Viajar es un placer, sensual, genial…Parte 4

ValldemossaValeriano Pérez

Viernes, 16 de diciembre de 2011.  Hoy tomaremos el exiguo desayuno más rápido que de costumbre pues a las 8.30 tenemos prevista la excursión de Mundo Senior y el autobús no vendrá con los asientos ya preasignados por orden de contratación, como suele ser la costumbre.

Así nada más llegar nuestro transporte, sin ningún orden ni concierto, nos apresuramos a ocupar aquellos asientos que considerábamos más cómodos, a lo que ayudó que la primera “carga” fuera en nuestro hotel. Los de la segunda tanda debieron conformarse necesariamente con los asientos traseros, de más incómoda evacuación, y que deberían ocupar durante todo el día pues el vehículo iba completamente ocupado. Mas tarde Pepote le diría a su hija Diana que dentro de la guagua viajan unos cuatro mil años (57 personas con un promedio de 70 años cada uno). 

Ya procede pues iniciar la excursión por la autovía de Levante y sin entrar en el casco urbano de Palma cogemos el cinturón exterior y acometemos una coqueta carretera de montaña que atraviesa la sierra de Tramuntana y discurre por un paisaje donde destacan las higueras,  almendros, algarrobos, pinos y encinas hasta llegar a Valldemossa. Las carreteras de Mallorca están, en general, con un buen firme y son en general autovías por las que los vehículos se desplazan sin dificultad

A las 9.20 estamos en ese pintoresco pueblo declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad en 2011. Se halla enclavado en pleno corazón de la Sierra de Tramuntana, a solo 18 kilómetros de Palma y aparece rodeado de altas montañas, cubiertas de bosques de encinas. Este valle se abre hacia el Mediterráneo en la cala de Sa Marina (o Port de Valldemossa), un puerto de refugio con playa de algas y rocas que antaño fuera escenario de desembarcos de corsarios berberiscos.

Es un pueblo con calles empinadas y estrechas que están empedradas con piedras lisas y comoquiera que la llovizna es frecuente en el lugar, se tornan resbaladizas, debiéndose extremar las precauciones. Se dice que es este el pueblo donde más caderas se rompen de toda Mallorca. El origen de su nombre parece ser árabe (Valle de Mussa) pues no en vano los musulmanes estuvieron por aquí más de 300 años. Es un  bello pueblo donde el verde de las puertas de sus viviendas contrastan  con el canelo de la sobria piedra con la normalmente aparecen forradas.
Tiene unos 2.000 habitantes y su agricultura se presenta en forma de terrazas laboriosamente construidas, en la que destacan los almendros.  Este bucólico paisaje suscitó y aún hoy lo hace, vocaciones eremíticas y así en 1275, Ramón Llull fundó el colegio de lenguas orientales en Miramar (a escasos cinco kilómetros). Precisamente en ese mismo lugar, en 1485, se instaló una de las primeras imprentas europeas.     

En Valldemossa se conserva la casa natal de Catalina Thomas (1513-1574) “la beateta”, única santa mallorquina, cuya devoción se pone de  manifiesto en las baldosas que presiden las entradas de la mayoría de las casas valldemossinas. Murió con signos de santidad y su cuerpo incorrupto se guarda en el convento de Canonesas Agustinas de Palma.
Monasterio de la Cartuja, Valldemossa
Y por encima de todo se halla el monasterio de la Cartuja que se hizo  mundialmente famoso por haber alojado en el invierno de 1838 a Fréderic Chopin (1810-1849) compositor y pianista polaco. Fue en una de sus celdas donde compuso sus famosos 24 preludios, Opus 28. Aunque expatriado, siempre fue leal a Polonia y sus mazurcas y polonesas reflejan el folclore y el espíritu heroico de su patria.
Con Chopin venía su amante George Sand, seudónimo literario de Amandine Aurore Lucie Dupin, Baronesa Dudevant, famosa novelista francesa del movimiento romántico. De su relación con Chopin en Mallorca nació la obra narrada en su libro “Un Invierno en Mallorca”.

Nos llevan a un centro de dinamización cultural donde nos proyectan un cortometraje de promoción turística en donde sale el actor de cine Michael Douglas, un enamorado de Mallorca, hablándonos del pueblo.
Después nos llevan hasta el Museo Municipal, en el cual se recuerda la figura del archiduque austro-húngaro Luis Salvador, quién a caballo de los siglos XIX/XX habitó la finca de S’Estaca. Aquí nos “embarcan” en el yate “Nixe” con el cual visitara la isla en numerosas ocasiones.
Como es lógico suponer, se trata de una recreación virtual del interior muy bien lograda. Merced a una sabia combinación de luces y sombras nos parece estar dentro de ese yate (considerado lujoso para su época).  

Procede ya visitar la cartuja, esa edificación del siglo XIV, que fuera levantada sobre un antiguo castillo. La recorremos y admiramos su contenido, no su continente. Nos asombra saber que es de propiedad privada y que está dividida en familias que se disputan algunos lugares.
De igual color que las puertas de las viviendas son los azulejos que cubren su cúpula y el monasterio en sí conserva un importante legado histórico en sus viejos claustro, celdas, museos y jardines y además de Chopin y Sand por aquí pasaron otros muchos personajes famosos. Entre otros se pueden citar a Unamuno, Azorín, Jovellanos, Rusiñol o Rubén Darío. De éste, en una de las puertas del jardín, puedo leer: “Este vetusto monasterio ha visto, secos de orar y pálidos de ayuno, con el breviario y el Santo Cristo, a los callados hijos de San Bruno”.

San Bruno fue un monje italiano que fundó esa orden monástica contemplativa en 1084, en Chartreuse – Grenoble (Francia), de donde se derivó su nombre de cartujos. Ellos practicaban rigurosos ayunos  y oraban la mayor parte del día en sus humildes celdas, donde comían. También recitaban salmos y estudiaban, siendo obligatorios así mismo los trabajos manuales, el cuidado de los jardines y la destilación de licores. De ellos proviene el famoso “Chartreuse”, ese licor de hierbas verde o amarillo al que tan aficionados son algunos, sin señalar a nadie.

Dejamos el lugar que habitaron los cartujos durante 400 años (hasta la desamortización de Mendizábal iniciada en 1837 en la que se procedió al despojo patrimonial de la iglesia y de los municipios y que conllevó a   la desaparición de monasterios y conventos). En la desierta plaza vemos como las fuertes ráfagas de viento hacen bailar una alocada danza a las hojas secas de los plátanos o plateros, agrupándolas en pequeñas islas.

Nos dan un tiempo libre que empleamos refugiándonos en un abrigado bar a probar las deliciosas “coques”  de patata y los inefables chupitos.

 

 

Valeriano Pérez

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