‘The Way’, el viaje iniciático

Cartel de la película The Way

Emilio Estévez profundiza en el verdadero sentido de la existencia a través de la figura de un padre que recorre el Camino de Santiago cargando con las cenizas de su hijo en una película erigida sobre la sencillez y sostenida más en lo que no se dice que en lo que se cuenta.

La cuarta película dirigida por Emilio Estévez con su padre, Martin Sheen, como protagonista, no recibió demasiadas buenas críticas en su momento. Sin embargo, no creo que la cinta sera verdaderamente tan ‘pueril’ como muchos quisieron presentarla.

Si bien es cierto que el argumento no tiene demasiada complejidad y que parece no profundizar demasiado en las relaciones de los personajes -a pesar de que compartirán un recorrido de casi 800 kilómetros a pie-, considero que la clave de esta película reside precisamente en la aparente sencillez de la trama y de ese ‘camino iniciático’, determinante en la vida de todo el que lo recorre. Y para empezar a caminar no hace falta una historia pasada compleja, ni ser un personaje repleto de recovecos, ni cargar con un drama a tus espaldas: únicamente es la voluntad de dar un paso detrás de otro, con la sensación de que avanzas hacia un lugar y de que la vida no se ha quedado detenida en la rutina, en el fallecimiento de un ser querido, o en la banalidad de una dieta adelgazante.

En este sentido, no se le puede pedir más a The Way que, con un presupuesto de unos escasos cuatro millones de euros, refleja con bastante acierto la historia de cuatro peregrinos modernos que son, en cierto modo, un ejemplo cercano de los que verdaderamente recorren el Camino de Santiago, tanto con sus clichés -como el del escritor sin inspiración que resulta ser un fraude en su intento por hacer un camino como ‘auténtico peregrino’- como con sus particularidades -el protagonista, un hombre mayor que peregrina a Santiago movido por un impulso espiritual, no religioso, esparciendo las cenizas de su hijo recientemente fallecido cuando se proponía recorrer el Camino-.

Son personajes que existen en este viaje iniciático que cada uno recorre por motivaciones tan personales que pueden ir desde a aparente vacuidad de querer perder peso hasta la tragedia de ir despidiendo a un hijo muerto.

Pero Emilio Estévez llega al quid de la cuestión y es que todos, al final del recorrido, han aprendido algo. El espectador, para el que no supone ninguna complicación empatizar con alguno de los cuatro personajes principales, también logra realizar una parte de ese viaje hacia el conocimiento de uno mismo: algo que necesariamente comienza en el silencio y que continúa con la pérdida del temor a dirigir hacia algún punto el rumbo de nuestras vidas. Por que caminar, al fin y al cabo, no es más que dar un paso detrás de otro.

Celina Ranz Santana

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