Por tierras de Huelva. 7

Los Reales AlcázaresValeriano Pérez

Con la barriguita llena nos adentramos en el conjunto monumental de los Reales Alcázares que remonta su historia hacia el 700. Elegido como alojamiento de los jefes árabes se le añadieron fastuosos recintos  de gran belleza, rodeados de murallas, como la Casa de los Príncipes.

Tras la reconquista pasó a ser residencia habitual de los monarcas españoles. Desde la Puerta de León, que abre las murallas almenadas de la Plaza del Triunfo, se penetra en su fastuoso interior: El Patio de las Muñecas, adornado con azulejos y arabescos de estuco, el mudéjar Patio de las Doncellas, el salón de embajadores o el de Carlos I, etc.

Mas tarde nos llegamos a la vera del Guadalquivir en donde vemos las embarcaciones de turismo que recorren parte del río y que en esta época y hora están inactivas. Pasamos al pie de otro de sus más famosos monumentos: La Torre del Oro (la Borg-al-Azajal para los árabes) que parecía de oro debido a su azujelería dorada que se reflejaba en río. Se trata de una torre albarrana construida en 1220 que defendía la entrada de la ciudad mediante una gruesa cadena que cruzaba el río y se sujetaba a otra torre ya inexistente. En 1248 fue rota por uno de los  barcos que venía con la flota cristiana. Mas tarde fue capilla y prisión. Siguiendo la orilla del río vemos el  enérgico remar de unos esforzados piragüistas que trazan efímeras líneas blancas en las tranquilas aguas quizás preparándose para venideras competiciones en las que optar a trofeos o quizás por el placer de deslizarse sin ruido por esa superficie.

A las cuatro de la tarde nos vamos al palacio de San Telmo, en cuya esquina ya nos espera nuestro minibús del que nos bajamos en Ayamonte pues debo  comprar un móvil (el otro se me había “descoñatado”) y también  algunas de esas afamadas chacinas ibéricas, típicas de esta bella tierra. A su hora cogemos la guagua que nos devuelve a Punta del Moral y tras la cena procede realizar el necesario y preceptivo paseo nocturno.

Miércoles, 2 de marzo de 2011. En vista de que la excursión prevista con Bernabé a la Sierra de Aracena no fue posible, intentamos obtener plaza en la de Mundo Senior que sale a las nueve pero estaba completa. Pero ello no significa ningún contratiempo pues “el hombre precavido siempre guarda una última flecha en su aljaba” y teníamos proyectado un paseo por toda la costa de Isla Canela, hacia la derecha, hasta llegar a la misma desembocadura del Guadiana que va a resultar gratificante. Fue una bonita experiencia pues la mañana lucía espléndida y la mar estaba bonancible. La arena se ve limpia e inmaculada y se nos permite recoger al paso algunas conchas de sorprendentes dibujos y colores. Habíamos preguntado a unos taxistas si era posible seguir por la orilla del río hasta llegar a Ayamonte, pero nos avisaron de que había zonas de marismas con mucho fango que resultaba muy laborioso de superar. Llegamos a la desembocadura y vemos frente a nosotros la costa del país luso (no iluso) por la cual, en compañía de Bernabé, habíamos ido un largo trecho, llegando casi hasta frente de donde estábamos ahora.

Rodeamos la punta de la arenosa playa saliendo a una zona pantanosa en la cual enterré los tenis (ya me lo habían advertido los taxistas) y fue por ir hacia alguien que venía en dirección contraria, cogiendo chirlas, sin advertir que él venia pertrechado con una altas botas de goma. Debo desistir de mi intento y gracias al bastón del que vengo provisto retorno al suelo arenoso y duro de las dunas para volver al hotel. Pero lo hacemos dando un largo rodeo por sendero y pista, distinto al de la venida, para no repetir el mismo itinerario que resulta algo monótono. Al pasar cerca de unas charcas se hace notoria la presencia de algunos mosquitos que nos incordian un largo trecho, mas por sus zumbidos molestos que por sus picaduras (Me extrañaba no haberlos visto antes).

A las 12.30 regresamos al hotel tras concluir ese largo paseo de más de tres horas. Después de un ligero aseo nos vamos al barrio pesquero de la Punta del Moral pues hoy vamos a pasar del anodino almuerzo del hotel para gozar de una espléndida comida en el restaurante de Miguel Ángel que nos habían recomendado y que no nos defraudó en absoluto. Allí dimos cuenta de las consabidas y sabrosas gambas blancas y de un excelente arroz a la marinera que obtuvo nuestra aprobación y que acabamos a pesar de que parecía mucho. En fin que salimos satisfechos.

Después de la buena mesa convenía andar un rato por lo que salimos hacia Ayamonte, camino que a pesar de distar unos ocho kilómetros, no resultó pesado pues es llano. Tras dos horas de activo paseo llegamos la  ciudad y tras tomar algo en la terraza de un bar, cogemos la guagua de regreso.

Hoy no es necesario hacer un postrer paseo pues ya estamos “servidos” con creces por lo que nos limitaremos a cenar frugalmente para luego ver por la “tele” de la habitación el partido Valencia-Barcelona (0-1).

 

 

 

Valeriano Pérez

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