Turismo que viene. Opiniones profanas desde el uso de razón

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Poco queda por opinar; pues desde el ataque pandémico, las noticias, tertulias, discursos, declaraciones y comentarios, en todos los medios de comunicación se relacionan en exclusividad con el maldito coronavirus

No queda espacio para otras informaciones porque ha desaparecido cualquier otro tema de interés para la opinión pública. Han dejado de existir otros acontecimientos que merezcan una pizca de atención separada de esta  monografía vírica.

Es como si, tras un mes de confinamiento, nuestra mente empezara a funcionar en otra dimensión. Ni mejor ni peor que la disfrutada hasta la irrupción del estado de alarma, pero nos está cambiando radicalmente la actitud ante la vida.

La consciencia de que esto va para largo nos induce el deseo de que se solucione lo antes posible, con la convicción de que cuando todo pase, nada volverá a ser como antes… y que hemos de prepararnos para cambios que deberán ser radicales; en particular en poblaciones que por sus peculiaridades pueden sufrir con mayor intensidad el esfuerzo de los cambios venideros.

Así es nuestro caso en Canarias por el cataclismo social, económico, cultural y político que supone la desaparición, sin paliativos, del turismo. Pues se ha gripado de repente el motor de la economía canaria. El 35 % del PIB desaparecido de un plumazo.

Tal era el riesgo mal calculado de un monocultivo brillante durante años, pero con algunos defectos de gestión que convendría identificar para que, en el proceso de resurrección, puedan ser corregidos al alza, no se repitan y sean sustituidos por nuevos valores operativos con los que optimizar recursos en un escenario geográfico, climático, histórico y cultural afortunado; con todo a favor como privilegiado enclave turístico de prestigio mundial… Pero mejor tratado.

Es reciente el triunfalismo por aquella primavera árabe; el ensimismamiento por el incremento de pernoctaciones; el optimismo promocional en las ferias internacionales y las ínfulas por un turismo de calidad cuando se hacía poco por fomentarlo, en favor de estadísticas ilusionantes con números inflados, gestionados desde fuera por turoperadores foráneos, que nos implantaron el “todo incluido” y viajes low cost que decidían y definieron el perfil a la baja de la mayoría de clientes.

El mayor componente del desastre económico actual estriba, no solo en la imprevisible debacle del turismo ni en su gestión política burocratizada en exceso, sino en su condición de exclusividad como explotación especulativa de unos recursos  económicos, que han sacrificado en su favor otras fuentes de riqueza; en especial el sector primario que sufre el empobrecimiento de sus factores integrantes: agricultura, ganadería y pesca; así como industrias locales que, en lugar de ser potenciadas, desaparecieron ante la pasividad institucional.

Con el fracaso de la única fuente de ingresos válida, nos hemos quedado indefensos por la carencia de alternativas vitales, previamente destruidas e  imprescindibles para las necesidades básicas del pueblo.

La patronal hotelera incide en el rescate del turismo en los mismos términos del pasado. Exigencia de dinero público para generar riqueza sin cambiar el modelo de gestión. En los ambientes especializados dispondrán de datos e informaciones que contradigan esta pretensión popular, que no tiene otro interés que el de una reflexión individual y subjetiva; pero es lógica la inercia de dirigentes acostumbrados a un sistema monolítico que quizá convendría cambiar; en las actitudes o en las personas.

Otro detalle a corregir es la actuación de AENA con respecto a los intereses aeroportuarios canarios. Su condición de monopolio estatal semiprivatizado, que en teoría fue creado como servicio público, actúa solo como negocio; en especial tras la privatización del 49%, que prioriza el reparto de dividendos sobre los intereses de una población mediatizada por su condición insular. Con la pasividad de las autoridades locales, se han producido desmanes aquí denunciados, que siguen impunes y sin corregir, en perjuicio del pretendido turismo de calidad y para menosprecio de la ciudadanía canaria. Tres fechorías a modo de muestra: Dos aeropuertos, El Hierro y La Gomera, abiertos al tráfico civil sin control de torre. Otra: Resistencia mal justificada con evasivas, a implantar en Los Rodeos el sistema de aterrizaje sin visibilidad, CAT III, que evitaría los desvíos por niebla al Reina Sofía. Y la más sangrante: Terminal de pasajeros T-2 en Tenerife Sur, construida e inaugurada en febrero de 2008, pero clausurada sin explicación al día siguiente; sigue sin estar operativa, para maltrato de los turistas que sufren las aglomeraciones y precariedad de la anticuada terminal T-1, con más de 40 años de existencia y un deplorable mantenimiento. Hay más…

Otro punto a corregir con vistas al nuevo ciclo pos-coronavirus en favor del turismo de calidad, afecta a todo el archipiélago, en especial a Tenerife. La lacra medioambiental y antihigiénica de gravedad extrema que son los vertidos fecales descontrolados que afectan a todo el litoral, como atentado flagrante contra la salud pública. Colectores, depuradoras y emisarios requieren una renovación urgente, porque las medidas sanitarias que se avecinan no tolerarán el riesgo de infecciones playeras.

  • Puntos a reciclar desde una perspectiva profana a pie de calle:
  • Rehabilitar agricultura, ganadería y pesca para diversificar recursos y asignar la importancia y dignidad que corresponde a tan vitales factores de supervivencia.  Por el mismo motivo, rescatar la rentabilidad industrial de antaño.
  • Los responsables actuales saben cómo readaptar la explotación hotelera, con  respeto a los empleados para lograr un servicio de calidad bien remunerado por su entidad profesional. Si no saben, no pueden o no quieren… pues ya saben…
  • Poner a AENA al servicio del pueblo, y no al revés.
  • Acuerdo de todos los estamentos políticos para reparar con urgencia la red completa de tratamiento sanitario para aguas residuales.

 

Carlos Castañosa Calvo

elrincondelbonzo.blogspot.com

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