Rimeik

El mensajero del miedoCojamos El Guernica, de Picasso. Sustituyamos el blanco por el amarillo. Démosle volumen, hinchando en algunas zonas el lienzo. Pongamos luces de neón a su alrededor. No sé si les gusta, pero eso es un remake.

Al menos es lo que se suele hacer con los remakes de las películas que han funcionado. Normalmente hace mucho tiempo, normalmente en Estados Unidos. Últimamente parece que tampoco debe pasar demasiado tiempo, aunque no es el caso de The Manchurian Candidate (El mensajero del miedo) de la que vi la versión contemporánea el otro día en televisión, después del partido de España contra Honduras. Y digo que no es el caso de esta película porque la primera versión, protagonizada por Frank Sinatra, es de 1962. Bueno, qué decir, me gustó más el partido de fútbol.

Las segundas versiones o remake, fenómeno que sólo ocurre en cine, siempre están a la sombra de los originales y son, aplicando el término que William Goldman aplica a las segundas partes, películas de putas. Esto es, hechas con el único objeto de ganar pasta. Aunque estén firmadas, como en este caso, por Jonathan Demme.

La película original me pareció más interesante precisamente porque estaba más acartonada, es decir, era más buena porque era más mala. Estaba al borde de la serie B, resultaba un tanto pueril y sin embargo todo eso la hacía más inquietante, más sombría, más especial. Como si la hubiera rodado un Terry Gilliam de los 60. En este caso, John Frankenheimer.

Y es que estamos en una época en que sólo se considera bueno aquello que esté pulido, que sea más limpio, que no tenga interferencias. Igual que nos dijeron que los CD’s eran mejores que los vinilos, nos dicen que una película en color del siglo XXI con Denzel Washington es mejor que una de los 60 con Frank Sinatra. Tenemos más medios, mejores equipos y más escuelas de cine. Tengan un sonoro aplauso los del circo del siglo XXI. Un aplauso digital.

No soy ningún purista, entiendo que el cine es un negocio, o al menos un tipo de cine ha de serlo pero también se puede hacer caja de otra manera. Haciendo Los cazafantasmas, por ejemplo. O Big. O tantísimas otras buenas películas que han aunado diversión y buen hacer.

Todos seguro que recordamos el caso del remake de Psicosis, de Gus Van Sant, que, a pesar de que no la vi entera (también la pillé en la tele) pude apreciar que era un calco exactísimo del original. Es curioso, pero creo que ese brutal calco de la original era algo original en sí mismo. Llámese autoparodia, llámese ensayo sociológico para comprobar cuál es la naturaleza del cine en función de la sociedad de cada época, llámese Gus Van Sant. Un tipo controvertido donde los haya, que lo mismo te filma El indomable Hill Hunting como te filma Gerry, una de las películas más extrañas que he visto en mi vida, con la colaboración en el guión y en la interpretación de dos tipos igualmente interesantes, Casey Affleck y Matt Damon. Gus Van Sant, el creador de la maravillosa Elephant y la insoportable Mi idaho privado.

Quizás esa nueva versión de Psicosis constituya toda una reflexión acerca de la naturaleza del cine y del negocio inherente a este arte masivo. Y es que en pocas ocasiones un remake logra salirse del cajón de las películas de putas, como pocas veces segundas partes fueran buenas, a excepción, todo el mundo lo sabe, de El Padrino II y pocas más.

Existe una especie de remake que no se puede meter debajo de ese estrecho paraguas y tiene que ver con la naturaleza misma del creador auténtico. Pienso en las tres películas que ha hecho Woody Allen y que son, en el fondo, la misma película: Delitos y faltas, Match Point y El sueño de Cassandra. Claro que, ole sus cojones, si alguien puede hacer un remake que sea un remake de uno mismo. Y, si quieren, vayan a ver la película, y si no, pues no. Woody Allen dice que tiene más espectadores en París que en todo Estados Unidos. Claro que, por otro lado, estas tres películas parten de la idea central de Crimen y Castigo, la novela de Dostoievski, pero esa es otra historia…

Así que los remake están a la sombra de los originales y en The Manchurian Candidate se produce la circunstancia de que se hace una versión moderna sobre una película que versa sobre cuál es la verdadera naturaleza humana, hasta dónde llega nuestra identidad, nuestro propia esencia como individuos y hasta dónde nuestro estado de enajenación y sometimiento a un control invisible, un poco como en el caso de la estupenda Conspiración, de Richard Donner. Y esto me resulta paradójico, porque si bien un remake está a la sombra de la original, de alguna manera oculta a aquella, como ha hecho la Iglesia con las antiguas fiestas paganas, disfrazándolas de fiestas religiosas. ¿No es esto una forma de manipulación también?

Puede que se me haya ido la pinza, que el discurso no resulte del todo coherente. O puede que no sea yo mismo quien está hablando, sino alguien que ha manipulado mi mente…

Alberto García

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.