Raymond Moody y las experiencias de muerte compartida

Raymond MoodyJosé Gregorio González

A finales de la década de los setenta del siglo pasado, el doctor Raymond Moody sorprendió al mundo entero con la popularización de las llamadas ‘experiencias cercanas a la muerte’, un tipo de vivencias que hasta la fecha apenas habían trascendido públicamente, pero que con su libro Vida después de la vida pasaron a formar parte del imaginario popular.

Según su trabajo, aquellos que habían estado en la frontera de la muerte describían percepciones que insinuaban la supervivencia de la conciencia tras la muerte. Ahora, Moody regresa con una nueva investigación, en este caso relativa a las experiencias de muerte compartida.

Raymond Moody visita Canarias dentro de unos días, concretamente el 26 y 27 de noviembre, con motivo de un seminario que impartirá en el tinerfeño Hotel Maritim. Compartirá cartel con la afamada médiums canadiense Marilyn Rossner, aunque hablando cada uno de lo suyo: él, de la visión científica de este tipo de experiencias fronterizas con la muerte; y ella, la visión personal y  vivencial de alguien que asegura poder ver y relacionarse con los espíritus. Lo organiza Mayte Padrón y el interés que ha despertado esta doble visita, justifica con creces que en esta sección repasemos la más reciente investigación del psiquiatra americano. Para saber más de dicha visita, ir aquí.

EXPERIENCIAS DESCONCERTANTES

Hoy en día las experiencias cercanas a la muerte, o “de muerte y entrada en el túnel” como también son denominadas, son sobradamente conocidas, en gran medida gracias al impacto divulgativo que supuso la publicación de Vida después de la Vida del doctor Raymond Moody, una obra traducida a decenas de idiomas y con millones de lectores compartiendo fascinación y sorpresa por este tipo de vivencias. Hasta la época en la que Moody habló de ellas al gran público éstas experiencias se quedaban en la esfera personal, no trascendían del entorno familiar o del personal medico que asistía como testigo a estos “retornos” de la muerte. La “ECM tipo” incluye una serie de etapas identificadas por Moody en sus años de discreta investigación, fases que arrancarían tras producirse y muchas veces certificarse la muerte clínica del paciente. La salida de la conciencia fuera del cuerpo y la contemplación externa de su propio cuerpo físico inerte suele ser el comienzo de la ECM, una fase en la que a veces el protagonista observa como el personal médico u otras personas intentan reanimarle o auxiliarle. Esta etapa se convierte en especialmente interesante al proporcionar información susceptible de ser verificada sobre los escenarios, comportamientos, protagonistas e infinidad de asuntos vinculados con el momento vivido, un momento en el que el cuerpo del protagonista no tiene “conciencia” ni “autonomía”. Es frecuente que esa información incluya datos que no pueden ser explicados salvo que, efectivamente, el sujeto haya vivido una experiencia extracorpórea que le permitió desplazarse fuera del lugar de los hechos o contemplarlos desde una perspectiva espacial muy diferente a la que ocupaba su cuerpo inmóvil. Tras este momento esencial la ECM suele proseguir con el desplazamiento del sujeto a través de un túnel o un recipiente curvo al final de cual se vislumbra una luz cálida y reconfortante. Es frecuente que en ese tránsito se describan, con grandes esfuerzos para encontrar los adjetivos adecuados, olores, sabores, colores, texturas y sonidos con características desconcertantes, así como la percepción o bien una definida contemplación de seres queridos ya fallecidos que parecen salir al paso para aportar tranquilidad. Al final del “trayecto” el individuo se encuentra con un ser de luz, identificado frecuentemente con una figura religiosa, del que emana una indescriptible ternura y amor y junto al que realiza una revisión minuciosa de su vida. El sujeto revive infinidad de momentos con todo lujo de detalles, sintiendo el efecto agradable o desagradable que sus acciones generaron en otras personas. Finalmente y a pesar de lo placentero de la vivencia y el nulo interés en retornar a lo cotidiano, el protagonista que vive una experiencia de muerte clínica es “invitado” a volver  con su vida, a regresar a su día a día aún cuando ese día a día ya no volverá a ser el mismo. Puede darle un trayecto de retorno o directamente verse nuevamente dentro de su soporte físico, con todas las percepciones y sensaciones lógicas de la situación que su cuerpo ha estado protagonizando. Lo vivido opera un cambio, hasta cierto punto lógico al haber estado al borde de la muerte, en la manera de percibir el mundo y en los criterios y prioridades de sus futuras vidas.

MUERTE COMPARTIDA: UN PASO A LA OBJETIVIDAD

La comunidad científica vivió una auténtica convulsión cuando las ECM se convirtieron en un asunto de conocimiento general, del que hablaban abiertamente los profesionales del ámbito de la salud. No faltaron enfoques críticos, escépticos frente a unos relatos que eran tachados de subjetivos, de creaciones fantasiosas de los pacientes, generadas por el estrés extremo de una situación de muerte inminente, la falta de oxígeno a nivel cerebral y otras concomitancias como el incremento de la actividad eléctrica cerebral. La salida del cuerpo era una simple apariencia; la visión del túnel un recuerdo del nacimiento a través del útero –aunque poco les importa que el bebé tenga los ojos cerrados¡- o bien un efecto de la fisiología neuronal; el encuentro con seres fallecidos, las percepciones sensoriales, el ser de luz o el repaso vital, se explicarían como alucinaciones placenteras provocadas por la mente –por falta de oxígeno, como efecto de la anestesia, etc- para aliviar el estrés de una muerte que se valora como inevitable. Al margen de todo ello, el “fenómeno Moody” provocó que más y más testimonios llegasen a sus archivos y que decenas de otros expertos se interesasen por el asunto abordando múltiples aspectos y poniendo en marcha investigaciones que continúan desarrollándose. En los centros hospitalarios canarios, al igual que en los de cualquier otro lugar del mundo, el personal conoce muchas de estas historias, a las que se suelen referir con expresiones como “otro que volvió”, “otro que estuvo en el túnel” y similares. No obstante, la nueva sorpresa y debate abierto por Raymond Moody viene dado por las conclusiones de su nuevo libro “Destellos de Eternidad”, publicado en España por Edaf, en el que se ocupa de otro tipo de experiencias bastante similar, pero protagonizadas por los acompañantes de los moribundos. A falta de un término mejor las ha denominado “experiencias de muerte compartida” y parecen ser tremendamente abundantes y conocidas por familiares y personal sanitario. Los testigos en este tipo de casos son personas sanas y despiertas, que narran experiencias detalladas, lúcidas y sorprendentes, que no pueden ser atribuidas a la falta de oxígeno o al efecto de la medicación. Un buen porcentaje son vividos incluso de forma colectiva, ante la muerte de otra persona. Como explica el propio Moody en su nuevo libro a cerca de estos casos, “las experiencias de muerte compartidas me han enseñado que estar próximos a la muerte puede significar también, sin duda, estar próximos a la muerte de otros. Estar en presencia de la muerte, no necesariamente de la nuestra propia, tiene algo que puede abrir una puerta a un mundo superior; es una puerta que los que se están muriendo pueden abrir a los que seguirán viviendo”

Pero, ¿qué sucede en estos casos? ¿Qué ven aquellos que acompañan en el proceso del morir a otras personas? El autor ha concretizado siete fases o etapas, aunque al igual que sucediera con las ECM, advierte que no siempre se tienen que dar todas. Esencialmente en el momento de la muerte el acompañante percibiría un cambio en la percepción de la geometría del lugar, como si el entorno se transformarse por completo en cuanto a volumen, textura…una primera fase difícil de verbalizar. La presencia de una luz mística es otro factor frecuente, una luminosidad especial que envuelve al moribundo y a la habitación, una luz reconfortante que casi se puede tocar y que parecen ejercer un efecto transformador positivo. La audición de música y sonidos muy particulares e indescriptibles constituye un tercer factor. El cuarto viene dado por la experiencia extracorpórea, experimentada por el acompañante, que a veces puede verse también junto al “doble astral o espiritual” de la persona que está a punto de fallecer, con el que puede comunicarse. Una quinta etapa o elemento es el concerniente al repaso de la vida del moribundo, una fase también muy interesante en la que el testigo vive junto a la persona que está en el trance de muerte la revisión muchos momentos vitales, frecuentemente, de episodios a cerca de los cuales el acompañante no tenía conocimiento previo y que posteriormente puede verificar. Contemplar planos o escenarios “celestiales”, muy difíciles de describir, constituye la sexta característica, mientras que la séptima viene dada por la visualización de una niebla o nubecillas, como vapor de agua, que emite o sale del cuerpo del moribundo justo en el momento de su muerte y que, obviamente, tiende a ser asociada al concepto de espíritu o alma.

Resulta lógico que a lo largo de las últimas décadas el Dr. Moody haya aprendido a convivir con las críticas hacia sus estudios sobre las ECM, pero la casuística que ahora presenta previsiblemente le va a reportar una nueva ración de controversia. A fin de cuentas, ¿cómo explicar éstas experiencias de muerte compartida? ¿Alucinaciones generadas para consuelo de los familiares, que sienten alivió ante una “supervivencia” tras la muerte de los suyos? Parece demasiado rebuscado y complejo, máxime cuando los casos coinciden y en especial, cuando se dan episodios donde hay más de un acompañante percibiendo esos fenómenos. Estamos seguros que estamos ante una casuística emergente, que puede enriquecerse con nuevos testimonios.

 

 

José Gregorio González

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