Roma.Parte III: una ciudad desde las alturas

Panorámica de RomaCelina Ranz Santana

El tercer día de nuestra estancia en Roma lo habíamos reservado para visitar el Vaticano. Lo que nunca imaginamos es que la jornada venía con sorpresa en la Plaza de San Pedro.

Llegamos andando hasta Termini después de desayunar en la cafertería romano-china que a la que el día anterior nos había llevado Romano. Subimos a una guagua que estaba llena a rebosar de turistas, autóctonos y religiosos y paramos justo al lado de San Pedro.

Nos extrañó un poco que incluso para entrar en la plaza tuviéramos que pasar por un escáner de seguridad, pero la repuesta no tardaría en llegar: la Plaza de San Pedro estaba llena de gente y no dejaban de llegar grupos con pañuelos amarillos y banderas. Además, había dos grandes pantallas a ambos lados de la plaza, música y un ‘escenario’ con un ‘trono’.

Le preguntamos a unos guardas que si se podía entrar en la Basílica y nos dijo que no, que permanecería cerrada hasta después de la misa. Y es que resultó que, por no sé qué circunstancia, había una celebración  especial oficiada por el Papa. Así que nos quedamos a cotillear y mientras esperábamos la aparición de Benedicto XVI una paloma le cagó a Javi en el hombro. Entre esto y el percance que sufrí años antes con Samara, se confirmó que quien viaja conmigo a Roma corre el riesgo acabar con una caca de paloma encima. A todo esto, nuestra conversación ‘trascendental’ mientras esperábamos la llegada del Pontícife giró en torno a si el Papa comerá o no pizza y papas fritas y si, en caso afirmativo, lo hará con los dedos o con cuchillo y tenedor.Benedicto XVI

Después de un rato, apareció el Papa, entre vítores y música brasileña, que parecía más que iba a salir Carlinhos Brown que Benedicto XVI. Pero lo más gracioso es que no salió al ‘escenario’ y ya está, sino que apareció en una especie de Papa-móvil de andar por casa y se paseó entre el público asistente saludando con la mano con tan poca expresividad como los muñecos del Museo de Cera de Madrid.

Visto el Papa, visto todo en aquella plaza por la que ya habíamos pasado tres veces y a la que regresaríamos horas más tarde para visitar la Basílica. Así que nos dirigimos a los Museos Vaticanos y, por suerte, no tuvimos que hacer nada de cola para entrar. Algunas cosas han cambiado desde la última vez que estuve allí. Por ejemplo, me sorprendió que ahora en muchos de los corredores han instalado stands de souvenirs que antes no estaban. No pensé que la crisis hubiera llegado al Vaticano como para tener que montar aquellos chiringuitos por todos lados.

Lo primero que hicimos, aprovechando que era temprano y no había mucha gente, fue ir hasta la Capilla Sixtina, encontrar un buen sitio y sentarnos a analizar los fantásticos frescos que decoran este espacio único. Como siempre, nuestras conversaciones sobre la Capilla acabaron derivando en otras cuestiones menos artísticas, como qué pasaría si un terremoto tirara abajo el techo y se perdiera aquella obra de arte. También hubo tiempo para comentar algunos aspectos curiosos de la Capilla, como el trabajo realizado por Daniele da Volterra, “Il Braghettone”, cubriendo los desnudos ‘indecorosos’ realizados por Escalera de Giuseppe MomoMiguel Ángel en los frescos de El Juicio Final.

Cuando empezaban a llegar más visitantes a la Capilla Sixtina –donde, para el que no esté al tanto, se celebran los cónclaves en los que se elige al nuevo Papa-, y  cuando nos empezaba a doler el cuello de tanto mirar hacia arriba, decidimos que ya era hora de continuar con la visita, que Museo Vaticano había para rato.

Tapices, joyas, esculturas, pinturas, mapas, grabados… y la propia arquitectura del lugar, lo convierten en una visita indispensable. Con todo y, para no variar, nos fuimos a interesar por lo que menos llama la atención: una sala dedicada a los archivos secretos del Vaticano en la que se pueden ver algunas reproducciones de documentos interesantes como la contratación de los servicios de Miguel Ángel para la realización de los frescos de la Capilla, y anotaciones del propio artista, escritas de su puño y letra. También había una sala con esculturas de Bernini que se habían roto y que nos llamaron la atención porque nunca antes habíamos visto qué era lo que había dentro de las estatuas. Y resulta que hay de todo: hierros, paja, masa… Es como el lado oscuro de la belleza.

Y para rematar la visita, salimos por las sinuosas escaleras de Giuseppe Momo, compuesta por dos espirales diferentes –una para el acceso y otra para la salida-, que se entrelazan en un efecto que a la vista parece físicamente imposible.Cúpula San Pedro

Tras comer algo muy rápido por la zona, regresamos a San Pedro, primero para ver la Basílica y luego para subir los 551 escalones que conducen hasta lo alto de la cúpula. Tuvimos suerte, porque llegamos arriba justo cuando comenzaba a atardecer, por lo que disfrutamos de unas vistas espectaculares sobre la ciudad –y también de un frío increíble, pero claro, no se puede tener todo…-. Desde lo alto de la cúpula de San Pedro se puede ver toda Roma y reconocer los lugares más representativos de la ciudad. Además, el cambio de perspectiva ofrece un concepto muy diferente de Roma que poco tiene que ver con el ajetreo de la vida a pie de calle. De alguna manera, y aunque solo sea por el lugar en el que se encuentra, podría decirse que el visitante se encuentra un paso más cerca del cielo.

La simetría de la plaza desde las alturas, las estatuas, las columnas, las luces… Todo parece salido de una dimensión ajena a ésta, más allá del umbral. Una experiencia ‘mística’ necesaria para recobrar fuerzas y emprender el camino de regreso.

Una vez abajo, y tras comprobar que había muchísima menos gente en la Basilíca, nos dimos otro paseíto, más que nada porque no habíamos tenido oportunidad de ver con calma La Piedad de Miguel Ángel, algo que suscitó otra de nuestras divagaciones metafísicas: al parecer, Miguel Ángel era un veinteañero, y eso da mucho que pensar acerca de a qué hemos dedicado nosotros nuestro tiempo y si en algún momento llegaremos a ser recordados por algo verdaderamente relevante.

 

 

 

Celina Ranz Santana

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