Reflexión a la española de un no monárquico

monarquía

Juan Carlos I

Comportamientos individuales de D. Juan Carlos de Borbón han puesto en la picota a nuestra monarquía

Institución que ostenta la jefatura del Estado de España desde 1978, como consta en la Constitución, refrendada por el 87,78% de votos (16 millones de síes frente a 1,5 de noes), como solución óptima para configurar la transición de una dictadura hacia un «Estado social y democrático de derecho que propugna como valores superiores del ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político»

Todo salió bastante bien por cuanto el resultado, al cabo de casi medio siglo, ofrece un balance positivo. Aunque últimamente se ha deteriorado mucho el ambiente político y social al que tanto sacrificio, abnegación y renuncia aportaron los líderes de entonces; en contraste con la beligerancia cutre de los actuales, cuya mediocridad, carencias morales y ambiciones patógenas ponen en riesgo tantos logros.

El ideario, doctrina o credo de cualquier institución, organismo o religión, suelen ser perfectos en su código ético. Sobre el papel, nada falla. Pero interviene el factor humano con su fragilidad mundana y propensión al pecado para desvirtuar el texto fundacional. Es ley de vida, y como tal contemplado en el apartado de posibles sanciones en los respectivos estatutos.

Es el medio de proteger a la entidad ante posibles desvíos conductuales en alguno de sus componentes. La monarquía, como órgano funcional, no puede  sustraerse a este sistema de control. Y si uno de sus miembros infringe las leyes, debe asumir su responsabilidad. En este caso con el agravante moral de quebrantar un compromiso ejemplarizante ante el pueblo soberano; como tal definido en la Carta Magna.

Somos propensos a creer que, como estructura política, las monarquías desaparecerán del mundo con el paso de los siglos, pues algún matiz como las cuestiones dinásticas, la condición hereditaria, la no votación en directo, o la obsolescencia machista de una ley sálica, todavía pendiente de abolición en nuestro ordenamiento jurídico, no son compatibles con el concepto de democracia moderna. Lo que no es óbice para que en algunos regímenes tercermundistas, con ínfulas republicanas, se practiquen esos mismos desvíos sucesorios y electoralistas, en tal caso fuera de legitimidad y ajenos a una doctrina pretendidamente democrática.

Desde los albores de la humanidad han existido reyes, reinas y reinados, bajo distintas acepciones de sátrapas, emperadores, reyezuelos y otras tiranías, siempre con un dedo índice popular, a veces populista, señalando la salida hacia el exilio como alternativa suave a otras soluciones de cambio más drásticas, tipo guillotina, golpe de estado o magnicidio.

El esperpéntico y exiliado rey Faruk, último “faraón” egipcio, vaticinó desde sus menguadas dotes de pitoniso que no le importaba su derrocamiento, pues en pocos años solo quedarían en el mundo cinco reyes: los cuatro de la baraja y la reina de Inglaterra. Falló en esto como en su fracasado ejercicio regio; pues en la actualidad, los países más avanzados en economía, bienestar social, cultura y estabilidad política exenta de corrupción, son las monarquías parlamentarias del norte de Europa, donde el concepto de democracia se ajusta con precisión a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como paradigma y ejemplo a seguir por los pueblos que conforman, conformamos, la civilización occidental.

Con el debido respeto a la Constitución, a una bandera varias veces jurada y al sistema monárquico impuesto por votación popular, deseo que la presunta “deposición real” sea depurada según merezca y que la institución siga indemne en manos del monarca Felipe VI, que esperemos pase a la Historia como el mejor entre sus predecesores dinásticos, (para lo que no tendría que esforzarse demasiado). Pero por el bien de España, sus extraordinarias condiciones humanas, intelectuales y morales, muy favorecidas por la prevalencia y alta calidad de su genética materna, le permitirán salir del atolladero en que se ha visto metido por “problemas de familia”. Necesitará de todas sus facultades y capacidad de liderazgo para contrarrestar la que se nos viene encima por culpa de su paterna y emérita majestad.

Lo mejor de vivir en un Estado de Derecho es poder opinar en libertad, con respeto a otros criterios y abierto a la discrepancia. Últimos acontecimientos han alborotado conciencias antimonárquicas a favor de una 3ª república, como alternativa política para un país en crisis generalizada por la pandemia y sus perniciosos efectos colaterales. Junto a la buena fe de quienes se sienten  republicanos, con la legitimidad de que las ideas son como las huellas dactilares: muy personales, indelebles y, por ende, difíciles de modificar, suele aparecer el activismo antisistema. Oportunistas dispuestos a la destrucción so pretexto ideológico y con el disfraz de la solidaridad reivindicativa.

La democracia como instrumento político, no es perfecta; pero sí la mejor opción teórica como estructura de una sociedad civilizada con derechos individuales y colectivos declarados por escrito. Otra cosa es la realidad y la  aplicación torticera que tantas veces contamina su espíritu. La etimología de democracia, “gobierno del pueblo”, se utiliza como arma arrojadiza con una facilidad repugnante. Abanderada por todos y profanada por muchos. Desde una ultraderecha agitándola a ladrido limpio, hasta grupos terroristas y golpistas secesionistas, pasando por trasnochados comunistas, fuera de carta pero “demócratas de toda la vida”; infiltrados en el gobierno con aviesa intención corrosiva. ¿Cómo se entiende que quienes odian a España decidan sobre su presente y su futuro? ¿Quién consintió y a quién interesó que así fuera y por qué? Aberración preocupante ante la intensa  agitación con aspiraciones regicidas. Aunque por fortuna, estos movimientos subversivos no tienen cabida en la civilización occidental actual.

Sobre una república como alternativa creo, opinión muy personal, que debemos conducir con la mirada puesta en el futuro, pero sin perder de vista ambos retrovisores; para evitar que nadie nos atropelle, por la izquierda o por la derecha.

El recuerdo histórico del frustrado experimento republicano y las graves consecuencias de su estado de terror en el escenario de una democracia fallida, no debe ocultarse por conveniencias ideológicas. Ya casi nadie recuerda las “sacas”, los “paseos”,  las “checas”, la guardia de asalto, fusilamientos masivos, iglesias y conventos incendiados, el clero católico masacrado y demás atrocidades… Aunque la memoria histórica se centró en exclusiva en la cruel represión franquista tras los trágicos episodios que precedieron a un golpe de estado y a la sangrienta guerra civil, que hoy algunos quieren resucitar para sacar tajada, no deben ignorarse los otros contextos históricos. Intentar borrarlos o tergiversarlos quemando libros es de analfabetos… o de doctrinarios dogmáticos malintencionados.

Me gusta esto de ser español y lo disfruto. Estoy en ello y espero seguir siempre en la misma longitud de onda. Es por lo que creo que nuestra monarquía, al lado de otras posibles opciones de alto riesgo, de momento es un mal menor suficiente y necesario para nuestras expectativas de futuro inmediato… Dentro de otro siglo… ya veremos…

 

Carlos Castañosa Calvo

elrincondelbonzo.blogspot.com

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