Viaje a Colombia. Parte 1: A vivir que son dos días

Playa TagangaA veces lo más importante es hacer caso al instinto, a pesar de que eso implique poner en marcha un plan de cambio radical que nos lleve a la otra punta del mundo. A veces, es solo la emoción de tener una certeza -la de que a partir de ese momento puede pasar de todo- y la libertad de haber escogido un rumbo.

Éstas y otras mil cosas se le debieron de pasar a Josune por la cabeza cuando decidió dejar la vida que llevaba en España y aventurarse en este viaje a Colombia, un país desconocido en el que ha ido descubriendo que tanto lo que nos hace diferentes como lo que nos asemeja, al final acaba creando lazos entre las personas y su entorno. Y así nos lo va relatando.

 

Josune Fernández

¡Hola a todos! ¿Qué tal os va? ¿Qué tal esos ánimos?

Yo por aquí muy bien. Sólo llevo una semana y ya he hecho un montón de cosas.

El fin de semana estuve en el Caribe, en una ciudad que se llama Santa Marta. Lla ciudad no tenía nada, salvo que es la primera ciudad de Colombia a la que llegaron los españoles y por eso tiene la catedral más antigua del país.

Luego fuimos a Taganga, un pueblo que está a lado de Santa Marta. Taganga está repleto de extranjeros porque es la cuna del submarinismo, así que disfrutamos de la playa, pero ‘huyendo’ a calitas pequeñas que estaban casi vacías. De aquí nos fuimos al Parque Nacional Tayrona. Se llama así porque los indígenas que vivían aquí antes de ser conquistados por los españoles se llamaban ‘tayrones’. Para llegar al centro de este parque, hasta el lugar donde acampas, tienes que ir andando o en caballo. Nosotros optamos por hacer la ida andando, atravesando la selva tropical con todo lo que ello conlleva: bichos enormes, arañas gigantes, monos, cigarras que parecían pájaros de lo grandes que eran, unos animales que eran una mezcla de perros y ratas… -lo más sorprendente es que aquí se los comen-. ¡Ah, se me olvidaba! Tayrona significa ‘Tierra de serpientes’, así que imaginaos el tema. Yo intentaba no mirar para los lados para no ver ninguno de estos ‘lindos animalitos’, aunque desgraciadamente los vi y casi me entra un ataque de pánico.

Cuando llegamos al campamento base, me di cuenta de que la aventura por la selva había merecido la pena: nos encontramos con unas playas vírgenes impresionantes y en algunas de ellas llegamos a estar totalmente solos.

El problema llegó cuándo me dijo Mentxaka que teníamos que dormir en unas hamacas en medio de la selva, que menos mal que tenían mosquiteras, que si no… Como comprenderéis, no pegue ojo escuchando el croo croo de los sapos, que eran tan majos que cuando ibas al baño del camping ahí estaban esperándote. Así que me duché con Mentxaka en las duchas de los chicos, e invadí el baño de los chicos bajo su estricta vigilancia.

Con todo, fue un poco estresante, pero también muy interesante, y creo que esto yo no lo haría por mí sola en la vida, aunque fue una experiencia única.A lomos de Pecos

Bueno, pero esto no termina aquí. La vuelta la hicimos a caballo porque la noche anterior había llovido -si, cuando estaba en la hamaca plácidamente… Gracias a Dios las hamacas estaban en cabañas que tenían techo y suelo, aunque no tenían paredes. Estaba todo lleno de barro y en cierto modo para mí fue un alivio porque, aunque en mi vida había ido en caballo, pensé que no vería tanto bicho. Y es cierto, no vi tanto bicho, pero el problema es que el caballo iba por barrancos y piedras con sus patas metidas en el barro y andando por cuestas y bajadas bastante fuertes. Así que no tuve más remedio que hacer un curso curso acelerado de hípica… Pero la cosa no iba muy bien. Y es que mi caballo, ‘Pecos’, además de ser un poco señoritingo porque no quería mancharse de barro -así que iba todo el rato al ras del barranco- resultó ser un poco competitivo, y se ponía a adelantar a trote a todos los caballos que veía -qué majo-.

Fue un fin de semana bastante emocionante en el que, a pesar de estar quejándome y muriéndome de miedo constantemente, lo pasé muy bien.

Esta semana estoy en Bogotá. Vivimos en el norte de la ciudad, una ciudad enorme -ocho millones de habitantes, el doble que Madrid-, en la que las distancias son muy largas, así que normalmente te mueves por el barrio donde vives. Pero el otro día fui a la Candelaria -centro colonial-, en ‘transmilenio’ -autobuses que tienen sus propios carriles y que funcionan como el metro). Tardé unos veinte minutos más o menos en llegar a esta zona que es genial, preciosa, súper bohemia, con mogollón de restaurantes con encanto y repleta de casitas de colores.

Ayer estuvimos en otra zona que se llama la zona T y es una zona más pija. Está al norte de Bogotá y se caracteriza por unas calles peatonales llenas de restaurantes de todo tipo y discotecas de gente más pija.

Hoy vamos a ir a un restaurante que se llama ‘Andrés Carne de Res’, que es muy famoso en Colombia. Pertenece a un arquitecto de interior y debe de tiene una decoración espectacular hecha por él. Utiliza muchos tipos de materiales, desde cajas de frutas hasta materiales más chic. En este restaurante se puede estar hasta las tres de la mañana, porque además de cenar hay espectáculos y hay que estar todo el tiempo bailando, ya os contaré.

Mañana vamos a un concierto de Alejandro Sanz, Amaya Montero, Antonio Carmona y otros cantantes sudamericanos, y el fin de que viene vamos a Cali y a Medellín.

 

 

 

Josune Fernández

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.