Socialismo y otros estados de conciencia

Zapatero y RajoyEn la Facultad había dos tipos de profesores: los que llegaban a clase con El País bajo el brazo y los que lo hacían con el ABC. Y también había dos tipos de universitarios: los que iban con greñas y los que iban con la raya a un lado. Clichés que, en definitiva, no son más que el reflejo del maniqueísmo político de este país, donde nadie se salva de ser de derechas, de izquierdas o de todo lo contrario.

Decía Maquiavelo que “Los hombres son tan simples y unidos a la necesidad, que siempre el que quiera engañar encontrará a quien le permita ser engañado”. El problema es que no todos están preparados para engañar ni todos estamos dispuestos al engaño.

Con todo, la apatía de los jóvenes españoles no tiene justificación, igual que tampoco la tiene el hecho de que las tendencias políticas de este país, sumido durante varias décadas en una dictadura, se hayan convertido en una cuestión de imagen y no de criterios.

Por imposición social, te tocará ser socialista si no tienes una empresa que dirigir, eres poco más que mileurista y te consideras una persona abierta de miras, progre y afín a las últimas tendencias que intencionadamente se filtran a través de la web tal o en el programa de televisión cual. Si has nacido en una familia de tradición empresarial y aspiras a convertirte en parte del negocio, vestirás con pantalones chinos y polos, hablarás sobre las bondades del trabajo y rebatirás todo lo que no se ciña estrictamente a la tradición, imposiciones impuestas también a través de la web de fulanito o del programa de televisión de menganito. Dentro de estos dos grupos existen múltiples matices, como el hecho de que, si además resulta que has nacido en Canarias, tienes que tener mentalidad nacionalista y defender con uñas y dientes la patria que te robaron los invasores.

¿Qué tienen en común estos dos tipos de jóvenes electores? Pues que, en ambos casos, no son más que un cliché. Un cliché que, llegado el momento de pensar un poco y de tomar decisiones, transforman sus pseudoconvicciones políticas en un estado de conciencia: lo pienso, lo digo e incluso alardeo de ello, pero no hago nada.

En los extremos opuestos de su intención de voto, resulta que sociatas y pepeperos son tan parecidos que asusta. Y es que los dos parecen compartir, en una parte de ese estado de conciencia, la misma vocación política: la holgura económica de un mundo de derechas y la tranquilidad de una conciencia de izquierdas. Quiero ganar más, comprar más, tener un coche mejor, un ordenador de último modelo y un móvil de última generación… Y bueno, que los pobres no sean tan pobres, para dormir tranquilo cada noche después de apagar el iPhone -el mismo teléfono que el Congreso de los Diputados ha entregado a cada uno de sus miembros tras una inversión de más de 90.000 euros-.

El bienestar personal no debería ser incompatible con una idea de progreso más equilibrado en el que existieran posibilidades para aquellos que ambicionan más sin que ello fuera en detrimento del resto. Y así como no son excluyentes en lo personal, tampoco deberían serlo en lo político. Alejar tanto la derecha de la izquierda sólo nos hace olvidar que hay otras opciones, igualmente merecedoras de nuestra atención, que tal vez compatibilicen mejor lo que ni el PP ni el PSOE han sabido hacer hasta el momento. Así, este bipartidismo nos encasilla entre los que van con greñas y los que se peinan con la raya a un lado sin que los estados de conciencia se conviertan en una realidad de criterios. Y siempre habrá quien esté dispuesto a engañar y a engañarse.

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Vagabundo Pérez

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