Te ganarás el pan con el sudor de tu frente

Carlos Castañosa

Hubo un tiempo, no muy lejano, que la maldición bíblica (Génesis 3/19) dejó de ser cruel penitencia por un pecadillo de nada. Los descendientes de aquellos delincuentes originales  -una, robaperas (¿O eran manzanas?); y el otro, un calzonazos pringadillo, como responsable subsidiario- tuvieron que soportar la animalada de una sentencia que los condenaba a la esclavitud de por vida: Trabajos forzosos y sudar con gotas gordas para tener derecho a un mendrugo de pan.

Con el paso de los siglos, la vigilancia penitenciaria fue aflojando, y los condenados, poco a poco se iban liberando de la pesada carga que afectaba a su dignidad como seres humanos. Hasta hubo una Revolución Industrial que marcó el inicio de una nueva era en la humanidad en la que el trabajo como castigo iba dejando paso a la honorabilidad de  las personas que, en número creciente, podían elegir una actividad laboral, bajo el epígrafe de profesión, en virtud de un sentimiento llamado vocación.

Se empezó a nombrar un concepto extraño hasta entonces: derechos de los trabajadores, y se alcanzaron cotas muy interesantes para algunos afortunados que, en número creciente,  llegaban a ejercer un oficio que les gustaba y además se les pagaba por disfrutarlo. Era lo que, en un tiempo no muy lejano, se llamaba trabajo digno y sueldo digno. Claro, que bajo los auspicios del concepto de vocación, era imprescindible poner los medios previos para lograrlo. La preparación, el esfuerzo, sacrificio, entrega, voluntad y, sobre todo, la valía o capacidad para ejercer lo elegido, eran requisitos imprescindibles, en aquel tiempo no muy lejano en que también había quienes se quedaban en la cuneta del fracaso.

El implacable Todopoderoso debió pensar que esto se le estaba yendo de las manos y había que tomar medidas. No era de recibo que el valle lacrimógeno donde había confinado a los malvados pecadores y a toda su descendencia, se fuera convirtiendo en escenario de felicidad por la satisfacción del deber cumplido en forma de actividad laboral. Y que se contribuyera, además, al bien común por el alto rendimiento que dimanaba del amor a la profesión y a la empresa, porque esta tratase a los trabajadores con el respeto debido a quienes, en un tiempo no muy lejano, se consideraba el mejor patrimonio de su  negocio y el mayor motivo del éxito empresarial.

El Supremo Hacedor debió pensar que algo había que hacer. En una ocasión montó lo del Diluvio. En otras, siete u ocho plagas, una detrás de otra. Lluvias de azufre en ciudades pervertidas, Epidemias y pestes de vez en cuando para que esto no se llenase de mucha gente. Y la amenaza continua de cuatro jinetes que no dejan títere con cabeza.

Como todo esto se quedaba pequeño, ahora le tocaba a la crisis. Pero había que hacer las cosas bien. Para montarla, hubo que externalizar la gestión  en emisarios de fuera, pues lo gestores propios no debían estar por la labor de hacer tanto daño. Era necesario que los poderes, financiero, político y empresarial, recibieran la infusión interna de  ángeles oscuros para convertirse en malignos posesos. Aunque ya fueran malos de antes, así recibían el doctorado cum laude en perversidad.

Objetivo prioritario. Hacer regresar a las antiguas condiciones de trabajo a las personas que habían intentado huir de las penas impuestas por un delito hereditario.

Localizados los sicarios del mal, inmersos en la corrupción generalizada y con el poder que da la falta de sensibilidad humanitaria, la operación era fácil. Los bancos se quedan con el dinero de los clientes y se lo reparten entre los directivos. Los políticos decretan reformas laborales y salvajes recortes a derechos fundamentales, según le ordenan desde los poderes financieros a cambio de mantenerse en la poltrona y bien pagados. Los empresarios se quitan de en medio a trabajadores expertos por su antigüedad y contratan aprendices más baratos a los que aplican las reformas de forma torticera,  externalizando actividad y producción a empresas satélites de bajo coste, y prodigando contratos basura: te pago media jornada y el resto te lo doy en “negro”, pero no todo…O esto, o no tienes para pan…

La pérdida de valores desde la cúpula de una sociedad contaminada por la morbidez de la inmoralidad instituida, determina el lamentable regreso a la condición de purgatorio de un pecado original, que hizo del trabajo maldición, y del trabajador esclavo.

Si  una  enfermedad de la sociedad destruye su dignidad de Pueblo Soberano, no habrá salvación posible.

 

 

Carlos Castañosa

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