave de rapiña y uno de losPiscilodo estrechos tenía arañas gigantes. Pero lo mejor de la caminata fue llegar a la piscina de Los Hoyos, piscinas de aguas naturales. Después del calor que habíamos pasado, el baño fue de agradecer.

Comimos y fuimos a la piscilodo, una piscina también de agua natural pero con la peculiaridad de que a lado había otra de barro, así que después de esta terapia acabamos con la piel muy suave. Y ya por la noche nos acercamos hasta el Observatorio Astronómico, una de las cosas que más me gustó. En la terraza había un telescopio muy potente desde donde vimos nebulosas de estrellas, vimos Júpiter y nos mostraron diferentes constelaciones. Lo mejor fue que, al estar muy próximos al ecuador, pudimos ver constelaciones de los dos hemisferios.

A la mañana siguiente estuvimos descansando en la piscina de las cabañas y luego fuimos a visitar la otra parte del desierto, la parte roja. Esta parte es de color rojo porque el suelo es rico en hierro. Allí las formaciones hechas por la erosión impresionantes. Nuestro viaje por el Desierto de la Tatacoa terminó en el Valle del Cardón, que se llama así por la cantidad de cactus que tiene.

 

 

 

Josune Fernández

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