Ven, que te susurro al oído…

El caballero oscuroTe voy a contar algo al oído para que nadie más se entere. No había visto The Dark Knight (El caballero oscuro), hasta ayer mismo. Dicen que es la mejor película de esta década, pero no es cierto. Es buena, es seria, es honesta, pero no es la mejor película de los últimos diez años. En cualquier caso, a quién coño le importa.

Quememos todos los podium. Lo mío es posición horizontal, Arístides dixit. Yo creo que la película habría ganado sin la presencia de Maggie Gyllenhaal, no porque no sea buena actriz, sino porque no está lo suficientemente buena. Éste es un argumento de ningún peso, políticamente incorrecto, que me granjeará enemigos pseudos-intelectuales y abraza-árboles. Lo cierto es que no me importa, ni que le moleste a nadie ni si está la señorita Gyllenhaal o no en la película. Pero puestos a ponerle peros, ese es uno que yo le pondría.  En cualquier caso yo si fuera la señorita Gyllenhaal me mosquearía conmigo mismo, me insultaría con razones de peso e incluso con la soportable levedad del dardo-palabra: me llamaría estúpido, calvorota, ignorante. Me llamaría misógino, pero eso sí sería absurdo.

Lo que sí tiene más entidad como argumento es que la película perdería muchísimo sin la presencia de Heath Ledger. Está simplemente sublime. A punto de caer de la cuerda floja del equilibrismo entre lo genial y lo impostado, el tipo mantuvo el tipo, totalmente metido en la piel del famoso delincuente clown.

Se produce un fenómeno curioso cuando uno ve determinadas películas y que es algo que no suele ocurrir, con la misma intensidad al menos, con otras artes. Y lo que sucede es que pensamos en los artífices de lo que estamos viendo, que sufrimos una especie de desdoblamiento de conciencia en el que nos dejamos llevar por un ser de fantasía a la vez que valoramos la ejecución actoral del artífice de esa fantasía. Digo esto porque Heath Ledger, como todos saben, está muerto. Y viendo la película sin dejar de disfrutar de su interpretación no podía dejar de pensar en cómo era posible que ese actor digno hasta ese momento había podido pasar a ser uno de los grandes, y poco después de eso, morirse.

La vida de un actor de Hollywood a la que todo el mundo acude en masa a ver y de la que se ocupan los rastreros pseudos-periodistas de eso que llaman eufemísticamente el corazón, no vale más que la vida de cualquiera. Pero a mí me llaman la atención ciertas curiosidades de esta enigmática dimensión en la que hemos caído, y a la que he de calificar así a falta de una base espiritual mayor en la que apoyarme. Una de esas curiosidades para mí es el salto cualitativo tan grande que dio el actor antes de morir. He de confesar que no he visto Brokeback mountain porque simplemente no me ha llamado la atención. Pero, a riesgo de meter mucho la pata, creo que lo que estaba diciendo no pierde su validez a pesar de este agujero en mi erudición cinéfila. El caso es: ¿Todo estaba escrito? ¿Debía de tener una interpretación magistral antes de irse al otro barrio? Imagino que habrá decenas de casos de actores que murieron jóvenes y no consiguieron nada parecido. Pero es que el salto es tan grande…

Otra de las cosas que me llaman la atención de este asunto es por qué un tipo joven, guapo, con un éxito brutal, padre, rico, que podía acostarse casi con cualquier mujer hermosa o fundar una familia o lo que narices le viniera en gana, ¿termina así? Hace tiempo que pasé mi ultra-racionalista etapa filosófica y ahora he bajado unos cuantos peldaños para preguntarme las cosas de esta manera, tan llana e ingenua. Es cierto. Pero a veces las cuestiones más complejas de la vida se pueden reducir a una pregunta llana e ingenua.

Una cosa está muy clara: ahora importa una mierda lo guapo, joven, famoso, padre, millonario, fornicador o familiar que haya sido o habría podido ser. Woody Allen dice que cuando se muera pueden quemar todas sus películas si quieren porque no le va a importar. Mario Vargas Llosa dice que hay que vivir la vida como si nunca nos fuéramos a morir.

Es difícil abstraerse, mientras uno ve una película, de pensamientos acerca de cómo se concibió esa película o de pensar simplemente en que ese tipo que estamos viendo es Tom Cruise el que está casado con Katie Holmes, que estuvo con Pe y que es miembro de la Cienciología. A no ser que estés viendo una película de Robert Bresson en la que no hay ningún actor famoso, en cuyo caso probablemente acabes pensando que cómo dirigiría a ese tipo que no es famoso y que está interpretando de esa manera tan peculiar en la que trabajan los actores de Bresson. Al final siempre llegamos a lo mismo. El cine forma parte de la vida, seguramente mucho más que ningún otro arte. Y viendo The Dark Knight me doy cuenta de que también forma parte de la muerte.

Alberto García

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