‘The Zero Theorem’

The Zero Theorem

Puede que el mañana no suceda nunca.

El último proyecto de Terry GilliamDoce monos, El rey pescador– es un batiburrillo de conceptos acerca de la existencia del ser humano que, aunque en esencia resultan interesantes, están presentados en una mezcla de difícil digestión.

The Zero Theorem es un plato pesado en todos los aspectos, por lo que las buenas intenciones se quedan solo en eso, en buenas intenciones. Tal vez Gilliam nos haga pensar con sus estrafalarios planteamientos de un futuro distrópico dominado por el miedo: el miedo a vivir, el miedo a ser libres, el miedo al futuro, el miedo a la propia existencia… El protagonista de esta historia vive, como el resto de sus coetáneos, sometido a los dictámenes de un ‘ser’ superior que controla cada uno de sus movimientos. Los seres humanos trabajan para vivir y viven para trabajar, algo que, por otro lado, no dista tanto de la realidad actual.

En este mundo desesperanzador, Oohen Leth, un excéntrico genio de la informática, se encuentra en una fase de tránsito hacia el conocimiento de sí mismo. El argumento de la película parte de la hipótesis de que los seres humanos están sometidos a presiones externas que ni si quiera se llegan a plantear. Este punto de partida servirá a Gilliam para utilizar a su personaje como cobaya en su particular experimento visual-existencial. Leth necesita saber cuál es su verdadera misión en el mundo, necesita conocer la esencia de su vida, de todas las vidas. Y mientras trabaja en la resolución de un experimento secreto encargado por ‘Dirección’ –el ‘Teorema cero’- intentará descifrar todas esas incógnitas que le rodean, con la esperanza de que suceda algo, algo que parece demorarse pero que, cuando llegue –si es que llega- justificará su absurda existencia.

A pesar de un planteamiento atractivo, una puesta en escena inicialmente cautivadora y una importante carga de simbolismo, The Zero Theorem se convierte, a medida que avanza, en un catálogo de metáforas cargantes que solo sirven para evidenciar la megalomanía de su director.

El final, extraño, como todo el conjunto. Y las interpretaciones muy abiertas, como si Gilliam se limitara a soltar todo lo que se le pasa por la cabeza para que algún crítico petulante le busque sentido a su paranoia. Y no es el caso de este artículo.

 

 

Celina Ranz Santana

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.