Por tierras del “hermano Pedro” (Damián). 2/3

Panorámica de La GomeraValeriano Pérez

Y por fin logro tirar de la tropa para realizar el primer paseo gomero. Llevamos los dos coches para dejar el de Marcos en el punto en el que pensamos concluir el paseo, en el caserío del Cedro, y con el otro -la  furgoneta de Pedro- nos iremos todos al cruce de Alajeró, en Pajarito.

 

Así pues, los pasajeros bajamos en el cruce del Campamento del Cedro y los dos amigos se introducen por la enlosetada pista que llega hasta allí mientras nosotros hacemos una breve incursión en el hermoso pero ascendente sendero que nace aquí y llega hasta el Roque de Agando. Regresan Pedro y Marcos y en el furgón nos metemos los 9 para seguir hasta el cruce Pajarito. A la izquierda la carretera nos llevaría hasta Alajeró con opción de seguir hacia Chipude, Arure y Valle Gran Rey.

Ante nosotros se inicia un sendero que señala “Altos del Garajonay”. Son  las 13.00 horas de un luminoso y fresco día que invita al paseo sosegado, cansino casi, recreándonos en el paisaje y que permite mantener una animada y distendida charla en la que se intercalan bromas y chistes. La subida no es muy fuerte pero si continua y a su término llaneamos  un poco para acceder por fin al punto mas elevado de la isla donde se ha recreado, siguiendo los vestigios hallados aquí, un altar o Pireo (Las Puertas de Orahan) que permitía comunicarse con los dioses gomeros. Los aborígenes celebraban en este lugar sacrificios de cabras y ovejas, en la creencia de verse favorecidos con buenas cosechas o acabar con etapas de sequía o hambruna que muchas veces, esos mismos dioses o quizás mejor, los dioses malignos, les enviaban con cierta intermitencia. Quiero suponer que por lo menos, después del sacrificio, se comerían  ellos la carne de esas mismas ofrendas, una vez extraídas las vísceras y derramada la sangre del ganado, pues creyentes serían, pero tontos no.

Dejamos ese altar sagrado y retrocedemos por el mismo sendero traído que continúa de frente hasta salir a la carretera general, frente mismo a la entrada del sendero del Contadero que nos va a conducir al Cedro. Éste se inicia con un paso estrecho excavado en la tierra que obliga a personas y animales a ir de uno en uno, haciendo fácil contar a unos y a otros. De ahí su nombre que ha llegado hasta nuestros días aunque hoy solo lo crucen las bestias de dos patas, pues las de cuatro escasean. Este sendero era hace varias décadas uno de los mas transitados de la isla, cuando en la Gomera no existían carreteras y los caminos eran las únicas vías de comunicación. Muchas personas acudían al Valle del Cedro a moler gofio en los molinos de agua, llevar y traer animales, vender o intercambiar alimentos o bajar hasta la activa Hermigua.

Entramos en este mundo vegetal donde la orientación y el relieve nos presenta primero un brezal de cumbre, luego una laurisilva de ladera donde se ve la influencia de la brisa, hasta llegar al fondo del barranco que presenta un bosque de galería que sigue el curso del sonoro arroyo. A mitad de camino, en medio de tan idílica verdura, nos apetece parar para dar buena cuenta del bocadillo. Nos sentamos en los escalones del sendero pues no se ve muy transitado, aunque mas tarde nos cruzan un par alemanes que dicen algo sobre unas gafas y un bastón. Su mensaje, a pesar de los esfuerzos de Marcos, resultó indescifrable pues daba a entender que no los cogiéramos porque volverían a por ambas cosas, por lo que estuvimos largo rato divagando sobre el tema y el motivo por el cual él los habría dejado allí, en tan solitario lugar.

En efecto, muy cerca de la parada interpretativa numero 10, vemos unas gafas graduadas sobre una piedra y una rama que lo señalizaba, no un Setabastón, como se le había entendido al indescifrable comunicante. Pero aún rumiando ese galimatías no podemos dejar de admirar el bello  bosque que estamos atravesando. En él destacan las fayas (no hayas), el brezo, el laurel o loro, el aceviño, y el follao. Se ven algunas especies introducidas como el castaño y también paredes de piedra formando bancales donde antiguamente se plantaban papas, cereales y legumbres.

Hacemos breves paradas en algunos miradores que se alongan sobre  puntos estratégicos del bosque o del arroyo y llegamos al campamento antiguo (Se habilitaría un claro del bosque en el año 1962 para instalar un campamento juvenil que se abandonó luego, sacándolo fuera del parque). Aquí hay un cruce que conduce al arroyo y nos vamos por él. Esta desviación resulta mucho mas vistosa y nos permite atravesar el arroyo y caminar por su margen derecho siguiendo un sendero que va atravesando un paraje de soberbia belleza, quizás poco apreciada por nosotros que ya lo hemos pasado varias veces, pero no por los turistas. Y casualmente uno que subía, me pregunta, mediante el más antiguo y elemental de los lenguajes, si he visto unas gafas. “Táte”: éste es el guiri que las perdió, no sabe donde y desanda el camino en su busca. Menos mal que nos lo encontramos y resolvimos el enigma planteado, pues si no a ver quién iba ser el guapo/a que podía dormir esta noche. Por señas y en inglés/cambullón le dimos norte. Espero que las halle.

Al sendero se allana y salimos a Las Mimbreras, el cruce de una ancha pista que, a la derecha lleva a Los Aceviños y a la derecha conduce a la carretera, pero nosotros seguiremos bajando el sendero que cruza un puente de madera para, tras unos cientos de metros, llegar a la Ermita de Nuestra Señora de Lourdes en donde no nos detendremos mucho. En efecto seguimos el hermoso sendero que sigue paralelo al curso del agua y dejamos una desviación a la derecha que señala Aula de la Naturaleza, pero que de haberlo seguido, nos llevaría directamente al campamento donde el coche de Marcos está esperando pacientemente. Como no lo sabíamos seguimos descendiendo hasta llegar al Caserío, cerca del cual suponíamos estaba el fotingo. Como cuando los de Araya perdieron la burra ésto para nosotros fue fortuna porque nos fuimos al Bar Las Vistas y tomando algo esperamos la llegada de los dos coches.

La desgracia sería para Pedro y Marcos que tuvieron que subir por un fuerte desnivel hasta el no demasiado lejano campamento e ir a por la furgoneta de Pedro dejada en Pajarito mientras nosotros les esperamos sentados, obligados a comer y beber sin ganas y escuchar a los pájaros. El entorno es delicioso y además sirven un excelente -según Laura- potaje de berros, amen de otras cosas. Pero sucede que el bocata está aún reciente y no apetece comer cosas sólidas a estas horas. La dirección de este bar-restaurante atiende también un camping que esta anexo y vemos un letrero que avisa a sus usuarios: Se permite a las señoras clientas bañarse en las duchas con ropa o sin ella (mira coño).

Vuelven los chóferes y después de tomar algo ellos también, dejamos el tranquilo y silencioso caserío y a las 18.00 horas estamos en Hermigua en los también tranquilos apartamentos para el oportuno y necesario aseo. Laura y Marcos se acercan a la playa de la localidad, más bien a las abandonadas instalaciones del Pescante, un sencillo artilugio mecánico que permitía el embarque de mercancías y personas sin necesidad de tener muelle, gracias a un brazo grúa con una jaula adecuada a tal fin. Gracias a esa máquina se evitaba el largo viaje a la Villa en los tiempos no tan lejanos en el que las comunicaciones eran lentas y complicadas.

Nuestros amigos van a ese lugar a cumplir un íntimo rito funerario: el de esparcir allí las cenizas del padre de Laura, fallecido hace algunos años, y que ejerció la docencia aquí en este mismo pueblo de Hermigua. Más concretamente en el Tanquillo,  donde residía la familia de Pedro, siendo probable que a algunos de ellos le haya dado clases el finado.

Una vez aseados y guapos vamos a buscar donde cenar y, si es posible y encontramos un lugar idóneo, dar un paseo antes, para abrir el apetito. Al pasar por una administración de lotería, que a su vez en un Bar, paramos para comprar un décimo de la lotería de Navidad, el 83.749, que esperamos, más bien deseamos fervientemente, que salga preñado con los 300.000 €, para hacer un buen y sonado viaje los nueve amigos.

Al pasar por el restaurante El Silbo paramos para ver la “carta” y así poder elegir la mejor pues nos proponemos seguir  hasta Agulo donde daríamos el anunciado paseo. En Agulo están los restaurantes cerrados y el pueblo se ve poco iluminado por lo que el paseo no era agradable al tener un firme irregular y además con demasiadas subidas y bajadas. Además algunos ya tenían apetito y no era cuestión de seguir carretera adelante en busca de un incierto lugar, por lo que volvemos al Silbo en la creencia firme de que más vale ruin conocido que bueno por conocer.

La verdad que el Silbo resultó eso, ruin, y no es que lo dijera yo que soy difícil de contentar, sino dicho por todos, algunos de ellos asiduos viajeros por lares extraños, con experiencias en comidas “casi basura”. Lo único agradable resultó ser el encargado que dijo reconocerme de cuando yo trabajaba en la Agencia Vives, pues era hijo de un cliente.

Volvemos a nuestra ocasional morada admirando el derroche de luz que presenta el sur de Tenerife en contraste con las mortecinas luces de la Gomera, donde parece que estemos mirando el portal de Belén. El personal parece estar cansado pues apenas van llegando, sin formar tertulia ni ver la Televisión, se van todos retirando a sus habitaciones. Para que luego vengan presumiendo de juventud. Es increíble que el último ejemplar de una rara especie protegida que está en serio peligro de extinción, sea el ultimo en acostarse y el primero en levantarse.

 

 

 

Valeriano Pérez

 

 

 

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