‘Un Dios salvaje’: hipócritas y moralistas

Un Dios salvajeCuatro personajes aparentemente diferentes se descubren como parte de la misma mediocridad en su empeño por llevar al límite las convenciones morales.

Dos niños pelean en un parque y uno agrede al otro con una rama partiéndole dos dientes. Así comienza la ultima película dirigida por Polanski -El Escritor, El Pianista-, adaptación de la obra teatral de Yasmina Reza, que figura como guionista de la cinta.

Sin embargo, este hecho no tiene más relevancia que la de juntar en un mismo espacio -la casa de los padres de la ‘víctima’- a cuatro personajes que no están dispuestos a abandonar la escena a menos que lo hagan creyéndose vencedores de la disputa que desencadena este encuentro.

Un Dios salvaje es una lucha sin sentido que comienza desde lo más superficial del asunto -hacer lo ‘políticamente correcto’ para quedar bien-, y termina en lo más visceral de cada uno de los personajes -defender la que consideran su verdad última y absoluta-. Es pues una batalla por la supervivencia en la que darse por vencido supondría reconocer el fracaso, la infelicidad y lo inútil que ha resultado mantenerse siempre en los límites de los convencionalismos sociales.

Yasmina Reza plasma en su obra esa insistencia de los personajes en hacer lo que se espera que tienen que hacer para ser ‘buenas personas’, a pesar de que por dentro estén corroídos por los mismos sentimientos de envidia, ambición y soberbia. Por su parte, Roman Polanski pone una mirada sobre cada uno de esos estados de ánimo que se van sucediendo a lo largo de este encuentro interminable y claustrofóbico que únicamente sirve para que los protagonistas vayan abriendo la puerta a su verdadera identidad.

Jodie Foster –El Castor-, Kate Winslet –Revolutionary Road-, Christoph Waltz –Agua para elefantes – y John C. Reilly –Cyrus– interpretan a estas dos parejas enfrentadas: al comienzo la una con la otra, luego entre ellos mismos y finalmente en un todos contra todos disparatados que pone de manifiesto la hipocresía que gobierna gran parte de las relaciones humanas. Y es que al final de la trifulca, ni siquiera hay bandos bien definidos: los personajes se alían o se tiran los trastos a la cabeza en función de lo que les conviene en cada momento, por lo que ese salón en el que se desarrolla la película es un pequeño laboratorio de contradicciones que, a pequeña escala, reproduce el mundo que está más allá de los muros del apartamento.

Polanski y Reza forman un buen equipo. En Un Dios salvaje coordinan con sutileza cada paso adelante en el guión con una imagen capaz de evocar más de lo que dicen las palabras: gestos, espejos, objetos y hasta la posición de los personajes dentro de ese pequeño universo que es el salón de una casa… Todo adquiere un sentido simbólico dentro del argumento y nos facilita la entrada al mundo interior de los personajes y a su temor por ser descubiertos en la mediocridad que acaba salpicando cada una de sus palabras.

Celina Ranz Santana

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.