Una historia platanera

Plátano mordidoCarlos Castañosa

“Detalles imperceptibles se graban con tinta indeleble en el resto de nuestras vidas”… Teoría del Caos, James Cleick.

Cinco años de pequeños descubrimientos y grandes misterios. Desbordada curiosidad infantil con la que me iba orientando hacia el uso de  razón.

Entre los recuerdos difuminados por el blanco y negro de aquella incipiente edad, destaca con intenso colorido, la placentera sensación por la ingesta masiva de plátanos…


¿Habría, quizá, nacido con un organismo ávido de potasio?… O tan sólo era una reminiscencia de la evolución de las especies…

Sea por lo que fuere, disfrutaba hasta el infinito comiendo plátanos… Pelar uno despacito, percibir su aroma y masticar con fruición su textura para saborearlo con los ojos cerrados, era  placer sublime…

Mi pasión platanil era motivo de jolgorio para toda mi familia.

Y llegó un día cualquiera…

Paisaje urbano de capital de provincia en la posguerra… Tranvías. Taxis amarillos. Pocos coches particulares. Varias motos; alguna con sidecar. Bastantes bicicletas. Pero, sobre todo, mucha, muchísima, tracción animal.

Caballerías jadeantes tirando del carro bien cargado, cuesta arriba, saltando chispas por el impacto de las herraduras contra el suelo de adoquines.

De vez en cuando, alguno de los esforzados animales abría aparatosamente su oquedad anal para soltar en masa cálidas bolas parduzco-amarillentas que estallaban contra el empedrado. El humeante emplasto esculpía en cada andanada un fétido diseño que, encajado entre las vías del tranvía, se expandía como cataplasma sobre la tosca calzada… Horrible espectáculo del que no conseguía desviar mi absorta mirada…

Me extrañaba la naturalidad con que las acémilas ejecutaban el acto defecatorio. ¿Cómo podían caminar mientras lo hacían?… Ni siquiera parecía, por sus inexpresivas caras, que hicieran algún esfuerzo para liberarse de su densa carga interna. Y, después, seguían tirando del carro como sin darle importancia a lo que acababan de hacer.

Desde la limitada perspectiva de mi corta estatura, analizaba la escena colgado de la mano de mi Madre, cuyo sentido del humor propició el trauma que me ha perseguido durante más de medio siglo.

Me moría de asco. No ya por la imagen de los animales en plena faena, sino que tras ellos iban unos operarios con una pala picuda con la que rascar el depósito de heces acumulado en los raíles del tranvía. Pero lo peor era que, alguno de ellos, con un gran saco a la espalda, cogía a mano, sin guantes ni nada, las boñigas más gordas, todavía humeantes, para depositarlas por encima de su hombro en el improvisado contenedor de arpillera.

La repugnancia del espectáculo se entretejió con la curiosidad para preguntarle a mi Madre: –Mamá, mamá, ¿para qué cogen eso esos señores?…

Su  respuesta cachonda, que entonces  no fui capaz de identificar como una broma:   – Para hacer plátanos… cariño…

Para mi desgracia, pasaron más de 60 años desde aquel día en que el delicioso fruto desapareció fulminantemente de mi vida…

Nunca se hace tarde para el milagro de renacer. Este recién nacido, aquí presente, en avanzado estado de jubilación, tras descubrir una nueva vida, en homenaje a sus antiguas raíces paganas, ha rescatado en esta afortunada  patria el sueño de vivir y la ilusión de soñar, pero, sobre todas las cosas,  ha vuelto a disfrutar y a pecar sin remordimiento… A la postre, qué mejor postre que un plátano canario, con motitas en la piel, que pueda  pelarse con cubiertos o a mano… No me cambio por nadie…

 

Carlos Castañosa

Premio Ansina de relato 2009

 

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