Rumanía y su otra bandera

Bandera rumana exhibida durante las protestasLas protestas de los últimos meses en toda Rumanía amainaron después de que el primer ministro Emil Boc y todo su gabinete dimitieran en bloque. Estamos ahora en uno de esos momentos de calma tensa que suelen tener este tipo de revueltas.

Una tregua a la espera de que se concreten los planes del nuevo gobierno dirigido por Mihai-Razvan Ungureanu, siempre desde la atenta mirada del presidente Traian Basescu. El centro de las principales ciudades se ha vaciado, y la policía y los agentes antidisturbios se retiraron a sus comisarias. Solo la nieve comienza a derretirse, avisando con más de un resbalón que las heridas de las protestas todavía no se han cicatrizado. Quién sabe cuánto durará la calma. Quizás nunca regrese la tormenta. Decía E. M. Cioran que el carácter rumano es un ejemplo de resignación y sometimiento, por lo que, paradójicamente, regresar a las protestas es casi tan poco probable como posible.

Lo que quiero resaltar es la expresividad de uno de los símbolos utilizados en estas manifestaciones, más allá de los carteles y las pancartas de tono sarcástico y crítico que aparecían en las pantallas de televisión, lejos también de esa fraseología hiriente de los típicos comunicados del final de las manifestaciones. Me sorprendió el hecho de que en cada ciudad, en cada plaza, desde Bucarest hasta Iaşi, desde Timişoara hasta Constanţa, desde Cluj hasta Galaţi, se recuperara el símbolo anticomunista de la revolución de 1989. Una bandera con los tres colores de Rumanía: azul, amarillo y rojo, y un círculo recortado en el medio. Un símbolo que nació en el otoño-invierno de 1989, en los meses de lucha contra el régimen de Nicolae Ceauceşcu, donde se quería eliminar el escudo comunista de aquella extinta República Socialista Rumana.

La Rumanía del siglo XXI ha vuelto a sacar de los cajones aquella metáfora del cambio, expresando así el hartazgo de una sociedad que se enfanga en las manos de una élite política incompetente, apresada bajo el control monetario de ciertos organismos internacionales, como la UE y el FMI. Pero parece que la poca intensidad de las protestas en algunos ciudades, y su escasa relevancia en la vanguardia de las manifestaciones, va desgastando la fuerza del símbolo, además del color envejecido de las telas que usan los manifestantes. Es como si el tiempo la hubiera desplazado a una actividad anacrónica, con más romanticismo que utilidad, con más memoria que futuro.

Sin embargo, yo lo veo de otra forma, y es que por alguna extraña razón me fascina esa tela patriótica, recortada y vacía. Abrir en canal una bandera supondría para muchos nacionalistas una usurpación del logro identitario. Pero, mirándolo desde otra perspectiva y alejándonos unos metros, cargándonos también de cierto prisma idealista, parece como si ese agujero redondo fuera una boca abierta, bien abierta; como si la bandera, más allá de su representación territorial tuviera una voz, una única voz desde la que quejarse, desde donde lanzar sus gritos de protesta. Allí donde las palabras de la gente son las palabras de la bandera, con la ternura y la expresividad visual que también tenían los claveles portugueses de la Revolución de 1974
Es evidente que no deja de ser una presentación personal de los hechos -a ojos de un extranjero-, posiblemente con más delirio que realidad. Pero es interesante sentir cómo Rumanía recurre a la voz de su símbolo de vacío como aviso ante sus autoridades.

Tal vez después de esta interrupción de las protestas, aparecerán nuevamente en escena, tal vez no. Pero ha sido toda una experiencia contemplar el poder visual del pasado. Ver como los símbolos tratan de recuperar su lugar en la historia, luchando otra vez en la calle. Sentir cómo hay ocasiones en las que la voz de la gente se unifica hasta converger en un grito de cambio, cómo se combate contra esa plaga de corrupción e incompetencia en la política de todos los países. Y ver que el vacío que la tela representa, debe ser el comienzo de algo nuevo.

Octavio Pineda Domínguez
Lector del Departamento de español
Universidad Babes-Bolyai
Cluj-Napoca. Rumanía

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