Roma. Parte I: Regreso al pasado

Piazza NavonaCelina Ranz Santana

Si pudiera elegir un lugar en el mundo al que regresar con solo cerrar los ojos, no lo dudaría: Roma. No sé que tiene esta ciudad de adoquines, calles estrechas y tráfico descontrolado, pero cada vez que vuelvo me sorprende con algo. Y cada vez que me despido de ella sé que solo es un ‘hasta pronto’.

He estado en Roma en todas las estaciones del año, pero no podría escoger una en concreto. La capital de Italia es una ciudad cambiante que se erige sobre los sólidos cimientos de la Historia, y eso le permite avanzar sin desprenderse nunca de sus raíces y mostrarnos algo nuevo en cada visita.

Me gusta presumir de que he visitado Roma casi una decena de veces, para qué negarlo. Es posible que mi relación con esta ciudad comenzara mucho tiempo antes de visitarla por primera vez como estudiante, hace casi diez años. En el instituto, una profesora de Latín a la que recuerdo con mucho cariño, hizo que me ‘obsesionara’ con su asignatura y con la ilusión de visitar algún día la ‘Ciudad Eterna’. Ya en la Universidad cambié las lenguas clásicas por el italiano moderno y en cuando tuve la oportunidad, cogí la maleta y me planté en la ciudad que crece a orillas del Tíber.

Desde entonces, he visitado Roma con diferentes personas, en diferentes momentos y por diferentes motivos, pero siempre con una sensación de intimidad y nostalgia que hasta ahora no he sentido en ningún otro rincón del mundo.

En esta ocasión, el viaje fue un regalo adelantado de cumpleaños. Soy de la opinión de que los cumpleaños deben regirse por un estricto sentido de la temporalidad -cada cosa en su momento-, pero cuando se trata de viajes hay que ser un poco flexibles con las fechas. Además, eso me ha permitido celebrar doble cumpleaños, así que la jugada no ha salido tan mal.

El 14 de noviembre aterrizamos en el aeropuerto de Roma-Ciampino después de una panorámica aérea de de la ciudad. Primera sorpresa: nunca antes había cogido un vuelo que me permitiera ver Roma desde las alturas.

Cogimos una guagua desde el aeropuerto hasta la estación de Termini, con el correspondiente retraso de media hora. Y es que si los españoles somos impuntuales, lo de los italianos es punto y a parte. Aquella primera toma de contacto con la ciudad fue un toque de atención para recordarnos que las cosas en Roma hay que tomárselas con paciencia.

El hostal que habíamos reservado estaba cerca de la estación. No es la mejor zona de la ciudad, desde luego, pero los precios del alojamiento en Roma son desorbitados y, desgraciadamente, pagar más no es una garantía de mejor calidad. Cuando encontramos la calle de nuestro Bed & Breakfast, lo primero que vimos fue un post-it con mi nombre pegado en el telefonillo del que supuestamente era nuestro portal. Pero no me dio tiempo de leerlo: en seguida apareció un hombre saliendo de un garaje y preguntando por mí. Era Romano -romano de Roma y de nombre-, el dueño del hostal.

Entramos en el edificio, uno de esos palazzi con un gran recibidor pero viejos, fríos y oscuros como ellos solos… y subimos por sus enormes escaleras hasta el primer piso. Romano abrió una puerta y…¡sorpresa!. Nuestro Bed & Breakfast. Y es que a cualquier cosa la llaman ‘cama’ y a cualquier cosa la llaman ‘desayuno’. La verdad es que no me sorprendió demasiado el aspecto viejuno del lugar la radio cochambrosa escupiendo canciones ochenteras o el mobiliario que era una mezcla entre lo mejor que puedes encontrar en un rastro y lo peor que puedes sacar de casa de tu abuela. Pero el olor penetrante a mostaza en el hall era otra historia: aquello no había forma de aguantarlo. Bueno, tal vez con un poco de humor, de ese humor que te deja paralizado en un primer momento pero que luego hace que se te salten las lágrimas de risa. Y es que nuestro anfitrión era todo un personaje: después de una charla interminable sobre la ciudad -a pesar de que le dijimos que yo ya la conocía-, nos dijo los nombres de todos los monumentos que aparecían escritos es un mapa que nos dio -y, si estaban ya los nombres, ¿por qué nos obligó a prestarle atención mientras leía?- y luego nos dio un folleto con las ofertas del supermercado de la calle -que es como si el recepcionista del hotel te da una publicidad del Mercadona de la esquina- y nos animó a cenar en un restaurante que hacía esquina, que estaba muy bien de precio y que servían platos muy buenos: ‘La Famiglia’ -“ah… la familia… repetí en mi mente, con acento mafioso”-.Basílica de San Pedro

Una vez solucionado el tema del pago, tras descubrir que nuestro ‘baño privado’ estaba al otro lado del pasillo y junto a una ‘cocina’ -ah, es verdad: a cualquier cosa la llaman cocina…- en la que tanto nosotros como el resto de las habitaciones podía prepararse su desayuno -ya sabemos por qué Romano reparte folletos de supermercado- y después de explicarle que no nos hacían falta un par de toallas grandes por un euro cada una porque ya teníamos de todo, dejamos las cosas en la habitación y nos lanzamos escaleras abajo para dar el primer paseo por la ciudad.

La ventaja de ir con alguien que más o menos sabe por dónde moverse -y vuelvo a presumir de mi experiencia romana-, es en una sola tarde puedes recorrer lo más destacado de la ciudad. Desde Termini hasta la Fontana, luego al Panteón y Piazza Navona y una parada técnica en la pizzeria Baffetto, para reponer fuerzas.

Como es costumbre, la cena estuvo genial -y el vino, ni digamos…- pero los camareros de la pizzeria no se caracterizan precisamente por su simpatía. Después de intentar sentarnos con calzador entre una pareja de italianas y una de turistas despistados, pedimos al camarero permiso para sentarnos en otra mesa vacía en la que estaríamos mucho más cómodos y éste, con especial simpatía, nos lanzó la carta sobrevolando las cabezas de dos americanos que se quedaron perplejos con el trato recibido. Todo sea por la pizza…

Para bajar la comida, continuamos el paseo hacia la Piazza dell’Orologio, que es donde sigue estando mi escuela de italiano, escuela a la que, por cierto, también fue la escritora de Come, reza, ama -otra de esas anécdotas que suelto cada vez que me surge la ocasión y a la que, quienes ya la oyeron en su momento, dejan de prestar atención-.

Calles desiertas y el frío penetrando en los huesos. Nada que ver con mi última visita a la ciudad, en pleno viaje de Interrail con mi amiga Samara, el verano de 2007. Atravesamos el Tíber con las manos escondidas en lo más profundo de los bolsillos del abrigo y desde el Castel Sant’Angelo continuamos el peregrinaje hasta el Vaticano para detenernos un rato frente a San Pietro y su imponente cúpula, en el centro de una plaza desnuda que abraza al visitante con casi trescientas columnas, bajo la atenta mirada de 162 estatuas.

Como presentación, el paseo no estuvo nada más. Pero como nos quedaban fuerzas para seguir caminando, regresamos al hostal a pie, atravesando el Corso Vittorio Emmanuele y tomando luego la Via Nazionale hasta nuestro destino. Era el momento de un merecido descanso… pero, como ya he dicho antes, a cualquier cosa la llaman ‘cama’.

 

 


Celina Ranz Santana

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