Viaje a Colombia. Parte 6: La Guajira, el paraíso.

Desierto en Punta Gallinas, ColombiaJosune Fernández

Después de contar todas las experiencias por la costa este de EEUU y de las Islas Galápagos, vuelvo a retomar mi experiencia por Colombia.

Los primeros fines de semana estuvimos por los alrededores de Bogotá -Zipaquirá, las cascadas de Sueva…- disfrutando de la ciudad y algunos eventos como el concurso de hamburguesas de ‘Food and wine’ -evento gastronómico- así como descubriendo algunos bares y zonas nuevas para poder tomarte alguna cerveza, como el Casa Babylon, en el barrio de Chapinero. El primer viaje de fin de semana que hicimos fue a La Guajira, una península en el mar Caribe que hace frontera con Venezuela -de hecho las matriculas de algunos coches y algunas cervezas ya son venezolanas-.

Este viaje comenzó con nuestra llegada a Santa Marta, una ciudad de la que ya os había hablado antes ya que es la base para poder ir al Parque Tayrona, que fue mi primer viaje dentro de Colombia. Desde Santa Marta cogimos un bus que nos llevó hasta Riohacha – a unas tres horas de camino horas-. Esta ciudad es la ciudad de paso para ir a Cabo de La Vela, ya que a partir de Riohacha te tienes que olvidar de cualquier tipo de comodidad, desde transportes, hasta luz eléctrica. Pero para ser una ciudad de paso y donde solo pasamos la noche, la verdad es que tiene algunas cosas que ver, como su larga playa con su paseo marítimo muy animado, sobre todo por la noche, que es cuándo lo visitamos nosotros. Allí ya empezamos a ver a las primeras mujeres wayuusMujeres wayus -indígenas que siempre han poblado la Península de La Guajira y contra los que no pudieron ni los colonizadores españoles ni los piratas ingleses-.

Después de nuestra primera noche, nos levantamos prontito, para poder coger un taxi que nos llevase a Uribia, a una hora de Riohacha. Urubia es la capital indígena de Colombia. De esto me enteré en una conversación posterior al viaje, hablando con un colombiano y amante de la cultura indígena. Cuando nos dejó el taxista, divisamos por la carretera principal del pueblo un montón de rancheras, cargadas de suministro que iban para las aldeas, y ahí nos dimos cuenta de que nuestro transporte hasta Cabo de La Vela era ése, así que nos montamos en la parte de atrás de la ranchera acompañados de dos franceses y dos mujeres wayuus, con las que no pudimos entablar conversación ya que hablaban su dialecto, totalmente diferente al español. La ranchera iba cargada por un sinfín de artilugios y provisiones para las diferentes aldeas. En algunas rancheras había hasta cabras colgando. Una vez que nos acomodamos en nuestro medio de transporte -esto de ‘acomodarse’ es un decir-, empezamos nuestro viaje por un camino polvoriento hacía el Cabo de La Vela, adentrándonos en el paisaje desértico que te invitaba a desconectar del mundo.

Después de tres horas de un viaje un poco movidito y cubiertos por el polvo del camino, llegamos a Cabo de La Vela. Nos encontramos con un pueblo polvoriento que sólo tenía cabañas wayuus hechas de cactus y es allí donde nos dieron alojamiento en un hostal regentado por una familia wayuu: un as cuantas cabañas que solo tenían luz durante algunas horas por la noche gracias a los generadores -a esta parte de Colombia no llega la electricidad-.

En Cabo de La Vela visitamos la Playa del Pilón, una playa de arena color naranja bañada por el agua azul verdoso. Para mí, hasta el momento, fue el paraíso. Y digo hasta el momento porque pensé que no iba a ver nada más espectacular, pero lo vi… Luego visitamos el Pilón de Azúcar que es un peñón que se levanta en esta playa, y desde allí pudimos visitar el paisaje de acantilados también de color anaranjado con el agua azul verdoso. Desde ese alto parecía que estábamos nosotros solos en el mundo. Bueno, nosotros y todas las cabras del lugar.

Después de nuestro baño y de poder disfrutar de la Playa del Pilón -donde además nos embadurnamos, porque pensamos que aquel barro tenía que ser buenísimo- nos dirigimos al faro para poder ver la puesta de sol. El faro es un artilugio moderno, nada espectacular, pero la puesta de sol fue una de las más bonitas que he visto en mi vida. Este lugar tan misterioso y, a mi parecer, de los más bellos de Colombia, es para los indígenas la zona donde van a descansar las almas de los muertos. Y qué mejor sitio que éste para ello, ¿no?. La vuelta sí que fue un poco más complicad, ya que anocheció y teníamos como 40 minutos andando por el desierto hasta nuestro hospedaje y lógicamente sin nada de luz. Suerte que llevábamos una linterna, pero atraía a todo tipo de animalitos: mosquitos, sapos, perros…

Cabo de La Vela es un lugar para pasar un tiempo desconectado del mundo sin hacer nada y con la compañía de lo que algunos llaman “Los temibles wayuus”. Se dice que estos indígenas son muy rudos y nada amables, que viven bajo sus propias leyes -esto sería hace tiempo, ya que en esta aparte de Colombia estuvieron totalmente aislados-. Pero a la que a mí me pareció gente honesta y muy agradable cuya rudeza es tal vez producto de la timidez, porque no todos hablan español.

A la mañana siguiente nos fuimos a Punta Gallina. Para llegar aquí, hay que coger primero una ranchera que te lleva hasta Puerto Bolívar -donde descarga el tren de carbón- y aquí coger un barco durante dos horas y media -mejor dicho, una chalupa tripulada por wayuus- hacia Punta Gallinas. Por carretera también se puede ir pero se tarda alrededor de nueve horas, así que aunque me juré no volver a coger otro barco en mi vida después de la experiencia de Las Galápagos, no tuve otro remedio.

Bueno en un principio el viaje fue genial, por el calmado mar Caribe, hasta que el mar empezó a ponerse brusco y de lo mal que lo pasé tuve que gritar a un wayuu que bajase la velocidad -así que ahí pude comprobar que no son tan rudos como dicen que son, porque me hicieron caso. Tal vez les chillé mucho…-. Por fin llegamos a Punta Gallina y fuimos directos a nuestro alojamiento, donde nos recibió una familia wayuu muy agradable que nosPuesta de Sol en Punta Gallinas preparó para comer dos langostas a cada uno -las mejores que he probado en mi vida- y nos dio unos chinchorros para descansar -un tipo de hamaca, pero más grande y con unos trozos de tela por el costado para poder taparte-. La verdad que dormir en uno de estos chinchorros fue un lujo, ya que están hechos a mano y cuestan un dineral, eso sí, dormimos rodeados de cabras.

Una de las chicas que era la maestra de la escuela, nos dijo que a esta parte de Colombia no llegan los colombianos, ya casi todos se quedan en Cabo de la Vela. Sin embargo, los turistas que más van son españoles y franceses, y sobre todo catalanes y vascos, algo que pudimos comprobar a la vuelta: al regresar al puerto de Bolívar se subieron al barco dos catalanes y un vasco, de Arratia. Los propios wayuus que nos alojaban se encargaron de enseñarnos sus playas y su territorio, eso sí, en una camioneta que se paraba cada dos por tres y a la que teníamos que ir echando un poco de gasolina porque, si no, no arrancaba.

Ahora solo os puedo decir una cosa, si alguna vez vais a Colombia, no dejéis de visitar este lugar, sería un pecado no hacerlo. Para describirlo, os voy a copiar una frase de una guía turística: “Se trata del tipo de lugar místico que aparecen en los libros, como la playa tailandesa en la novela de Alex Garland La Playa, o en el cine como la playa Boca del Cielo en Y tu mamá también, pero que rara vez se ve en la vida real y que, aunque no es precisamente como bajar a la tienda de a lado para poder llegar, los que hacen este esfuerzo lo ven recompensado con uno de los más deslumbrantes paisajes del continente, un santuario de soledad semejante al nirvana de los viajes”. Lo copio literalmente porque no encuentro otras palabras mejores para describir esta parte del mundo y, aún así, creo que se queda corto

Ésta es la punta más septentrional de Sudamérica , es un paisaje tan arenoso que parece que estás en el Sáhara. Para llegar a la playa Taroa, tienes que detenerte en su duna y bajar rodando hasta llegar al azul turquesa del agua; es alucinante. Vimos otras playa solitarias, cielo estrellado y paz absoluta con el fantástico atardecer desde el faro de Punta Gallina.

Después de una experiencia así, solo puedo decir que realmente he conocido el paraíso.

 

 


Josune Fernández

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