Viaje a Colombia. Parte 3: con barro hasta las cejas

Villa LeyvaJosune Fernández

Estas semanas hemos estado descubriendo más la ciudad de Bogotá -tanto de día como de noche- y en estos paseos he encontrado un lugar muy bonito, el mercado de Usaquén.

El mercado se celebra solo los domingos y, además de vender miles de cosas artesanales, está ubicado en una zona de Bogotá que parece más un pueblito. La verdad es que es muy chulo.
Otro fin de semana lo tomamos de tranqui y fuimos a ver una obra de teatro de Pedro Almodóvar, Pathidifussa. Se trata de un monólogo en el que mientras el público está sentado en mesitas redondas, comiendo y bebiendo. Interesante.

Visitamos otra zona que se llama La Macarena y, aunque nos dijeron que era un poco peligrosa de noche y que había que tener cuidado, la verdad es que estuvimos cenando por allí en un ambiente estupendo y nada peligroso.

También estuvimos en unas termales volcánicas que están a una hora y media de Bogotá en buseta. Acabamos muy relajados, oliendo un poco a huevo podrido -¡pero solo un poco!- por los sulfatos de los vapores volcánicos. Al final de la tarde Mentxaka -por hacerse el chulito- tuvo un percance con un papagayo y se llevó un buen susto.

El fin de semana pasado, como era puente en Colombia, nos fuimos a Villa de Leyva, un pueblo que está a tres horas de Bogotá. Dicen que es de los pueblos coloniales más bonitos de Colombia. Yo no he visto todas lo pueblos coloniales del país pero, desde luego, éste es difícil de superar. Está en un valle rodeado de naturaleza y, además de ser precioso, es un pueblo muy tranquilo pero con mucho ambiente. Está todo el mundo en la calles bebiendo sus cervecitas al atardecer, la señoras charloteando y la gente joven haciendo botellón. Todo en un ambiente muy tranquilo. Los que algún día vengáis a Colombia no os lo tenéis que perder. Además es muy curioso que mucha gente -la mayoría- viste con poncho de lana y gorro de copa, típicos colombianos.
Como es un pueblo pequeño y se ve en un día, elegimos entre muchas de las excursiones que parten desde allí y optamos por ir a unas lagunas llamadas “Aguas claras”, que salvo por su color azul verdoso -efecto del cobre que tiene la tierra- no son muy interesantes.

Para llegar hasta allí, nosotros que somo muy guays, decidimos ir andando ya que nos habían dicho que estaba cerquita. El problema es que nos llovió infinito y gracias a Dios se nos apreció la virgen y un matrimonio de mediana edad nos paró y nos llevó con ellos. Nos hicimos tan coleguis que al final nos fuimos con ellos todo el día de ruta.
De las lagunas nos fuimos al museo del fósil, en el que hay un esqueleto enorme de un animal marino que un campesino encontró en plena montaña allá por la década de los 70. Y de allí nos fuimos a Raquira, un pueblito precioso. Raquina es la cuna de la cerámica en Bogotá y está repleto de casitas de colores muy bien cuidadas y tiendas para comprar cerámica.

Al día siguiente nos fuimos al infierno… -es broma-. Fuimos al lago de Iguaque, un lugar sagrado para los muiscas, los índigenas de la zona. Para llegar a este lago, tienes que caminar tres horas, todo el rato en subida y por rocas, ya que está a 3.800 metros de altura. IguaquePues ahí fuimos los súper montañeros, caminando con barro durante todo el camino y cuando llegamos pensé “muy bonito todo, pero ahora habrá que bajar”. Y como era de esperar, la menda lerenda se cayó unas cuantas veces por culpa del barro, además de que su acompañante se fastidió la rodilla y tuvo que hacer la bajada cojeando y como pudo. A esto le tenemos que añadir que no llegamos a coger la buseta que nos tenía que llevar de vuelta a Villa de Leyva y les tuvimos que pedir a una pareja de colombianos que nos llevara a nuestro dulce hogar. Menos mal, porque si no, nos morimos los dos.

La estampa fue bastante penosa: llegamos al pueblo y todo el mundo estaba vestido de domingo, mientras que nosotros íbamos llenos de barro y encima Men cojeando. Así que este lugar no lo recomiendo, a no ser que seáis unos experimentados de la alta montaña. Por suerte, no está mal darse cuenta de que no fuimos los únicos que osaron subir: una pareja de americanos llegó cojeando y tuvo que hacer autostop porque perdió la buseta, como nosotros.

Ya recuperados de la aventura, al día siguiente nos fuimos a ver las cascadas de la Periquera. Su nombre se debe a la cantidad de periquitos que había en la zona hasta que los campesinos los mataron porque se comían los cultivos. Este sitio también es muy bonito. Son siete cascadas seguidas en un recorrido de dos horas. Esta vez no lo hicimos entero, no queríamos morir en el intento… Por esta zona la gente hace rappel y otros deportes, pero nosotros nos limitamos a mirar.

Este fin de semana nos vamos a Montería, que nos han dicho que es la zona más virgen del Caribe y hace frontera con Panamá. Como veis, Colombia es, sobre todo, naturaleza. La verdad es que todo es selva y en cualquier sitio que vayas hay un parque natural nacional para visitar, así que ya me estoy acostumbrando a la naturaleza, bichos y demás seres vivos.

Que os vaya todo bien y ¡hasta la próxima!

 

 

Josune Fernández

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