Un confesionario en casa

Carlos Castañosa

Sí; en casa de un político de primera línea. Se supone que la utilidad de semejante armatoste sea como motivo ornamental, alacena, armarito, librería o mueble-bar. O, acaso, solo se trate de un símbolo sacramental para acallar la conciencia a nivel doméstico, lo que supondría el rito cotidiano de confesarse a sí  mismo de los pecados inherentes a su condición pública: Tras el acto de contrición correspondiente, el penitente se predispondría al propósito de la enmienda para, a continuación, confesarlos todos y cumplir la penitencia.

De modo que la ceremonia sería como un partido de tenis jugado contra sí mismo; es decir, darle a la bola y cambiar de pista rápidamente para devolver el golpe. Aquí, sería arrodillado frente al ventanuco principal de la garita: “Ave María Purísima, Padre”. A continuación, abre la portezuela, se sienta en la banqueta del cura y se contesta: “Sin pecado concebida, hijo”. Sale y se arrodilla de nuevo: “Padre, me acuso de que soy un político”. Se sienta de nuevo y pone voz de cura: “A ver, hijo mío. ¿Cuántas veces?”. Vuelve a la pose genuflexa y se responde: “Muchas, Padre. Soy un político empedernido,  y no puedo dejar de serlo ni de día ni de noche. Hasta dormido sueño que hago política”. Retoma la pose clerical: “Esto es grave, hijo mío. ¿Y te produce mucho placer hacer de político?”. Nueva salida al exterior: “Sí, Padre. Muchísimo placer. Disfruto, sobre todo, en las campañas electorales. Sonrío y me hago fotos con cara simpática para que la gente me vote, y les hago promesas para que se las crean;  y si puedo destrozar a mis adversarios, no reparo en medios. Luego, a solas, me parto de la risa al pensar en los pobres imbéciles que van en procesión a las urnas pensando que han alcanzado la libertad y el privilegio de la democracia”. Luego, con gesto  de cura severo: “Hijo mío, es muy grave esto que cuentas. ¿No te arrepientes siquiera un poquito para librarte de las penas del infierno?”. Otra vez desde fuera: “¡Uy, qué va, Padre!… Si eso no es pecado. Se lo cuento como cosa graciosa. Pero los que se van al infierno son los tontos que me votan una y otra vez a pesar de que los engaño siempre; pero no escarmientan”. Al cura empieza a resultarle gracioso: “¡Qué razón tienes, hijo mío! La verdad es que los pobrecillos bastante infierno tienen con tener que soportar tu abuso de poder. Pero, ¿tienes algún pecadillo por el que hayas venido a confesarte hoy? El penitente en actitud contrita: “Sí, Padre. Pero es un pecado venial, que no tiene mucha importancia y quiero que me dé la absolución. Se trata de este confesionario”. De nuevo, como cura, se arrellanó en su asiento inquieto y ansioso por recibir el testimonio del pecador: “A ver, hijo. Explica dónde está el pecado”. El acusado por sí mismo bajó la vista apenas volvió a arrodillarse para confesarse del desvío: “Verá.  Padre. Es que este confesionario no es mío. Bueno, no era mío. Pero lo sustraje subrepticiamente de un río revuelto que inundó un patrimonio histórico, declarado Bien de Interés Cultural, que previamente habían desmantelado mis colegas, los de mi partido y los de otros. Y si ahora me confieso es porque me parece que me han descubierto unos desalmados que se dedican a reivindicar la rehabilitación de espacios culturales que los políticos consideramos innecesarios”. Ya dispuesto para el Ego te absolvo…, el director espiritual del descarriado intentó consolarlo: “No te mortifiques, hijo mío. Tu pecado no es grave si lo comparamos con las fechorías de tus congéneres. Como penitencia reza un Ave María y si, como crees, te han pillado, procura esconder este armatoste para que nadie pueda acusarte de ser un chorizo por el mero hecho de dedicarte a la política… In nomine Patris et Filii et Spiritus  Sancti…”  “Amén”.

Plataforma para la rehabilitación del Paque Cultural «Viera y Clavijo»

 

http://elrincondelbonzo.blogspot.com/

 


Carlos Castañosa

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