Roma. Parte II: el Universo más allá del colchón.

Museos CapitolinosCelina Ranz Santana

Menuda noche en el hostal… Para empezar, ducharse en la mini ducha del nuestro ‘baño privado’ fue una labor de contorsionista. Luego el ruido de nuestras vecinas de habitación -amigas de Romano, anfitrión del hostal-. Y cuando finalmente estoy dejándome caer en un sueño profundo, resulta que me estoy cayendo, pero de verdad.

Ya lo dije en la anterior entrega: a cualquier cosa la llaman cama. Y mi ‘cama’ estaba compuesta de un par de maderas rotas y un agujero negro a la altura de los riñones capaz de absorber todo el universo dentro de aquella habitación. Me pregunto cuánta gente habrá desaparecido en ese lugar.

Por suerte, escapé de las garras de la cama, pero amanecí escurrida en el interior del colchón y envuelta en la manta. ‘No importa’, pensé. ‘Amanezco en Roma’.

Cuando ya estábamos preparados para salir del hostal, apareció Romano para encender la radio de la cocina -¡qué obsesión!- y para recomendarnos un sitio en el que desayunar ‘capuccino e cornetto’ por 1,50€. Ya de paso, aprovechó para venirse a desayunar con nosotros. Supongo que necesitaba a alguien con quien hablar y era demasiado temprano para encontrar a otros.

Cuando al fin dejamos a Romano en su barrio y encontramos la guagua que necesitábamos, pusimos rumbo a las Catacumbas de San Calixto, saliendo de Roma por la mismísima Vía Appia Antica.

Como ya habrán comprobado nuestros lectores más asiduos, eso de meternos bajo tierra a ver muertos nos llama bastante la atención. Parece que no hay viaje en el que no acabemos pasando por un cementerio. Y es que eso son las catacumbas, un laberíntico cementerio compuesto por una red de galerías de más de 20 kilómetros de extensión.

Un guía en español nos recibió para acompañarnos por el interior del recinto y darnos unas explicaciones un tanto peculiares acerca de lo que íbamos viendo. No sé si fue una cuestión idiomática o que el tipo realmente estaba un poco tocado -tal vez por la gracia divina-, pero lo cierto es que con toda su cara le dijo a una de las visitantes que era ‘anormal’.

Es también costumbre que Javi intente asustarme en lugares oscuros, bajo tierra y cuando estamos rodeados de esqueletos -tampoco es que en un ambiente así haya que trabajarse mucho el susto…-, pero también es costumbre que yo lo pille en mitad de la maniobra y la cosa quede un poco ridícula. Además, con el guía tan particular que teníamos -no nos dejaba hablar, ni hacer preguntas dentro de las catacumbas ni dejar de prestarle atención ni un segundo-, lo mejor era no arriesgarse haciendo bromitas, por si se le cruzaban los cables y nos dejaba encerrados allí abajo o nos llamaba ‘anormales’ y nos ponía de cara a la pared.

Lo que sí fue ‘anormal’ fue lo que hizo cuando acabó la visita. De regreso a la superficie nos llevó a un lado del edificio principal y nos empezó a enseñar fotomontajes de personajes de la Capilla Sixtina con la cara de Cristiano Ronaldo, esculturas con la cara de Messi y disparates múltiples de esos en los que piensas “por Dios, que me traguen las catacumbas”. Al hombre debió de parecerle muy gracioso, porque estuvo un buen rato mostrándonos lo que era capaz de hacer con el Photoshop.Piazza del Popolo

Superado el shock provocado por la imaginación desbordante de nuestro guía, regresamos a la Via Appia para coger de nuevo una guagua y continuar con el plan del día. Sin embargo, al hacer trasbordo en San Giovanni nos confundimos en la dirección que queríamos tomar y empezamos a alejarnos del centro de la ciudad hacia quién sabe dónde. Cuando al fin nos decidimos a bajar y dar media vuelta -porque una cosa es saber que vas en la dirección errónea y otra muy distinta es tomar la determinación de corregir la trayectoria- ya habíamos hecho un recorrido considerable. Al final, volvimos a la San Giovanni e hicimos el recorrido a pie. Primero, hasta el Coliseo -al que no prestamos demasiada atención porque ya lo visitaríamos con calma-, después hacia el Circo Massimo -donde hay que echarle mucha imaginación para intuir lo que era-, y finalmente a la Bocca della Verità, en la entrada de la iglesia de Santa María de Cosmedín. En alguna guía leí que se trataba de una tapa de alcantarilla, pero parece que no está muy clara la utilidad de esta piedra que, según la leyenda, cercena los dedos de los hombres y mujeres que han cometido adulterio… Yo prefiero la versión de la tapa de alcantarilla -no por nada en particular- y es la que siempre cuento como curiosidad porque es, además, la versión menos conocida.

Después de meter la mano en la boca y salir con los dedos intactos -no cuestionaremos los poderes de esta piedra-, visitamos la iglesia y seguimos el recorrido. Primero, el patio de los Museos Capitolinos. En una visita más larga, merece la pena visitarlos, pero eso nos hubiera llevado todo el día. Así que tuvimos que conformarnos con ver algunas de las estatuas que hay en el exterior y con una escena muy típica en Roma, que es ver cómo una pareja se saca sus fotos de boda en los lugares públicos más concurridos de la ciudad.

Desde Piazza Venezia, ese cruce caótico de peatones, coches, motos, tipos vestidos de romanos, carabinieri, vendedores ambulantes y todo lo que se les pueda pasar por la imaginación, llegamos a la Via del Corso y comenzamos a ascender con dirección a la Piazza del Popolo. La intención inicial era la de coger una guagua que nos acercara un poco más a nuestro destino, porque ya estábamos cansados, pero no hubo manera de conseguirlo. Así que caminamos otro rato, nos compramos un panino y comimos sentados en la plaza, contemplando el ir y venir de la gente, los turistas, las cámaras de televisión y los músicos callejeros.

Subimos al Pincio -según dicen, uno de los sitios más románticos de Roma al atardecer y en el que muchas parejas viven su momento Iker Casillas/Sara Carbonero- para tener una primera vista panorámica de la ciudad. Y desde allí bajamos hasta Piazza Spagna, descendiendo por su imponente escalinata.

PanteonEra el momento de incluir un nuevo ‘plato fuerte’ en la ruta, así que, entre tiendas de suvenirs mezcladas con los escaparates de los grandes diseñadores, dirigimos nuestros pasos hacia el Panteón. Antes pasamos por la heladería Giolitti, la más famosa de la ciudad y, probablemente, la más ‘cañí’. Sin embargo, yo siempre he sido más de la heladería La Palma, a un pasito del Panteón, tal vez porque allí probé mi primer helado cien por cien hecho en Roma. Tardamos un buen rato en decidirnos por el sabor que queríamos. Ahora mismo solo recuerdo que uno de los sabores que pedí fue el de ‘Gran Torino’ y que el chico que los servía me miró con una sonrisa y me pregunto ‘¿Gran Torino?’. Y yo, en vez de preguntar qué llevaba, le dije que sí, con toda seguridad. Resultó que el helado, aparte de un montón de chocolate negro -que me encanta- llevaba una buena dosis de licores varios, algo que odio en el chocolate aunque, en esta ocasión, estaba muy bueno.

Las mejores vistas del Panteón no son desde ningún ángulo en particular. Las mejores vistas son aquellas en las que te sientas en las escaleras de la fuente de la plaza y te vas comiendo un helado mientras contemplas el edificio. Así que, antes de entrar, nos tomamos nuestro tiempo para ver el Panteón desde fuera y aproveché la pausa para contarle a Javi la historia de la paloma que le cagó a Samara en la cabeza mientras descansábamos a la entrada del Panteón durante aquel viaje de Interrail que tampoco tuvo desperdicio.

Y después del helado, un café en Sant’Eustachio para entrar en calor. Por lo buenísimo que está el café en este lugar, merece la pena soportar la antipatía de los camareros. Otro truco para calentarse en Roma durante el invierno es meterse en una iglesia, como hicimos después de un recorrido por Campo de’Fiori y antes de emprender el camino de regreso al hostal. Es un truco ‘espiritual’ que también sirve durante el verano, cuando quieres huir del bochornoso calor romano. La verdad es que me quedé dormida sentada en aquel banco mientras un grupo de mujeres rezaba el rosario. Un lugar ideal para el descanso, nada que ver con el agujero negro de mi cama.

 

 


Celina Ranz Santana

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