Por tierras de Huelva. 3

Vila Real de Santo AntonioValeriano Pérez

Sábado, 26 de febrero de 2011.  Después del copioso desayuno Julio y yo damos un buen paseo hacia el Guadiana para luego volver cerrando el círculo hasta el hotel. A las 10.00, Mundo Seniros nos da una charla en la que tratande ‘vendernos la moto’, -léase viajes adicionales-, que cuestan un buen dinerito y donde se suele comer mal.

En realidad estos viajes serían rentables y mucho más interesentes y amenos si fueran menos superficiales y no abusasen tanto del llamado tiempo libre. Libre para los guías, pues tú tienes que ingeniártelas como puedas y, o te vas de compras, o bien te metes en un bar o te sientas en un banco, pues temes extraviarte y perder la conexión con el grupo.

Otro handicap no menos importante es el almuerzo que ofrecen, pues suelen ser de escasa calidad, sin posibilidad de alterar algún plato. Si se tiene en cuenta que en todos los lugares visitados hay una cocina típica regional o local, de acreditada y merecida fama, se debería brindar la posibilidad de probarla, pagando de forma opcional, algún sobreprecio.

Nosotros solo adquiriremos un viaje, el que lleva hasta la localidad de Faro, en el Algarve portugués, pues teníamos pensado irnos a Aracena en el coche de mi amigo Bernabé (con el que hiciera la “puta mili” en la lejana Melilla) e invitamos a unirse a esos dos amigos senderistas. Pero ellos habían escogido ya ese destino con Mundo Senior, junto a varios viajes más y quizás no les convenía variar de planes por lo que, como volveríamos en taxi solos, desistimos también nosotros de ir allí.

Bernabé venía para almorzar con nosotros pero se retrasó y comimos en el hotel. Cuando el viene, en su coche, nos vamos hacia Ayamonte, en donde almuerza y luego nos lleva al casino en cuya terraza tomamos café y charlamos con un directivo del centro que afirma que la Semana Santa de aquí es la tercera o la cuarta más importante de España (no cabe duda de que es andaluz). Bromeo sobre ello y parece ofenderse al no entenderme. Pese a ello, nos vamos en buena armonía y nos dirigimos al muelle para coger el ferry que nos va a trasladar a la orilla portuguesa, a Vila de Santo Antonio.

Vila Real de Santo Antonio es una bonita población que se nos muestra blanca y resplandeciente con elegantes y señoriales edificios que dan al río y que pierde altura y ostentación en sus otras calles pero que ganan en sencillez y armonía, sin prescindir de cierta belleza arquitectónica. Ya en esa activa y comercial ciudad fronteriza lusitana, hacemos un largo paseo por sus rectas y adoquinadas calles para luego con pereza, sin prisas, sentarnos en un bar mientras esperamos la hora del retorno. Apuramos la tarde recordando tiempos pasados y charlando sobre lo humano y lo divino, bebiendo algo en la terraza del céntrico bar luso.

Retornamos a Ayamonte al caer la tarde que el astro rey tiñe de rojo al ponerse allá por el Oeste, el Algarbe árabe, brindándonos una de esas estampas dignas de recordar por la paz espiritual que proporcionan. La nostalgia hace que me venga a la memoria las estrofas de una vieja canción canaria que reza así “…y cuando cae la tarde, el Sol por quererlo tanto, al mar y al cielo le piden, para el viejo Teide un manto”.

La idea primera de Bernabé era pasar la noche en la casa que su hijo posee en Ayamonte y estar con nosotros mañana domingo para así  él mismo llevarnos hasta Aracena. Pero eso no era factible ya que quería  traernos de vuelta también, en un largo y cansado viaje de varias horas. Logramos hacerle desistir y como quiera que estaba ya cayendo la noche, nos despedimos de él y lo encaminamos de regreso a su casa en Higuera de la Sierra. La despedida fue algo emotiva pues había tenido un pequeño disgusto familiar y se notaba una cierta tristeza en su cara. A veces recibimos unas inesperadas “tarascadas” de aquellas personas que mas nos duelen y no siempre sabemos encajarlas con la frialdad que merecen. Es asignatura obligada a cierta edad saber quererse solo.

Nosotros nos acercamos a la parada para coger la guagua que nos devuelva al Hotel. Llega ésta y se llena y según entramos en Isla Canela el conductor va pregonando la parada que corresponde a los diferentes hoteles y en un momento dado se molesta porque dice que no le atienden. Es que 9 por ciento del pasaje somos jubilados y algunos tenemos el oído duro aunque entiendo al digno profesional que dice estar trabajando desde las ocho de la mañana y está deseando llegar a su casa para descansar.

Domingo, 27 de febrero de 2011.  Durante el desayuno charlo con una pareja de Ávila que traerá pescado del cercano mercado luso para llevarlo a su casa. Me comentan que en su ciudad han de pagar el mero a 45 € el kilo y al decirle que yo lo pago a 12 en Tenerife, se asombran. Hoy tenemos un día atípico, sin plan preconcebido, así que nos vamos hasta el puerto deportivo y nos embarcamos en el ferry de Agustín “El Pelón” (realmente es una pequeña embarcación de diez plazas) y en 10 minutos estamos en el muelle deportivo de Isla Cristina, dando “pata”. Los orígenes de Isla Cristina son recientes, se remontan a la segunda mitad del siglo XVIII cuando pescadores catalanes y levantinos se asentaron aquí para explotar los caladeros de sardinas y atún, salazonar el pescado y extraer la sal, tareas que aún perviven en la actualidad.

Tras el terremoto de Lisboa del 1755, se marca el definitivo y estable emplazamiento de la entonces “Real Isla de la Higuerita” su nombre primitivo. Hacia 1834 se modificaría su nombre por el actual de Isla Cristina, como agradecimiento a la reina Maria Cristina por la ayuda humanitaria prestada en una terrible epidemia de cólera.

 

 

 

Valeriano Pérez

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