Querido diario

Bob Esponja La PelículaMiércoles 28 de julio. Quizás te escribo porque recuerdo con simpatía aquel libro que me gustó tanto en mi adolescencia, “El diario secreto de Adrian Mole” y que para mí figura entre las grandes obras literarias de la historia de la humanidad. O sea, de mi “humanidad”.

Estos días no he visto demasiadas películas por aquello de las vacaciones, la semi-detestada playa y la vida familiar. Vamos a ver, está por un lado, “La condena”, de Béla Tarr, “Atención a esa prostituta tan querida”, de Fassbinder, “Bob Esponja, la película”, de Stephen Hillenburg. Y lo he pasado de miedo, ha sido una experiencia absolutamente maravillosa y reveladora. Bob Esponja, me refiero. Quizás esto sólo deba quedar recogido en estas páginas secretas y anónimas que constituyen este recién inaugurado diario. Porque no puedes dedicarte a este mundo e ir por ahí diciendo que no te gustó la película del director húngaro ni la del prolífico alemán. Y por el contrario, alabar las grandes virtudes de la película de la esponja y su amigo Patricio Estrella.

Pero esto es un diario, así que no hay problema. Yo me lo he pasado bien, qué digo bien, ha sido increíble. Y además la película ha funcionado como un estupendo pegamento emocional entre mi hijo y yo, que recordamos juntos las escenas y los diálogos más divertidos de la misma y nos partimos juntos de risa.

Sin embargo, a pesar del sufrido visionado de “La condena”, he aprendido algo de esta película y es que hay un determinado tipo de cine que yo definiría como cine “filosófico”, esto es, un cine cuyo formato final a pesar de ser el cine no tendría por qué ser el cine. O sea, un tipo de cine cuya naturaleza es esencialmente filosófica y por lo tanto podría haber sido modelado para convertirse en una obra teatral y, si me apuran, en un ensayo literario o una novela. La película de Béla Tarr sí está pensada en términos cinematográficos, es decir, hay una propuesta estilística verdaderamente interesante y que por momentos me conduce a una atmósfera jarmuschiana, una atmósfera que adoro. Pero tengo la impresión de que esa gramática va por un lado y el contenido va por otro, como dos artes fundidos. Me interesa uno y no me atrapa el otro. Puedo empatizar y empatizo con la historia, creo entender al personaje principal y captar la esencia, el espíritu de la obra, pero a pesar de todo ello no deja de ser un ladrillo.

Me abstengo de comentar la película de Fassbinder. Me abstengo simplemente. No tengo nada que decir de este hombre aparte de que se inventó para otra película uno de los mejores títulos de la historia del cine: “Todos nos llamamos Alí”. Creo que si hubiera un Óscar al mejor título podría competir junto a “La soledad del corredor de fondo”. Qué bien está esto de escribir un diario, puedo decir lo que me venga en gana. Si no quiero entrar a juzgar a Fassbinder, no entro y punto. Si lo he entendido o no, es cosa mía.

Bueno, para que quede para el recuerdo futuro, para cuando yo y sólo yo vuelva a leer estas páginas: volvamos a Bob Esponja. Qué maravilla. Una escena divertidísima tras otra, un gag tras otro y todos ellos realmente buenos. Seis guionistas firman este guión redondísimo. Y del trabajo de estos seis cerebros surge una obra que es un hito de la comedia. Me pregunto: ¿Tener seis guionistas valoriza más el trabajo del guionista o lo desprecia? Porque hay muchas películas con seis guionistas pero no hay ninguna que yo conozca con seis directores. Hay películas con varios directores, pero normalmente cada uno de ellos se dedica a una parcela de la obra. Cuando trabajan varios guionistas todos o casi todos trabajan en el conjunto de la misma. Yo creo que esto es una valorización del escritor de películas (una denominación seguro al gusto de Guillermo Arriaga) porque significa, dicho de una manera simple, que escribir guiones es más difícil que dirigir películas. Y por algún extraño motivo, en cine siempre se recuerda y alaba más al director que al escritor. Es un fenómeno propio del cine porque en teatro no pasa eso. En teatro se destaca al dramaturgo y en televisión se subraya al guionista. Pero en cine no. Qué raro. Nunca lo he entendido. Quizás es que el cine esté tocado de una aureola pseudo-artística. Un mundo de egos.

La visión del director en cine a veces es tan pobre, tan de escuela, tan sin sello que uno no distingue en la mayoría de los casos a uno de otro. Un ejemplo claro: “El día más largo”, la película sobre el desembarco de Normandía dirigida por tres directores que nadie recuerda y que carece de toda rúbrica individual que no sea probablemente la del productor. Y no por ello es una mala película pero eso sí, es UNA película, no tres.

Qué más cosas… Ah, sí, estos días he leído a Faulkner y me he acordado de cierta anécdota que le ocurrió a un amigo de mi abuelo cuando ambos se fueron a trabajar a Alemania cuando los españoles hacían eso. En el relato de Faulkner un tipo escribe dos cartas para dos mujeres, y confunde ambas cartas de sobre, enviando a una mujer la carta de la otra. Estas cosas ocurren en la vida y en la ficción. Espero que algo así no me ocurra nunca a mí. Así que voy a guardar a buen recaudo este diario y voy a ponerme a escribir el artículo de cine para El Ilustrador Digital.

Alberto García

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