Santa Cruz: Bella y Sucia

Carlos Castañosa

Es el contrasentido de una bella ciudad con carencias higiénicas. Los habitantes de Santa Cruz, orgullosos de serlo, asistimos con preocupación al progresivo deterioro de la limpieza urbana.

Vivimos sufriendo la angustia de comprobar el día a día de una suciedad creciente en aceras, calles, plazas, jardines y parques de esta preciosa capital que no merece tanto descuido. Inexplicable por otra parte, puesto que recientes informaciones proporcionan el dato de que el porcentaje de personal dedicado a la limpieza urbana, por número de habitantes, es superior aquí que en la mayoría de urbes peninsulares, algunas de ellas, auténticos ejemplos de pulcritud y civismo. ¿Por qué, entonces, teniendo todo a favor, se produce esta aparente negligencia en nuestra ciudad?

Seguramente abundarán argumentos y opiniones, pero hay evidencias incuestionables. La primera es que la responsabilidad recae en las autoridades municipales. Si el resultado de su gestión es negativo, tienen la obligación de rectificar y adecuar los medios al fin deseado. Otra es la educación cívica. La inmensa mayoría expresamos nuestro orgullo y amor por la ciudad con un comportamiento cívico tan respetuoso como el que practicamos en el propio hogar, donde a nadie bien criado se le ocurriría tirar una colilla al suelo ni pisar un chicle gastado. Sin embargo, cierto es que una exigua pero reseñable minoría no se recata de actitudes desaprensivas que, con desprecio absoluto por el más elemental sentido de urbanidad, ensucia, contamina y degrada un entorno que pertenece a todos. Es una pequeña parcela de población que necesita reeducarse. Claro está que no puede pretender el señor alcalde que seamos el resto de ciudadanos quienes corrijamos a los infractores que escupen un chicle o al que suelta su perro en zona verde para que desahogue sus necesidades. No señor. La ley está para ser cumplida y  hacerla cumplir, y para ello tienen las Instituciones los medios coercitivos necesarios y suficientes con los que imponer el comportamiento cívico. Los cuerpos de seguridad están capacitados para  apercibir o, en su caso, sancionar con proporcionalidad, como sistema de reeducación paulatina que se requiere ante este problema endémico.

Ahora bien; mal puede exigir el responsable del Ayuntamiento gestos de urbanidad a una población indignada, si empieza por acusarla, generalizando, de ser la culpable por ensuciar más de lo debido. Una vez asentadas las premisas anteriores, es cuestión  proponer soluciones eficaces que sustituyan la actitud habitual del lavado de manos. En primer lugar, debieran revisarse las condiciones de servicio con la empresa contratada al respecto y, si en virtud de ese porcentaje favorable antes aludido, no se cumplen las expectativas, habrá que obligarla a optimizar sus recursos humanos o cancelar contrato por incumplimiento y sustituirla  por otro servidor. El estímulo y concienciación de la educación cívica de la antes aludida minoría marginal que así lo necesita, también es competencia exclusiva de la institución municipal. En los temas puntuales, la actual dejación de funciones es flagrante.

¿Cómo puede consentirse la pegada mugrienta de carteles publicitarios en los muros y entradas del Parque Cultural Viera y Clavijo sin sanción para el anunciante? ¿Parece adecuado paisaje urbano para  paseantes de aquí y de fuera,  junto a chapuceros graffitis?  Y el grave problema de las palomas, animales sin control sanitario, contaminantes en alto grado, que cubren de excrementos nocivos, monumentos, edificios y suelo de esparcimiento para niños. Los turistas que acuden con el folleto promocional repartido en los cruceros, junto con el mapa callejero y la cámara fotográfica en sus manos para retratar; por ejemplo, los vistosos edificios del señero “Barrio de los Hoteles”, declarado Bien de Interés Cultural, con categoría de Conjunto Histórico -Decreto 67 / 2007-; cuando coincidimos con su paseo, suspiramos por que no bajen la vista para mirar lo que pisan, pues su repugnancia es vergüenza para estos anfitriones. Comprendiendo las presiones de las asociaciones protectoras,  lo primero es lo primero, pues el mismo rasero debería aplicarse a las ratas como animalitos de Dios, cuya invasión también es importante en toda de la ciudad, con un nivel de peligrosidad para la salud equiparable a las palomas. También debiera implicarse a Asuntos Sociales en la atención a personas que imprudentemente reparten alimentos en parques y jardines. Incluida una señora, en la zona de Las Ramblas, perfectamente localizada, que todas las mañanas, a primera hora, y a media tarde, con un carrito de la compra repleto de arroz, lo reparte en las alcantarillas donde manadas de ratas esperan puntualmente el ágape cotidiano. Obviamente, ningún ciudadano está capacitado para corregir tamaña aberración. Señor alcalde, ¿nos ponemos a trabajar… todos?

 

http://elrincondelbonzo.blogspot.com/

 

Carlos Castañosa

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