Tarjeta Verde

Tarjeta VerdeCarlos Castañosa

Según sus inventores, el fútbol es un deporte de caballeros jugado por villanos – Rugby is a sport of villains played by gentlemen, and football is a gentelmen´s sport played by villains – No hay más que ver las entradas salvajes  a  ras de hierba que, con la excusa de disputar un balón, en repentino brote de pasión agrícola, convierten el regate en guadaña segadora para partir la tibia del adversario; quien además de compañero de profesión es un ser humano; y quizá  también padre de familia, o el hijo único por quien su madre llorará el dolor del  esguince o  del codazo en el tabique nasal.

Para contrarrestar esta violencia y suavizar el instinto de los agresivos gladiators que corren en calzoncillos, se inventaron las tarjetas. Amarillas para falta leve, entrada bruta pero sin romper hueso. Y roja con expulsión para las más graves, aquellas que rondan el delito.

Se encuentra a faltar otra tarjeta de color verde, no por connotaciones ecológicas, sino por afinidad cromática con el material en cuestión.

Cierto es que la amarilla, la de los pecados veniales, cubre también las faltas de educación, el menosprecio el árbitro, la protesta airada o el insulto al contrario. Pero, como se trata de personajes con un nivel expresivo poco presentable, se impone la necesidad de corregir ciertos gestos de grosería y repugnantes maniobras buconasales que no figuran contempladas en el reglamento de la FIFA. Sin embargo, las cámaras de televisión no se privan de exhibir escenas que, si te pillan a la hora de comer, lo mejor es que no sea en los postres y estés tomando, por ejemplo, unas natillas.

¿Por qué no se suenan debidamente antes de saltar al campo y así no tendrían necesidad de apretarse un lateral de la nariz para disparar por el otro agujero  un proyectil viscoso que se estampará en el césped?. ¿Hay necesidad de, antes de chutar un penalti o golpe franco, escupir de costadillo un par de lapos?. Eso sí, las cámaras suelen estar atentas a estos detalles que, de lejos, a lo mejor no se aprecian en toda su magnitud, pero analizados  de cerca, fuerzan a la meditación de si además de un cuarto árbitro sería necesaria la implantación de un operario encargado de marcar en el césped, con banderitas de colores, los impactos de alguna gran sonata o del escupitajo previo al saque de esquina. El árbitro le tomaría la matrícula al infractor, y cuando el juego se detuviese, le mostraría la tarjeta verde, color a juego con el efluvio, y lo dirigiría a su banderita recién plantada. Allí, recogería su inmundicia con un kleenex, al igual que hacen los dueños de los perros en la vía pública, y se evitaría que por una casualidad el balón impactase en el engrudo,  se lo llevase pegado y que en el siguiente remate de cabeza el delantero se encontrase en la frente una pegatina no deseada.

Tres tarjetas verdes significarían la expulsión del partido y la suspensión por dos más.

Podría ser una medida correctora, aunque como todas las normas tiene sus lagunas y no cubre alguno de los supuestos. Por ejemplo: El cancerbero – portero con cara de perro – ¿por qué tiene que escupirse reiteradamente los guantes?. Si se supone que están hechos de un material antideslizante, ¿qué necesidad hay de menguar sus condiciones con la salivilla?. O tal vez no sea saliva sino material más consistente y viscoso del mismo color que las tarjetas. Así sí se aumenta la adherencia.

¿Por qué en las canchas de basket, volley, jockey, balonmano, nunca se ven ni se filman escenas tan repulsivas?. ¿Será que el césped excita en quien lo pisa  la expulsión mucosa como abono transgénico de alta calidad?.

Para los mitómanos: Yo jamás aceptaré como obsequio o trofeo un balón usado de esos que firman todos los componentes del equipo que ha ganado tal o cual  partido de fútbol.

¡Joder, qué asco!

 

Carlos Castañosa

 

 

 

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