‘Samba’

Samba

A veces es más difícil ser otro que ser nadie.

Se llama Samba, pero ha tenido tantas identidades que a punto está de olvidar cómo se llama y de dónde viene. Después de diez años en Francia y por un error burocrático, la Ley le obliga a abandonar un país en el que ya no es bien recibido. Su caso es solo un ejemplo más de los cientos de miles de inmigrantes repartidos por el mundo que abandonan su lugar de origen para construir otra vida -y veces, otra identidad- en un lugar que en ocasiones es tan hostil como aquello de lo que huyeron.

Sin excesivas florituras pero con una visión a veces demasiado amable de la realidad, Olivier Nakache y Eric ToledanoIntocable, Aquellos días felices– firman y dirigen Samba, una película de carácter social y con buenas intenciones que el algunos puntos falla al intentar forzar la simpatía del espectador hacia sus personajes. Ese afán por ‘caer bien’ hace que Samba pierda muchas veces la tensión dramática de la historia que quiere contar o, en el otro extremo, que se pierda en un dramatismo al borde de la sensiblería que no resulta del todo creíble.

Es una película pensada para gustar y eso le hace perder puntos en cuanto a su argumento, que debería resultar más incómodo, más desagradable, más real. Nakache y Toledano han preferido abordar la parte menos dramática de la inmigración en Francia con personajes que, aún en su complicada situación, son felices y capaces de seguir adelante. Una actitud optimista que se contrapone a la del otro personaje protagonista, una voluntaria social que, aún teniéndolo todo, tiene la necesidad de recomponer su vida desde el sentimiento más básico: el amor a sí misma.

Samba no es la gran película que nos han querido vender, por eso ha necesitado una campaña de marketing importante que únicamente ha revelado su necesidad de alimentarse del recuerdo de Intocable. Pero, como diría un amigo, es una película que ‘se deja ver’.

 

 

Celina Ranz Santana

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