Ver para no creer (I)

Son muchas las ocasiones que le hemos oído decir “que cumplía su palabra y sus compromisos por encima de todo”. Qué pronto olvida el gallo cuando fue pollo. Qué poco tarda  el hombre de palabra en faltar a la misma  e incumplir sus promesas cuando ha conseguido su objetivo.

Si la palabra dada todavía significaba algo, si todavía era una cuestión de honor cumplir lo prometido, ahora la nueva casta de políticos la ha dejado a la altura del betún. Y con ella, incumpliendo su palabra, ha terminado de rematar el  noble sentido que de la política quedaba y la confianza que los ciudadanos tenían en los que se dedican a ella.

Vivimos tiempos confusos y faltos de valores. No descubrimos nada nuevo. Pero todavía quedaban resquicios y personas (aún quedan, aunque menos) a las que admirar y en las que confiábamos, que podrían servir de ejemplo a las nuevas generaciones. Por desgracia, los jóvenes van descubriendo como, en este mundo, son los tramposos y mentirosos los que triunfan y que es más importante  el valor de un voto que cumplir lo prometido o ser honestos.

Respetar la palabra dada es de antiguos y forma parte de esa ilusión que se ha convertido en una utopía. Ya no es garantía de nada  y, si en política, la palabra no vale como avalista, la política se va al traste. Sólo tendrá sentido para los tramposos y vividores que vegetan de ella y con la que tratarán de estafar a incautos ciudadanos que todavía creen en la virtud de la palabra comprometida.

Lo prometido, para los antiguos como yo, sigue siendo deuda. Antes iba a misa (lo prometido), y, consecuentemente, las promesas no se cambian por muy cambiantes que sean las circunstancias. Aún así habrá quien justifique todas y cada una de las actuaciones de sus idolatrados dirigentes, aunque ellas sean mezquinas y conduzcan a la miseria a toda la humanidad, y es que, la simpleza de los votantes políticos dice que si eres de uno obligatoriamente tienes que odiar al otro o lo otro. Hasta tal grado de mediocridad hemos llegado que nos hemos acostumbrado a aceptar la mentira y el incumplimiento de los políticos como el estado natural de las cosas, cuando, en realidad, hemos sido estafados.

El problema más grave estriba en que si ya no podemos confiar en  los que nos dirigen porque faltan a su palabra y cambian el sentido de sus promesas cuando les conviene, de quién o de qué nos vamos a agarrar cuando estemos en la cuneta. Se entiende que el gobernante está para sacarnos de apuros y no para mandarnos a la indigencia ni hundirnos en la desgracia.

Ya no les tenemos respeto. No confiamos en ellos porque ya no son un ejemplo. Han puesto demasiada distancia entre su privilegiada vida política y la cruda realidad social. Sólo hay que abrir los ojos para ver y…no creer.

 

 

Luis Pérez Aguado

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