Tócate los Borbones

La Infanta Cristina ya no está imputada. Para esto nos hablan de la Ley de Transparencia y de la igualdad jurídica. Qué afortunados los franceses que hace siglos supieron acabar con el circo monárquico antes de que el mal se extendiera.

Igual que las manzanas podridas acaban fuera del cesto o que la pierna gangrenada debe ser amputada, así es como la monarquía española, esa institución obsoleta que aún vive del cuento de habernos salvado el culo durante un golpe de Estado, debería asumir que ya no pinta ni la mona -si acaso, le pega un tiro en un borbónico safari-.

Asumamos que el Rey ha quemado ya el cartucho de ser ‘campechano’, de comer huevos fritos en Casa Lucio o de ponerle nombre a unos espárragos cojonudos. Como dicen en El Jueves -único medio de información que merece la pena leer en este país- es hora de dar el paso: “Borbón y cuenta nueva”. El monarca simpático y cercano a sus súbditos se nos ha convertido en un anciano torpe y con papada que a fuerza de repetir siempre el mismo chiste ha perdido toda su gracia. Qué buenos tiempos para la monarquía aquellos en los que los medios de comunicación solo hablaban de la Familia Real para relatar sus bondades. Pero desde que el Rey tuvo un gatillazo en Botswana, sus dos yernos le salieron rana y las amigas entrañables le aparecen en cuanto saca los Donetes, ha quedado al descubierto que la institución solo sirve para lo que sirve: dar continuidad a un negocio que, como todos los negocios fructíferos en España, al final, pagamos todos.

Hace poco tuve una revelación: la evolución no deriva de la lucha con el entorno sino del conflicto intergeneracional. Mientras nuestros padres vivan inmersos en la idea de que el Rey “hace mucho por los españoles”, o de que otra forma de organización es inviable, no habrá manera de lograr ni éste ni ningún otro cambio. ¿Y cómo convencer a quienes no quieren aceptar otra realidad? En cierto modo es comprensible. Durante varias décadas los medios de desinformación han hecho muy bien su trabajo para colarnos todos estos goles sobre la monarquía, la estabilidad democrática o las ventajas de un bipartidismo casi ‘perfecto’. Nos sorprendemos de las políticas de adoctrinamiento de países dictatoriales, criticamos su falta de libertades o la violación continuada de los derechos humanos y creemos que, gracias a Dios -porque decir “gracias a Alá” es también hablar del enemigo- estamos muy por encima de todo eso.

Si bien son muchos los matices que nos diferencian de algunos de estos regímenes, resulta que todos tienen algo en común, algo que ha sido así a lo largo de la Historia y que, tal como está el patio y beneficiándose de la nula capacidad de crítica y análisis que nos rodea, no tiene visos de cambiar: el que tiene la información, tiene el poder. Y es que no estamos más y mejor informados por disponer de más fuentes si al final siempre recurrimos a los mismos medios: aquellos que nos dicen solo lo que estamos dispuestos a escuchar.

En el país de los ciegos, el tuerto es el Rey.

 

Vagabundo Pérez


vagabundoperez.blogspot.com.es

 

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