“The piano man”, entre la psicosis y el fraude

PianomanApareció en una playa británica, vestido con un traje negro y totalmente empapado. Durante los cuatro meses que estuvo internado en un hospital, no dijo ni una palabra: se limitó a tocar el piano, como si aquella fuera la única conexión posible con el mundo exterior.

Sucedió el 5 de abril de 2005. Un joven de nacionalidad desconocida aparecía en la playa británica de la Isla de Sheppey totalmente desorientado. Llevaba puesto un traje negro y estaba totalmente empapado y, para complicar un poco más las cosas, no podía hablar.

Fue trasladado al Hospital de Medway para que le realizaran un chequeo que permitiera su posterior identificación. Pero el joven, cuya edad estaba comprendida entre lo 20 y los 30 años, no articulaba palabra. Frente a estas dificultades para comunicarse, probaron a darle un papel y un lápiz. El paciente dibujó tan sólo dos cosas: una cruz –similar a la de la bandera de Suecia- y un piano. Aquella era la única pista que podían seguir hasta dar con la identidad del paciente, así que fue conducido a la capilla del hospital, en la que había un piano, y el personal del centro se sorprendió con lo que entonces sucedió: el joven parecía haber recuperado la calma al sentarse frente al instrumento y no tardó en ponerse a tocar de una manera que los presentes describieron como “excepcional”.

Durante muchas semanas el joven se comunicó con el mundo de aquella manera. Merodeaba por el hospital sin separarse de unas cuartillas en las que al parecer escribía su música y luego se pasaba largas horas tocando el piano. Todo hacía sospechar que se trataba de un músico profesional, probablemente de alguna orquesta europea, pero no existía ninguna forma de explicar cómo había llegado hasta la orilla de aquella playa, sin voz y sin recuerdos.

Un argumento magnífico para un guión de ficción, pero lo cierto es que la historia de “The Piano Man” –como fue apodado este joven- tiene menos de romántica y más de fraude. Se inventaron infinidad de tramas alrededor de la figura de este joven talentoso del piano que, al parecer, ni siquiera tocaba tan bien como se dijo y que es probable –según las versiones filtradas por algunos de los cuidadores del centro- que únicamente golpeara una tecla durante horas. Es difícil averiguar que hacía exactamente este muchacho durante las semanas que estuvo internado en el hospital porque la versión romántica es demasiado emocionante como para que la verdad acabe con ella.

Lo que sí hay de cierto y de seguro en esta historia es que el 19 de agosto de 2005 el muchacho habló por primera vez y puso fin al misterio de su identidad. Se llamaba Andreas Grassl, tenía 20 años y era originario de la región alemana de Baviera. No era ni un músico callejero de Roma, ni había sido abducido por los extraterrestres y traía un mensaje desde otro planeta, ni dirigía una orquesta de la vieja Europa ni estaba estudiando para convertirse en sacerdote. Era simplemente un joven que, tras haber perdido su trabajo había viajado a Reino Unido en el tren Eurostar y que pretendía suicidarse en aquella playa cuando fue encontrado. Pero ni siquiera su versión resulta del todo convincente, ya que se ha especulado mucho acerca de los motivos que arrastraron a Grassl hasta aquel lugar. Al parecer el joven había declarado abiertamente en varios medios de comunicación su deseo de ser famoso por encima de todas las cosas, e incluso se asegura que envió cartas a Robbie Williams, Britney Spears y Hill Gates para que le ayudaran a convertirse en una estrella.

Con todo, la versión más extendida de los hechos –la versión oficial, que poco tiene que ver con el encanto de su historia novelesca- es que Grassl sufrió una crisis psicótica que le duró varios meses y que verdaderamente le impedía comunicarse con el resto del mundo. Por eso durante aquellas semanas en el hospital se mostró como un ser vulnerable y perdido en un mundo que le resultaba totalmente extraño. Sus padres han defendido siempre esta versión asegurando que “el pequeños Grassl nunca haría algo así”, pero en un principio las autoridades británicas se plantearon en demandar al joven por un delito de fraude que ocasionó numerosos gastos al país tanto por su mantenimiento como por las acciones de búsqueda e identificación que se llevaron a cabo para resolver su caso.

Grassl consiguió ser famoso, aunque sólo fuera en silencio y durante unos meses. Pero su historia está ahí, esperando a que un avispado guionista la recupere y la convierta en la película que se merece.

 

 

 

 

 

 

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