Un barco fantasma cargado de ratas

Lyubov OrlovaLa noticia, aparecida el pasado mes de enero en el periódico británico The Sun, no tardó en convertirse en un fenómeno viral a través de Internet.

En abril de 2013 se le perdió la pista al crucero ruso Lyubov Orlova –en homenaje a la actriz y cantante rusa-, que desde su botadura en 1976 sirvió en numerosas expediciones por el Ártico y el Antártico.

Más que fantasmas, lo que el Lyubov Orlova venía transportando desde hacía muchos años eran deudas. Desde que en 2006 empezara a tener problemas para navegar por su cuenta –motivo por el que tuvo que ser remolcado tras quedar atrapado en los hielos antárticos de Deception Island hasta su abandono definitivo en un puerto de Terranova, los últimos años de vida del crucero fueron una lenta agonía que acabó con una complicada venta para su despiece, pues poco más se podía hacer con él.

El Lyubov Orlova fue vendido por unos 275.000 dólares, pero mientras era remolcado desde Terranova hasta la República Dominicana, su remolcador perdió contacto con él y el crucero se quedó flotando a la deriva convertido en chatarra flotante y sin control, todo un peligro para el resto de los barcos. Localizado por las autoridades canadienses –que habían confiscado la embarcación por una serie de deudas que acumulaban sus propietarios-, éstas decidieron depositarlo en una zona aparentemente segura, pero las corrientes marinas volvieron a arrastrarlo, esta vez hacia las costas europeas, según la trayectoria detectada por un satélite que tuvo constancia de su posición en marzo de 2013.

Desde entonces y hasta enero de 2014 no volvió a saberse nada hasta que el periódico británico The Sun lanzó la noticia de que un barco ‘fantasma’ y repleto de ‘ratas caníbales’ se aproximaba a las costas del país. Las autoridades británicas e irlandesas se prepararon para la posible llegada del Lyubov Orlova, que en las redes sociales ya se había convertido en un barco maldito habitado por ratas que, antes la falta de alimentos, habían comenzado a devorarse unas a otras.

Pero no hubo ni rastro del crucero que, al parecer, sigue flotando a la deriva en aguas del Atlántico y cuya amenaza no son ni las ratas ni los fantasmas, sino la contaminación que supondrá su hundimiento –si es que no se lo ha tragado ya el mar-, mientras que el Gobierno canadiense parece desentenderse de cualquier responsabilidad al respecto.

 

 

El Ilustrador

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