Roma. Parte IV: Arrivederci!

ColiseoCelina Ranz Santana

Llegó el día de despedirnos de la ciudad, y Roma seguía teniendo muchas cosas interesantes que mostrarnos. Como quien se despide de un viejo amigo, tras las últimas visitas obligatorias recorrimos las calles de la ciudad rememorando recuerdos recientes que, de repente, parecían la historia de toda una vida.

La jornada anterior había finalizado con un paseo ‘gratis’ en guagua y una cena en el barrio del Trastevere, uno de los más animados de Roma. No teníamos billete de autobús ni opción de comprarlo, así que hicimos lo que hubiera hecho cualquier romano en nuestra situación: subir a la guagua y estar atentos a que no se subía ningún revisor mientras cubríamos el trayecto desde el Vaticano hasta el Trastevere.

Era nuestra última noche en Roma, así que nos dimos un homenaje gastronómico cenando en uno de mis sitios favoritos: el Cave Canem. Nos sentó tan bien la cena que volvimos caminando al hostal.
Por la mañana, desayunamos en nuestro bar de siempre y, como sorpresa de despedida, nos cobraron casi el triple de lo que nos cobraban habitualmente. Pero el sablazo nos pilló en uno de esos momentos de turistas indecisos y no supimos reaccionar a tiempo, así que estuvimos rumiando nuestro enfado hasta que llegamos al Coliseo, después de visitar San Pietro in Vincoli. En esta basílica hay dos cosas destacables desde el punto de vista histórico-artístico, y una curiosa, al menos desde el punto de vista socioeconómico.San Pietro in Vincoli

Por un lado, las cadenas con las que ataron a San Pedro durante su encarcelamiento en Jerusalén. Se dice que cuando estás cadenas se compararon con las del encarcelamiento de San Pedro en Roma, las dos se unieron milagrosamente. Ahora se encuentran en un relicario debajo del altar de la basílica. Justo a la derecha está lo segundo más destacable de la basílica: el Moisés de Miguel Ángel, una estatua que fue diseñada como parte del monumento funerario al papa Julio II. Y también en este punto está el tercer aspecto curioso de la basílica y es que, para apreciar todos los detalles de esta estatua hay que meter dinero en una especie de máquina tragaperras que, una vez realizado el pago, proyecta un foco de luz sobre la obra de arte durante unos segundos. No sé qué es más patético, si pagar para tener un rayito de luz o toda la gente que se queda esperando a ver quién se decide a meter la moneda, para mirar sin pagar. Así que optamos por que, si en algún momento teníamos verdadero interés en saber más acerca de la estatua, miraríamos las fotografías en internet.

Interior del ColiseoLa basílica está al lado del Coliseo, que fue la segunda parada de la mañana. Siempre me he preguntado por qué no hacen una buena limpieza del interior del monumento y lo presentan de manera que el visitante pueda hacerse una idea más realista de lo que fue en su momento. Por el contrario, lo que te encuentras en el interior del Coliseo es un anfiteatro en condiciones de conservación bastante cuestionables, con la zona de la arena totalmente al descubierto –excepto una pequeña zona reconstruida- y llena de malas hierbas. No por ello el lugar deja de ser interesante y especial, pero cuesta imaginar a los 50.000 espectadores que podían llegar a coincidir en sus 80 filas de gradas durante los días que fieras y gladiadores se enfrentaban en batallas hasta la muerte.

La visita al Coliseo también tuvo sorpresa: una señora había saltado la valla de seguridad de uno de los pisos superiores y se había apalancado en una de las repisas del exterior del edificio diciendo que se iba Foro romanoa lanzar al vacío. No sabemos cómo acabó la historia, porque la mañana estaba siendo de por sí bastante movida, con un helicóptero cubriendo la información de la huelga que se celebraba ese mismo día. Por lo menos, en la prensa no apareció la noticia de que nadie se hubiera suicidado en el Coliseo.
Siguiente parada de la mañana: Palatino y Foro. Un paseo que nos ocupó el resto de la mañana y que nos tomamos con la calma habitual del viajero que está a punto de cumplir con la agenda prevista. Desde el Palatino hay algunos puntos que ofrecen panorámicas interesantes de la ciudad, así que fue un paseo bastante fotográfico que completamos con algunos de los monumentos más representativos del Foro: el arco de Septimio Severo, la columna de Focas, el arco de Tito…

Desde el Foro subimos caminado hasta la Fontana di Trevi, haciendo una parada técnica en un ‘pizza al taglio’ para reponer fuerzas. De hecho, la parada se demoró más de la cuenta, porque las pizzas estaban tan buenas que nos arriesgamos con una segunda ronda, mejor incluso que la anterior. Y luego, simplemente, ‘echamos la tarde’. Nos Piazza Navonaquedaban unas horas para coger la guagua que nos llevaría hasta Ciampino, de regreso a casa, y nos dedicamos a revisitar los lugares más destacados de nuestro viaje con la nostalgia anticipada de todas las despedidas.

Hubo una última visita a la Fontana, al Panteón y a la Piazza Navona. Un último helado en ‘La Palma’ y un último café en ‘Sant’Eustachio’. Un último vistazo a la caótica Piazza Venezia y a su gigantesca ‘máquina de escribir’. Un último recorrido por la Vía Nazionale hasta Termini. Y un nuevo adiós que, contrario a lo que diría Joaquín Sabina, sí que maquilla un ‘hasta luego’. Porque todo el que visita Roma siempre regresa… aunque sea en sueños.

 

 

 

Celina Ranz Santana

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