Una historia de ‘desformación’

ManoÚltimamente, con este timo de la crisis económica -y digo ‘timo’ porque, que yo sepa, no es la gente que trabaja la que hace que un país se arruine- se ha extendido eso de la ‘sobrecualificación’ como excusa para no contratar a personas formadas que, como es justo, esperan cobrar un sueldo de acuerdo a sus conocimientos y experiencia.

Abra usted cualquier portal de búsqueda de empleo y haga la prueba. En los sectores de trabajo cualificado en los que se exige formación universitaria y se valoran tanto los idiomas y los cursos adicionales, lo que las empresas buscan son ‘becarios’.

Un becario español poco tiene que ver con un becario europeo -ahora que el Gobierno ha puesto tan de moda eso de las comparaciones según les conviene-. Un becario español es un joven recién licenciado -o a punto de hacerlo, con un poco de mala suerte- que no va a recibir formación práctica dentro de una empresa, sino a ocupar directamente el puesto de un trabajador cuya contratación suponía un gasto cuatro veces mayor para la empresa. La ecuación resultante es la siguiente: el becario es el primero que entra, el último que sale y el que menos cobra. Tan sencillo como que la única incógnita que me queda por despejar es saber cómo hemos permitido que se llegue a este punto de descaro.

“Está usted sobrecualificado”, le han dicho a un alto porcentaje de parados que llega con esperanza a la entrevista de trabajo, con un CV impecable y sin entender por qué, una vez más, no ha superado el proceso de selección. Días después aparece por la oficina un joven con acné, asustado y maleable al que resulta fácil de convencer de que la jornada laboral no tiene un horario fijo, y de que “hay que arrimar el hombro y sacar esto adelante”.

El parado, por su parte, regresa a casa entre indignado y abatido, repasando todas las preguntas que le hubiera gustado hacer al comité de selección acerca de por qué no es válido e imaginando un numerito -cuanto menos liberador- en el que, subido a la mesa del director de la empresa, se cagaría en todos sus familiares hasta el quinto grado de consanguinidad.

Pero no le queda más remedio que digerir ese malestar y pasar nuevamente por la oficina de servicio de ‘desempleo’, que es lo más parecido a hacer cola en la carnicería de la desilusión para pedir doscientos gramos de chopped de desengaño, en lonchas finas, por favor. Y descubre en este mercado de la desesperación que han salido unos cursos interesantes con los que podría reconducir su carrera hacia otro sector con mas posibilidades laborales. Como el Gobierno ha promovido tanto eso de la ‘movilidad profesional’ y de la ‘formación complementaria’ como camino seguro hacia el éxito laboral, nuestro parado decide apuntarse en uno de esos cursos.

Rellena un formulario que, sólo en el mejor de los casos, puede enviar por Internet. Porque el centro donde va a realizar un curso de ‘Diseño web’ resulta que aún no dispone de un servicio para recibir solicitudes por email, con lo cual, debe trasladarse hasta allí para entregar la preinscripción. Como hay que complicar aún más las cosas, no basta con apuntarse a un curso, sino que es necesario que pase un examen de selección y que, en caso de ser admitido, se someta a una entrevista personal para justificar las motivaciones por las que ha decidido hacer dicho curso. Los exámenes se convocan en una única fecha, a una única hora, por lo que no se le ocurra haber hecho planes como una persona normal, ya que el parado tiene la obligación de no moverse de casa, a la espera de que un día reciba la llamada ‘divina’ de que ha sido requerido para una entrevista.

Y ya en el remoto caso de haber accedido a dicha formación, es muy probable que ésta no alcance las expectativas demandadas, como desde hace años se ha criticado en los foros de empleo. Eso si verdaderamente se convoca el curso, pues no sería la primera vez que sociedades privadas utilizan capital público para impartir formación ficticia a desempleados desengañados del sistema y de su funcionamiento.

Un timo, en definitiva, que no se soluciona ni con ayudas de 400 euros, ni con cursos que ‘sobrecualifican’, ni con papeleo, requisitos, preinscripciones, pruebas y entrevistas que sólo provocan el aburrimiento y las ganas de mandar a la mierda a políticos, empresarios y familiares hasta el quinto grado de consanguinidad.

http://vagabundoperez.blogspot.com/

Vagabundo Pérez

9 de marzo pero de 1984, la ONU aprobó la Convención Internacional Contra la Tortura.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.