Rimbaud, el decadente

Arthur Rimbaud“La vida es la farsa que todos debemos representar”, Una temporada en el infierno

Fue uno de esos escritores precoces cuyo principal divertimento fue escandalizar a la élite literaria parisina. Pero a pesar de los polémicos episodios que marcaron su trayectoria, la calidad de sus escritos se encuentra por encima de todo prejuicio.

Arthur Rimbaud nació en una familia de clase media en una zona rural del nordeste de Francia. Su padre fue capitán del ejército y su madre era una persona extremadamente autoritaria, por lo que intentó educar a sus hijos en una moral muy estricta. Al menos en el caso de Rimbaud, fracasó.

El joven Arthur era un muchacho inquieto y curioso con una extraordinaria capacidad para la escritura. De hecho, ya antes de cumplir los quince años había ganado numerosos premios literarios. Pero Rimbaud tiene un mundo interior demasiado caótico como para seguir desarrollándose en la sociedad de su época y canaliza toda esa rebeldía interior en una conducta que se volverá cada vez más irreverente. Casi con el aspecto de un vagabundo, el escritor deambula por el mundo hasta que, tras enviarle una carta al eminente poeta simbolista Paul Verlaine, es invitado por éste a pasar una temporada en su casa junto a su esposa. Al poco tiempo, los dos escritores iniciarían una tormentosa relación sentimental en la que no habrían de faltar los escándalos y las adicciones a todo tipo de sustancias. La pasión entre Rimbaud y Verlaine llega hasta tal punto de que éste decide abandonar a su mujer y a su hijo recién nacido para iniciar una nueva vida junto al joven escritor. Pero la relación no llegaría a buen puerto. Tras una violenta disputa, Rimbaud recibe un tiro en la muñeca y decide denunciar los hechos a la policía: como consecuencia, Verlaine fue condenado a dos años de prisión y Rimbaud aprovecharía el momento para trasladarse a Londres. Curiosamente, volverían a encontrarse años después, al poco tiempo de que Verlaine fuera puesto en libertad, pero para entonces Rimbaud ya parecía haberse cansado de su truculenta vida anterior y no estaba por la labor de seguirle el juego a un castigado Verlaine que abandonaba el lugar del encuentro con cortaduras de navaja en la cara –venganza de Rimbaud o ataque de locura, nunca quedó claro-.

Se abría entonces una nueva etapa en la vida de este poeta ya consagrado entre los grandes del movimiento simbolista y decadentista. Y sería ésta una etapa de grandes viajes por Europa, Indonesia, Yemen y Chipre –llegó a alistarse en el ejército para viajar gratis por el mundo-. Y finalmente se instaló durante una temporada en una región de la actual Etiopía, donde al parecer abandonó la Literatura para dedicarse a la vida de mercader. Muchos biógrafos señalan que incluso llegó a traficar con armas, y que fue así como logró hacer una gran fortuna Por cuestiones médicas tuvo que regresar a Francia, concretamente a Marsella. Allí habría de morir a los 37 años de edad después de que le amputaran una pierna a consecuencia del cáncer que padecía.

 

 

 

 

 

 

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