‘The deep blue sea’

The deep blue seaPasión y contención.

Cuando terminé de ver la última película de Terence DaviesLa casa de la alegría– se me quedó cara de pasmada. Mientras veía subir las líneas de los créditos finales, con ese mismo ritmo tedioso que conduce toda la historia, me preguntaba qué me había aportado la adaptación del director británico y por qué no era capaz ni de odiar ni de alabar esa película, como muchos han hecho.

A grandes rasgos y, hablando en plata, The deep blue sea me ha parecido un tostón. Dicho esto, no digo que la historia no me resulte atractiva, con una temática interesante, pero contada con una lentitud y unos tiempos a veces tan absurdos que me han hecho desear darle un empujón a los personajes para que terminaran de arrancar.

The deep blue sea se sumerge en las agitadas aguas del amor y en la naturaleza de un sentimiento que se define tanto por la necesidad como por la contradicción. Cuando Hester Collyer -Rachel Weiss, Ágora– conoce a un apuesto piloto de la RAF – Tom Hiddleston, Thor– se adentra en un océano de pasiones incontrolables que le harán abandonar la inestabilidad de una vida resuelta –aunque sin amor- con un juez del Tribunal Supremo Tribunal -Russell Beale, Mi semana con Marilyn– por una historia atormentada junto a un hombre incapaz de entregarse en cuerpo y alma, tal como ella lo hace. Hester asume en un principio ese amor con condiciones, pero sus sentimientos la desbordan en los momentos de mayor flaqueza porque el amor, cuando es tan intenso, por fuerza tiene que ser doloroso.

Este contraste entre la estabilidad del afecto y lo desgarrados de una pasión sin límites, es el tema central de la película, adaptación al cine de una obra clásica del dramaturgo Terence Rattigan. Ésta es la única razón por la que entiendo que la película resulta extremadamente lenta. Antes de saber siquiera que se trataba de una adaptación de una obra de 1951, un amigo me comentó que le parecía que era una película ‘de otro tiempo’, porque ahora las historias no se cuentan así.

En este sentido -y tras una reciente experiencia viendo Mil cretinos, de Ventura Pons, que me resultó catastrófica- considero que el concepto de ‘adaptación’ no siempre está del todo bien empleado y que muchas películas, que sin duda podrían ser mucho más digeribles de lo que son, terminan siendo aburridas y pretenciosas porque no han sabido establecer esa demarcación entre las exigencias del público-lector y las del público-espectador.

 

Celina Ranz Santana

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