Reflexiones de un no monárquico

Carlos Castañosa

¡Cuánta vergüenza ajena pueden llegar a transmitir quienes debieran ser espejo y paradigma de buenas costumbres!

El ínclito y chirriante Don Arturo Más forzó su comprometida agenda para poder asistir a la ceremonia de entronización del nuevo rey Felipe VI. Loable gesto, en apariencia, de quien institucionalmente representa a una Comunidad Autónoma, dentro del Estado Español, cuyos votantes han depositado en él la defensa de sus intereses y la protección de sus derechos.

Pero quizá haya desviado las promesas electorales de servicio a su pueblo, hacia una vocación individual que ha procurado arropar con el adoctrinamiento masivo de los más vulnerables y predispuestos a la manipulación de sus propios sentimientos y visceralidades, apartando convenientemente el sentido común y el uso de razón.

Las técnicas oficiales de propaganda capciosa están suficientemente articuladas en los manuales correspondientes (“Armas silenciosas para guerras tranquilas”). En ese contexto de operaciones encaminadas al intento de pasar a la historia como tal Libertador de alguna patria, su asistencia al ceremonial solo tenía como objetivo la imagen final de negar el aplauso al discurso del nuevo monarca mientras el resto lo rubricaba con una prolongada ovación.

Lo acompañó en la grosería su colega vasco, codo con codo en la tribuna de autoridades. (Por lo menos, se pusieron en pie para no quedar como aquel candidato a presidente que permaneció grotescamente sentado al paso de la bandera de un país invitado a casa).

Todas las ideologías, posicionamientos políticos y vocaciones independentistas merecen ser oídas y son dignas de todo el respeto del mundo. Pero el respeto también hay que merecerlo mediante el simple ejercicio de respetar a los demás. Sería un contrasentido exigir deferencia, amabilidad y buenas maneras para quienes prescinden de un mínimo de cortesía, intentan insultar en las formas y muestran una vergonzosa falta de educación elemental. Solo pueden aspirar al rechazo de aquellos a quienes tratan de agraviar, que ni siquiera se verán afectados por aquello de que no ofende quien quiere…

Pero el daño colateral lo sufren, en forma de vergüenza ajena, los ciudadanos que asisten desde fuera al bochornoso “no gesto”. Un pueblo soberano que se siente insultado por el deleznable comportamiento de quienes debieran ejemplarizar con expresiones de calidad humana, no con actitudes de baja estofa que en realidad indican la deplorable entidad de unos fatuos y repudiables personajes.

¿Se pusieron de acuerdo Urkullu y él antes de empezar el discurso, al final cuando la gente empezó a aplaudir, o se llamaron antes por teléfono para pactar el impresentable alarde de grosería?

Es de imaginar que sus respectivos votantes estarán orgullosísimos de tan magníficos líderes. Con ellos, al fin del mundo… ¡Qué horror!

 

 

Carlos Castañosa

elrincondelbonzo.blogspot.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.