Te lo digo en serie

The WireEstoy haciendo un Máster en guión. Se trata de un curso muy divertido y además es muy barato. No tengo que trasladarme a ninguna universidad de verano y no tengo que pagar matrícula. Cada seminario dura unos 50 minutos. El nombre del Máster está en inglés. Se llama The Wire.

Realmente estoy haciendo tres post-grados. Uno es The Wire. Los otros son Los Soprano y Mad Men. Estas series, que estoy empezando a ver, suponen no sólo una renovación de la ficción televisiva, sino también de la ficción cinematográfica. Hasta ahora habíamos establecido una clara separación entre televisión y cine, con connotaciones claramente desfavorecedoras para la primera, que jugaba a nuestros ojos en una especie de liga menor. Por supuesto han existido desde hace mucho series de una enorme calidad que no desmerecían un ápice el prestigio alcanzado por las grandes películas. Entre mis favoritas, Cheers, Friends, Frasier, Seinfeld o Doctor en Alaska. Pero, quizás a excepción de la última, pertenecían a un mundo diferente que las historias concebidas para la gran pantalla. Y esto se podía deber a que su arquitectura obedecía en general a parámetros televisivos, cuidadosas de que el público empatizase claramente con unos personajes siempre enmarcados dentro del buenismo propio de esta sociedad moral y bienpensante. Adoro estas series y juro que habría dado varios años de mi vida si con ello hubiera conseguido convertirme en guionista de una de ellas, pero lo cierto es que sus jugueteos con lo moralmente controvertido eran sólo eso, jugueteos propios de una sociedad aún adolescente.

Ahora llega un tipo como David Simon, creador de The Wire y dice “a la mierda el espectador medio” y una sentencia como esa es la muestra verbalizada de un afán por concebir una serie para una sociedad que debe empezar a ser adulta. Y es aquí donde creo que estas series emparentan tan bien con el mejor de los cines, olvidando el lastre histórico del formato televisivo heredado.

Cuando digo que son cine, me refiero a que son buen cine, gran cine, arte que muestra lo mejor y lo peor de la condición humana. Para mí uno de sus grandes aciertos, sobre todo en The Wire es su radical distanciamiento de ese modus operandi hollywoodiense que persigue siempre la edulcoración de sus personajes o en el mejor de los casos, su redención, ese “en el fondo todos somos buenos”. Aquí no hay buenos ni malos y, en cualquier caso, no es labor del guionista el pre-juzgar a sus personajes. Si quiere hacerlo el público, está en su derecho. Ellos nos los muestran con sus miserias y al hacerlo no están haciendo otra cosa que colocarnos ante un espejo porque, como miembros del club antropoide, ellos, nos guste o no, somos nosotros. Y, a mi juicio, esta es una noble aspiración artística.

Dicho de una manera simple, nos obligan a pensar. Y nos obligan a pensar porque están constantemente desconcertándonos, obligándonos a revisar nuestros tan arraigados patrones morales. Y todo ello sin renunciar a estructuras orgánicas, escritas con la más elegante de las caligrafías.

Los buenos no son tan buenos. Los malos no son tan malos. Y es tan duro aceptarlo como aceptar nuestras propias miserias y se nos hace necesario revisar nuestros propios preceptos. Nuestra base de buenismo, nuestro antifaz que cubre parcialmente nuestra mirada. Y nos damos cuenta de que nunca nos hemos mirado de verdad en los espejos o que quizás no se han fabricado aún espejos que nos revelen en toda nuestra magnitud.

Espero que no se desinfle la satisfacción que estoy sintiendo al ver estas series a lo largo de los sucesivos episodios, teniendo en cuenta que, como apunté al principio de este artículo, apenas llevo vistos unos pocos episodios de cada una de ellas. Espero que esto no ocurra no por cuestiones tramáticas en las que uno vuelca determinadas aspiraciones de que las cosas se resuelvan así o asá, sino porque deseo que continúen desconcertándome, poniéndome ante el espejo, desmitificando al ser humano que en tantas ocasiones la televisión y el cine ha dibujado un alma de colores cándidos. Y, encima, si quisiera, podría verlas comiendo palomitas de maíz o, en canario, cotufas.

Alberto García

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