Torrijo de la Cañada, donde el Manubles duerme la siesta

Panorámica de Torrijo de la CañadaCelina Ranz Santana

No creo que para el viajero exista una sensación más placentera que la de hacer turismo sin sentirse turista. Y en este rincón de la geografía aragonesa uno puede ser extraño, visitante o forastero, pero nunca un simple turista de los que pasan y olvidan.

Torrijo de la Cañada era la puerta de los castellanos en su conquista de Aragón, escenario de la Guerra de los dos Pedros y enclave estratégico en la frontera entre dos reinos enfrentados. Hoy queda poco de aquella época hostil que obligaba a levantar muros y fortalezas, y el valle es una casa de puertas y ventanas abiertas, aireándose al sol del verano entre árboles frutales y repicar de campanas.

Sin embargo, sigue habiendo mucho de fronterizo en estas tierras en las que uno se siente rodeado de todo en mitad de la nada, al límite entre la vigilia y el sueño, a esa hora de la tarde en la que ni las sombras se atreven a transitar por sus calles.

Bodegas de Torrijo de la Cañada

Desde el mirador de Santa Bárbara, en lo alto de una de las colinas que custodian ese silencio imperturbable de siglos de Historia, Torrijo de la Cañada es un pedazo de tierra adormecido que se resguarda bajo los tejados irregulares de sus casas.

El viento nos acompaña durante todo el camino y decidimos abandonar el sendero y regresar al pueblo al abrigo de la verticalidad de la colina. Desde este punto se abren varias rutas -transitables tanto a pie como en bicicleta- que se adentran en la garganta de este valle buscando el cauce del río Manubles, que atraviesa el pueblo dibujando la silueta de sus antiguas murallas.

Al llegar a las bodegas -la mayoría de ellas ya abandonadas- Torrijo tiene un perfil más misterioso. Debe de ser el hecho de sentirse sobre una tierra hueca en la que los estrechos corredores descienden, bajo arcos de piedra y de mampostería, hacia la oscuridad que todos los pueblos esconden bajo la piel. De entre todos los lugares que he conocido, las bodegas ahora vacías de Torrijo de la Cañada se me antojan un lugar ideal para guardar secretos. Nos asomamos a estas pupilas con la ilusión de rescatar alguno de ellos, pero las bodegas ya sólo vigilan el pueblo con los ojos vacíos.

 

Ruinas a las afueras del puebloPara completar la visita, es imprescindible subir a lo que queda del castillo y de su torre del homenaje -siglo XIV-. Ésta es la perspectiva oficial de Torrijo de la Cañada, la que delimita lo que pertenece y lo que se queda fuera de sus límites centenarios. Las construcciones del antiguo asentamiento -hoy convertidas en corrales o simplemente devoradas por el olvido y las malas hierbas- se descuelgan por la ladera como un collar de perlas sobre el pecho de las ruinas del castillo y aterrizan en la torre que da nombre al pueblo y que a día de hoy sigue siendo zona fronteriza. Atravesamos esa barrera para regresar al Albergue Manubles, que lleva el nombre del río por el que cruzamos sobre un puente de piedra, paso histórico de las tropas que llegaron a estas tierras, primero durante las guerras numantinas del procónsul Quinto Pompeyo y posteriormente para reestructurar los límites entre las coronas de Aragón y de Castilla. Esta entrada parte de la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Hortal, una construcción del siglo XVI en la que se encuentran las capillas de San Félix y Santa Régula, mártires degollados por orden de Leacio que se convirtieron en patronos de esta tierra.

Y después de la ducha, una buena comida para completar la jornada de senderismo. A pesar de ser una localidad pequeña, Torrijo de la Cañada puede presumir de tener un restaurante especializado en cocina aragonesa y carnes a la brasa, regentado con mucho cariño por Pedro y Gini. Es casi una ofensa pasar por el Restaurante Río Manubles y no probar su cordero asado aunque, en caso de no tenerlo claro, lo mejor es dejarse aconsejar por los dueños del establecimiento.

Con todo, esta localidad es un sitio muy recomendable para pasar unos días, aprovechando la buena conexión por carretera que existe con otros puntos de interés de la zona -el Monasterio de Piedra, el embalse de La Tranquera o Calatayud- y las ventajas de un alojamiento cómodo y económico en su recién inaugurado albergue.

En definitiva, un sitio para viajeros que no quieren sentirse solo turistas.

 

Albergue Manubles

Celina Ranz Santana

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